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Blanca Orozco de Mateos

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Oda a Julin del Casal
de Jos Lezama Lima

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Muerte de Narciso

    
    Editora del fonograma:
    Palabra de esta Amrica

por Jos Lezama Lima    
  


Oda a Julin del Casal


Djenlo, verdeante, que se vuelva;
permitidle que salga de la fiesta
a la terraza donde estn dormidos.
A los dormidos los cuidar quejoso,
fijndose cmo se agrupa la maana helada.
La errante chispa de su verde errante,
trazar crculos frente a los dormidos
de la terraza, la seda de su solapa
escurre el agua repasada del tritn
y otro tritn sobre su espalda en polvo.
Dejadlo que se vuelva, mitad ciruelo
y mitad pia laqueada por la frente.
Djenlo que acompae sin hablar,
permitidle, blandamente, que se vuelva
hacia el frutero donde estn los osos
con el plato de nieve, o el reno
de la escribana, con su manilla de mbar
por la espalda. Su tos alegre
espolvorea la mscara de combatientes japoneses.
Dentro de un dragn de hilos de oro,
camina ligero con los pedidos de la lluvia,
hasta la Concha de oro del Teatro Tacn,
donde rgida la corista colocar
sus flores en el pico del cisne,
como la mulata de los tres gritos en el vodevil
y los neoclsicos senos martillados por la pedantera
de Clesinger. Todo pas
cuando ya fue pasado, pero tambin pas
la aurora con su punto de nieve.

Si lo tocan, chirran sus arenas;
si lo mueven, el arco iris rompe sus cenizas.
Inmvil en la brisa, sujetado
por el brillo de las araas verdes.
Es un vaho que se dobla en las ventanas.
Trae la carta funeral del palo.
Trae el pauelo de opopnax
y agua quejumbrosa a la vista
sin sentarse apenas, con muchos
qudese, qudese,
que se acercan para llorar en su sonido
como los sillones de mimbre de las ruinas del ingenio,
en cuyas ruinas se qued para siempre el ancla
de su infantil chaqueta marinera.

Pregunta y no espera la respuesta,
lo tiran de la manga con trifolias de ceniza.
Estn fras las amadas florecillas.
Fras estn sus manos que no acaban,
aprieta las manos con sus manos fras.
Sus manos no estn fras, fro es el sudor
que le detiene en su visita a la corista.
Le entrega las flores y el maniqu
se rompe en las baldosas rotas del acantilado.
Sus manos fras avivan las araas ebrias,
que van a deglutir el maniqu playero.
Cuidado, sus manos pueden avivar
la araa fra y el maniqu de las coristas.
Cuidado, l sigue oyendo cmo evapora
la propia tierra maternal,
comps para el espacio coralino.
Su tos alegre sigue ordenando el ritmo
de nuestra crecida vegetal,
al extenderse dormido.

Las formas en que utilizaste tus disfraces,
hubieran logrado influenciar a Baudelaire.
El espejo que uni a la condesa de Fernandina
con Napolen Tercero, no te arranc
las mismas flores que le llevaste a la corista,
pues all viste el aleph negro en lo alto del surtidor.
Cronista de la boda de Luna de Copas
con la Sota de Bastos, tuviste que brindar
con champagne gel por los sudores fros
de tu medianoche de agonizante.
Los dormidos en la terraza,
que t tan slo los tocabas quejumbrosamente,
escupan sobre el tazn que t le llevabas a los cisnes.

No respetaban que t le habas encristalado la terraza
y llevado el menguante de la liebre al espejo.
Tus disfraces, como el almirante samurai,
que tap la escuadra enemiga con un abanico,
o el monje que no sabe qu espera en El Escorial,
hubieran producido otro escalofro en Baudelaire.
Son sombros rasguos, exagramas chinos en tu sangre,
se igualaban con la influencia que tu vida
hubiera dejado en Baudelaire,
como lograste alucinar al Sileno
con ojos de sapo y diamante frontal.
Los fantasmas resinosos, los gatos
que dorman en el bolsillo de tu chaleco estrellado,
se embriagaban con tus ojos verdes.
Desde entonces, el mayor gato, el peligroso genuflexo,
no ha vuelto a ser acariciado.
Cuando el gato termine la madeja,
le gustar jugar con tu cerquillo,
como las estras de la tortuga
nos dan la hoja precisa de nuestro fin.
Tu calidad cariciosa,
que colocaba un sof de mimbre en una estampa japonesa,
el sof volante, como los paos de fondo
de los relatos hagiogrficos,
que vino para ayudarte a morir.
El mail coach con trompetas
acudido para despertar a los dormidos de la terraza,
rompa tu escaso sueo en la madrugada,
pues entre la medianoche y el despertar
hacas tus injertos de azalea con araa fra,
que engendraban los sollozos de la Venus Anadyonema
y el brazalete robado por el pico del alcin.

Sea maldito, el que se equivoque y te quiera
ofender, rindose de tus disfraces
o de lo que escribiste en La Caricatura,
con tan buena suerte que nadie ha podido
encontrar lo que escribiste para burlarte
y poder comprar la mscara japonesa.
Cmo se deben haber redo los ngeles,
cuando saludabas estupefacto
a la marquesa Polavieja, que avanzaba
hacia ti para palmearte frente al espejo.
Qu horror, debes haber soltado un lagarto
sobre la trifolia de una taza de t.
Haces despus de muerto
las mismas iniciales, ahora
en el mojado escudo de cobre de la noche,
que comprobaban al tacto
la trigueita de los doce aos
y el padre enloquecido colgado de un rbol.
Sigues trazando crculos
en torno a los que se pasean por la terraza,
la chispa errante de tu errante verde.
Todos sabemos ya que no era tuyo
el falso terciopelo de la magia verde,
los pasos contados sobre alfombras,
la daga que divide las barajas,
para unirlas de nuevo con tizne de cisnes.
No era tampoco tuya la separacin,
que la tribu de malvados te atribuye,
entre espejo y el lago.
Eres el huevo de cristal,
donde el amarillo est reemplazado
por el verde errante de tus ojos verdes.
Invencionaste un color solemne,
guardamos ese verde entre dos hojas.
El verde de la muerte.

Ninguna estrofa de Baudelaire,
puede igualar el sonido de tu tos alegre.
Podemos retocar,
pero en definitiva lo que queda,
es la forma en que hemos sido retocados.
Por quin?
Respondan la chispa errante de tus ojos verdes
y el sonido de tu tos alegre.
Los frascos de perfume que entreabriste,
ahora te hacen salir de ellos como un homnculo,
ente de imagen creado por la evaporacin,
corteza del rbol donde Adonai
huy del jabal para alcanzar
la resurreccin de las estaciones.
El fro de tus manos,
es nuestra franja de la muerte,
tiene la misma hilacha de la manga
verde oro del disfraz para morir,
es el fro de todas nuestras manos.
A pesar del fro de nuestra inicial timidez
y del sorprendido en nuestro miedo final,
llevaste nuestra lucirnaga verde al valle de Proserpina.

La misin que te fue encomendada,
descender a las profundidades con nuestra chispa verde,
la quisiste cumplir de inmediato y por eso escribiste:
ansias de aniquilarme slo siento.
Pues todo poeta se apresura sin saberlo
para cumplir las rdenes indescifrables de Adonai.
Ahora ya sabemos el esplendor de esa sentencia tuya,
quisiste llevar el verde de tus ojos verdes
a la terraza de los dormidos invisibles.
Por eso aqu y all, con los excavadores de la identidad,
entre los reseadores y los sombrosos,
abres el quitasol de un inmenso Eros.
Nuestro escandaloso cario te persigue
y por eso sonres entre los muertos.

La muerte de Baudelaire, balbuceando
incesantemente: Sagrado nombre, Sagrado nombre,
tiene la misma calidad de tu muerte,
pues habiendo vivido como un delfn muerto de sueos,
alcanzaste a morir muerto de risa.
Tu muerte poda haber influenciado a Baudelaire.
Aquel que entre nosotros dijo:
ansias de aniquilarme slo siento,
fue tapado por la risa como una lava.
En esas ruinas, cubierto por la muerte,
ahora reaparece el cigarrillo que entre tus dedos se quemaba,
la chispa con la que descendiste
al lento oscuro de la terraza helada.
Permitid que se vuelva, ya nos mira,
que compaa la chispa errante de su errante verde,
mitad ciruelo y mitad pia laqueada por la frente.



JOS LEZAMA LIMA


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