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Odos con el alma... (fragmento)
de Octavio Paz



palabra virtual


    Travesas: Tres lecturas

    
    Editora del fonograma:
    Galaxia Gutenberg

por Octavio Paz    
Colaboracin: Eduardo Ortiz Moreno    
Pgina web de Voces que dejan huellas    
  

    
Colaboracin: Eduardo Ortiz Moreno    
Pgina web de Voces que dejan huellas    
  


Odos con el alma...


Fair seed-time had my soul, and I grew up
Fosterd alike by beaty and by fear.
W.W., The Prelude
(I, 265-266)


Odos con el alma,
pasos mentales ms que sombras,
sombras del pensamiento ms que pasos,
por el camino de ecos
que la memoria inventa y borra:
sin caminar caminan
sobre este ahora, puente
tendido entre una letra y otra.
Como llovizna sobre brasas
dentro de m los pasos pasan
hacia lugares que se vuelven aire.
Nombres: en una pausa
desaparecen, entre dos palabras.
El sol camina sobre los escombros
de lo que digo, el sol arrasa los parajes
confusamente apenas
amaneciendo en esta pgina,
el sol abre mi frente,
balcn al voladero
dentro de m.

Me alejo de m mismo,
sigo los titubeos de esta frase,
senda de piedras y de cabras.
Relumbran las palabras en la sombra.
Y la negra marea de las slabas
cubre el papel y entierra
sus races de tinta
en el subsuelo del lenguaje.
Desde mi frente salgo a un medioda
del tamao del tiempo.
El asalto de siglos del baniano
contra la vertical paciencia de la tapia
es menos largo que esta momentnea
bifurcacin del pensamiento
entre lo presentido y lo sentido.
Ni all ni aqu: por esa linde
de duda, transitada
slo por espejeos y vislumbres,
donde el lenguaje se desdice,
voy al encuentro de m mismo.
La hora es bola de cristal.
Entro en un patio abandonado:
aparicin de un fresno.
Verdes exclamaciones
del viento entre las ramas.
Del otro lado est el vaco.
Patio inconcluso, amenazado
por la escritura y sus incertidumbres.
Ando entre las imgenes de un ojo
desmemoriado. Soy una de sus imgenes.
El fresno, sinuosa llama lquida,
es un rumor que se levanta
hasta volverse torre hablante.
Jardn ya matorral: su fiebre inventa bichos
que luego copian las mitologas.
Adobes, cal y tiempo:
entre ser y no ser los pardos muros.
Infinitesimales prodigios en sus grietas:
el hongo duende, vegetal Mirdates,
la lagartija y sus exhalaciones.
Estoy dentro del ojo: el pozo
donde desde el principio un nio
est cayendo, el pozo donde cuento
lo que tardo en caer desde el principio,
el pozo de la cuenta de mi cuento
por donde sube el agua y baja
mi sombra.

El patio, el muro, el fresno, el pozo
en una claridad en forma de laguna
se desvanecen. Crece en sus orillas
una vegetacin de transparencias.
Rima feliz de montes y edificios,
se desdobla el paisaje en el abstracto
espejo de la arquitectura.
Apenas dibujada,
suerte de coma horizontal ()
entre el cielo y la tierra,
una piragua solitaria.
Las olas hablan nahua.
Cruza un signo volante las alturas.
Tal vez es una fecha, conjuncin de destinos:
el haz de caas, prefiguracin del brasero.
El pedernal, la cruz, esas llaves de sangre
alguna vez abrieron las puertas de la muerte?
La luz poniente se demora,
alza sobre la alfombra simtricos incendios,
vuelve llama quimrica
este volumen lacre que hojeo
(estampas: los volcanes, los ces y, tendido,
manto de plumas sobre el agua,
Tenochtitln todo empapado en sangre).
Los libros del estante son ya brasas
que el sol atiza con sus manos rojas.
Se rebela el lpiz a seguir el dictado.
En la escritura que la nombra
se eclipsa la laguna.
Doblo la hoja. Cuchicheos:
me espan entre los follajes
de las letras.

Un charco es mi memoria.
Lodoso espejo: dnde estuve?
Sin piedad y sin clera mis ojos
me miran a los ojos
desde las aguas turbias de ese charco
que convocan ahora mis palabras.
No veo con los ojos: las palabras
son mis ojos. Vivimos entre nombres;
lo que no tiene nombre todava
no existe: Adn de lodo,
No un mueco de barro, una metfora.
Ver al mundo es deletrearlo.
Espejo de palabras: dnde estuve?
Mis palabras me miran desde el charco
de mi memoria. Brillan,
entre enramadas de reflejos,
nubes varadas y burbujas,
sobre un fondo del ocre al brasilado,
las slabas de agua.
Ondulacin de sombras, visos, ecos,
no escritura de signos: de rumores.
Mis ojos tienen sed. El charco es senequista:
el agua, aunque potable, no se bebe: se lee.
Al sol del altiplano se evaporan los charcos.
Queda un polvo desleal
y unos cuantos vestigios intestados.
Dnde estuve?

Yo estoy en donde estuve:
entre los muros indecisos
del mismo patio de palabras.
Abderramn, Pompeyo, Xicotncatl,
batallas en el Oxus o en la barda
con Ernesto y Guillermo. La mil hojas,
verdinegra escultura del murmullo,
jaula del sol y la centella
breve del chupamirto: la higuera primordial,
capilla vegetal de rituales
polimorfos, diversos y perversos.
Revelaciones y abominaciones:
el cuerpo y sus lenguajes
entretejidos, nudo de fantasmas
palpados por el pensamiento
y por el tacto disipados,
argolla de la sangre, idea fija
en mi frente clavada.
El deseo es seor de espectros,
somos enredaderas de aire
en rboles de viento,
manto de llamas inventado
y devorado por la llama.
La hendedura del tronco:
sexo, sello, pasaje serpentino
cerrado al sol y a mis miradas,
abierto a las hormigas.

La hendedura fue prtico
del ms all de lo mirado y lo pensado:
all dentro son verdes las mareas,
la sangre es verde, el fuego verde,
entre las yerbas negras arden estrellas verdes:
es la msica verde de los litros
en la prstina noche de la higuera;
all dentro son ojos las yemas de los dedos,
el tacto mira, palpan las miradas,
los ojos oyen los olores;
all dentro es afuera,
es todas partes y ninguna parte,
las cosas son las mismas y son otras,
encarcelado en un icosaedro
hay un insecto tejedor de msica
y hay otro insecto que desteje
los silogismos que la araa teje
colgada de los hilos de la luna;
all dentro el espacio
en una mano abierta y una frente
que no piensa ideas sino formas
que respiran, caminan, hablan, cambian
y silenciosamente se evaporan;
all dentro, pas de entretejidos ecos,
se despea la luz, lenta cascada,
entre los labios de las grietas:
la luz es agua, el agua tiempo difano
donde los ojos lavan sus imgenes;
all dentro los cables del deseo
fingen eternidades de un segundo
que la mental corriente elctrica
enciende, apaga, enciende,
resurrecciones llameantes
del alfabeto calcinado;
no hay escuela all dentro,
siempre es el mismo da, la misma noche siempre,
no han inventado el tiempo todava,
no ha envejecido el sol,
esta nieve es idntica a la yerba,
siempre y nunca es lo mismo,
nunca ha llovido y llueve siempre,
todo est siendo y nunca ha sido,
pueblo sin nombre de las sensaciones,
nombres que buscan cuerpo,
impas transparencias,
jaulas de claridad donde se anulan
la identidad entre sus semejanzas,
la diferencia en sus contradicciones.
La higuera, sus falacias y su sabidura:
prodigios de la tierra
fidedignos, puntuales, redundantes
y la conversacin con los espectros.
Aprendizajes con la higuera:
hablar con vivos y con muertos.
Tambin conmigo mismo.

La procesin del ao:
cambios que son repeticiones.
El paso de las horas y su peso.
La madrugada: ms que luz, un vaho
de claridad cambiada en gotas grvidas
sobre los vidrios y las hojas:
el mundo se atena
en esas oscilantes geometras
hasta volverse el filo de un reflejo.
Brota el da, prorrumpe entre las hojas
gira sobre s mismo
y de la vacuidad en que se precipita
surge, otra vez corpreo.
El tiempo es luz filtrada.
Revienta el fruto negro
en encarnada florescencia,
la rota rama escurre savia lechosa y acre.
Metamorfosis de la higuera:
si el otoo la quema, su luz la transfigura.
Por los espacios difanos
se eleva descarnada virgen negra.
El cielo es giratorio lapizlzuli:
viran au ralenti, sus continentes,
insubstanciales geografas.
Llamas entre las nieves de las nubes.
La tarde ms y ms es miel quemada.
Derrumbe silencioso de horizontes:
la luz se precipita de las cumbres,
la sombra se derrama por el llano.

A la luz de la lmpara la noche
ya duea de la casa y el fantasma
de mi abuelo ya dueo de la noche-
yo penetraba en el silencio,
cuerpo sin cuerpo, tiempo
sin horas. Cada noche,
mquinas transparentes del delirio,
dentro de m los libros levantaban
arquitecturas sobre una sima edificadas.
Las alza un soplo del espritu,
un parpadeo las deshace.
Yo junt lea con los otros
y llor con el humo de la pira
del domador de potros;
vagu por la arboleda navegante
que arrastra el Tajo turbiamente verde:
la lquida espesura se encrespaba
tras de la fugitiva Galatea;
vi en racimos las sombras agolpadas
para beber la sangre de la zanja:
mejor quebrar terrones
por la racin de perro del labrador avaro
que regir las naciones plidas de los muertos;

tuve sed, vi demonios en el Gobi;
en la gruta nad con la sirena
(y despus, en el sueo purgativo,
fendendo i drappi, e mostravamil ventre,
quel m svegli col puzzo che nnuscia
);
grab sobre mi tumba imaginaria:
no muevas esta lpida,
soy rico slo en huesos;

aquellas memorables
pecosas peras encontradas
en la cesta verbal de Villaurrutia;
Carlos Garrote, eterno medio hermano,
Dios te salve, me dijo al derribarme
y era, por los espejos del insomnio
repetido, yo mismo el que me hera;
Isis y el asno Lucio; el pulpo y Nemo;
y los libros marcados por las armas de Prapo,
ledos en las tardes diluviales
el cuerpo tenso, la mirada intensa.
Nombres anclados en el golfo
de mi frente: yo escribo porque el druida,
bajo el rumor de slabas del himno,
encina bien plantada en una pgina,
me dio el gajo de murdago, el conjuro
que hace brotar palabras de la pea.
Los nombres acumulan sus imgenes.
Las imgenes acumulan sus gaseosas,
conjeturales confederaciones.
Nubes y nubes, fantasmal galope
de las nubes sobre las crestas
de mi memoria. Adolescencia,
pas de nubes.

Casa grande,
encallada en un tiempo
azolvado. La plaza, los rboles enormes
donde anidaba el sol, la iglesia enana
su torre les llegaba a las rodillas
pero su doble lengua de metal
a los difuntos despertaba.
Bajo la arcada, en garbas militares,
las caas, lanzas verdes,
carabinas de azcar;
en el portal, el tendejn magenta:
frescor de agua en penumbra,
ancestrales petates, luz trenzada,
y sobre el zinc del mostrador,
diminutos planetas desprendidos
del rbol meridiano,
los tejocotes y las mandarinas,
amarillos montones de dulzura.
Giran los aos en la plaza,
rueda de Santa Catalina,
y no se mueven.

Mis palabras,
al hablar de la casa, se agrietan.
Cuartos y cuartos, habitados
slo por sus fantasmas,
slo por el rencor de los mayores
habitados. Familias,
criaderos de alacranes:
como a los perros dan con la pitanza
vidrio molido, nos alimentan con sus odios
y la ambicin dudosa de ser alguien.
Tambin me dieron pan, me dieron tiempo,
claros en los recodos de los das,
remansos para estar solo conmigo.
Nio entre adultos taciturnos
y sus terribles nieras,
nio por los pasillos de altas puertas,
habitaciones con retratos,
crepusculares cofradas de los ausentes,
nio sobreviviente
de los espejos sin memoria
y su pueblo de viento:
el tiempo y sus encarnaciones
resuelto en simulacros de reflejos.
En mi casa los muertos eran ms que los vivos.
Mi madre, nia de mil aos,
madre del mundo, hurfana de m,
abnegada, feroz, obtusa, providente,
jilguera, perra, hormiga, jabalina,
carta de amor con faltas de lenguaje,
mi madre: pan que yo cortaba
con su propio cuchillo cada da.
Los fresnos me ensearon,
bajo la lluvia, la paciencia,
a cantar cara al viento vehemente.
Virgen somnlocua, una ta
me ense a ver con los ojos cerrados,
ver hacia dentro y a travs del muro.
Mi abuelo a sonrer en la cada
y a repetir en los desastres: al hecho, pecho.
(Esto que digo es tierra
sobre tu nombre derramada: blanda te sea.)
Del vmito a la sed,
atado al potro del alcohol,
mi padre iba y vena entre las llamas.
Por los durmientes y los rieles
de una estacin de moscas y de polvo
una tarde juntamos sus pedazos.
Yo nunca pude hablar con l.
Lo encuentro ahora en sueos,
esa borrosa patria de los muertos.
Hablamos siempre de otras cosas.
Mientras la casa se desmoronaba
yo creca. Fui (soy) yerba, maleza
entre escombros annimos.

Das
como una frente libre, un libro abierto.
No me multiplicaron los espejos
codiciosos que vuelven
cosas los hombres, nmero las cosas:
ni mando ni ganancia. La santidad tampoco:
el cielo para m pronto fue un cielo
deshabitado, una hermosura hueca
y adorable. Presencia suficiente,
cambiante: el tiempo y sus epifanas.
No me habl dios entre las nubes:
entre las hojas de la higuera
me habl el cuerpo, los cuerpos de mi cuerpo.
Encarnaciones instantneas:
tarde lavada por la lluvia,
luz recin salida del agua,
el vaho femenino de las plantas
piel a mi piel pegada: scubo!
como si al fin el tiempo coincidiese
consigo mismo y yo con l,
como si el tiempo y sus dos tiempos
fuesen un solo tiempo
que ya no fuese tiempo, un tiempo
donde siempre es ahora y a todas horas siempre,
como si yo y mi doble fuesen uno
y yo no fuese ya.
Granada de la hora: beb sol, com tiempo.
Dedos de luz abran los follajes.
Zumbar de abejas en mi sangre:
el blanco advenimiento.
Me arroj la descarga
a la orilla ms sola. Fui un extrao
entre las vastas ruinas de la tarde.
Vrtigo abstracto: habl conmigo,
fui doble, el tiempo se rompi.

Atnita en lo alto del minuto
la carne se hace verbo y el verbo se despea.
Saberse desterrado en la tierra, siendo tierra,
es saberse mortal. Secreto a voces
y tambin secreto vaco, sin nada adentro:
no hay muertos, slo hay muerte, madre nuestra.
Lo saba el azteca, lo adivinaba el griego:
el agua es fuego y en su trnsito
nosotros somos slo llamaradas.
La muerte es madre de las formas
El sonido, bastn de ciego del sentido:
escribo muerte y vivo en ella
por un instante. Habito su sonido:
es un cubo neumtico de vidrio,
vibra sobre esta pgina,
desaparece entre sus ecos.
Paisajes de palabras:
los despueblan mis ojos al leerlos.
No importa: los propagan mis odos.
Brotan all, en las zonas indecisas
del lenguaje, palustres poblaciones.
Son criaturas anfibias, con palabras.
Pasan de un elemento a otro,
se baan en el fuego, reposan en el aire.
Estn del otro lado. No las oigo, qu dicen?
No dicen: hablan, hablan.

Salto de un cuento a otro
por un puente colgante de once slabas.
Un cuerpo vivo aunque intangible el aire,
en todas partes siempre y en ninguna.
Duerme con los ojos abiertos,
se acuesta entre las yerbas y amanece roco,
se persigue a s mismo y habla solo en los tneles,
es un tornillo que perfora montes,
nadador en la mar brava del fuego
es invisible surtidor de ayes
levanta a pulso dos ocanos,
anda perdido por las calles
palabra en pena en busca de sentido,
aire que se disipa en aire.
Y para qu digo todo esto?
Para decir que en pleno medioda
el aire se poblaba de fantasmas,
sol acuado en alas,
ingrvidas monedas, mariposas.
Anochecer. En la terraza
oficiaba la luna silenciaria.
La cabeza de muerto, mensajera
de las nimas, la fascinante fascinada
por las camelias y la luz elctrica,
sobre nuestras cabezas era un revoloteo
de conjuros opacos. Mtala!
gritaban las mujeres
y la quemaban como bruja.
Despus, con un suspiro feroz, se santiguaban.
Luz esparcida, Psiquis

Hay mensajeros? S,
cuerpo tatuado de seales
es el espacio, el aire es invisible
tejido de llamadas y respuestas.
Animales y cosas se hacen lenguas,
a travs de nosotros habla consigo mismo
el universo. Somos un fragmento
pero cabal en su inacabamiento
de su discurso. Solipsismo
coherente y vaco:
desde el principio del principio
qu dice? Dice que nos dice.
Se lo dice a s mismo. Oh madness of discourse,
that cause sets up with and against itself!


Desde lo alto del minuto
despeado en la tarde plantas fanergamas
me descubri la muerte.
Y yo en la muerte descubr al lenguaje.
El universo habla solo
pero los hombres hablan con los hombres:
hay historia. Guillermo, Alfonso, Emilio:
el corral de los juegos era historia
y era historia jugar a morir juntos.
La polvareda, el grito, la cada:
algaraba, no discurso.
En el vaivn errante de las cosas,
por las revoluciones de las formas
y de los tiempos arrastradas,
cada una pelea con las otras,
cada una se alza, ciega, contra s misma.
As, segn la hora cae
desenlazada, su injusticia pagan. (Anaximandro.)
La injusticia de ser: las cosas sufren
unas con otras y consigo mismas
por ser un querer ms, siempre ser ms que ms.
Ser tiempo es la condena, nuestra pena es la historia.
Pero tambin es el lugar de prueba:
reconocer en el borrn de sangre
del lienzo de Vernica la cara
del otro-siempre el otro es nuestra vctima.
Tneles, galeras de la historia
slo la muerte es puerta de salida?
El escape, quizs, es hacia dentro.
Purgacin del lenguaje, la historia se consume
en la disolucin de los pronombres:
ni yo soy ni yo ms sino ms ser sin yo.
En el centro del tiempo ya no hay tiempo,
es movimiento hecho fijeza, crculo
anulado en sus giros.

Medioda:
llamas verdes los rboles del patio.
Crepitacin de brasas ltimas
entre la yerba: insectos obstinados.
Sobre los prados amarillos
claridades: los pasos de vidrio del otoo.
Una congregacin fortuita de reflejos,
pjaro momentneo,
entra por la enramada de estas letras.
El sol en mi escritura bebe sombra.
Entre muros de piedra no:
por la memoria levantados
transitoria arboleda:
luz reflexiva entre los troncos
y la respiracin del viento.
El dios sin cuerpo, el dios sin nombre
que llamamos con nombres
vacos con los nombres del vaco,
el dios del tiempo, el dios que es tiempo,
pasa entre los ramajes
que escribo. Dispersin de nubes
sobre un espejo neutro:
en la disipacin de las imgenes
el alma es ya, vacante, espacio puro.
En quietud se resuelve el movimiento.
Insiste el sol, se clava
en la corola de la hora absorta.
Llama en el tallo de agua
de las palabras que la dicen,
la flor es otro sol.
La quietud en s misma
se disuelve. Transcurre el tiempo
sin transcurrir. Pasa y se queda. Acaso,
aunque todos pasamos, no pasa ni se queda:
hay un tercer estado.

Hay un estar tercero:
el ser sin ser, la plenitud vaca,
hora sin horas y otros nombres
con que se muestra y se dispersa
en las confluencias del lenguaje
no la presencia: su presentimiento.
Los nombres que la nombran dicen: nada,
palabras de dos filos, palabra entre dos huecos.
Su casa, edificada sobre el aire
con ladrillos de fuego y muros de agua,
se hace y se deshace y es la misma
desde el principio. Es dios:
habita nombres que lo niegan.
En las conversaciones con la higuera
o entre los blancos del discurso,
en la conjuracin de las imgenes
contra mis prpados cerrados
el desvaro de las simetras,
los arenales del insomnio,
el dudoso jardn de la memoria
o en los senderos divagantes
era el eclipse de las claridades.
Apareca en cada forma
de desvanecimiento.

Dios sin cuerpo,
con lenguajes de cuerpo lo nombraban
mis sentidos. Quise nombrarlo
con un nombre solar,
una palabra sin revs.
Fatigu el cubilete y el ars combinatoria.
Una sonaja de semillas secas
las letras rotas de los nombres:
hemos quebrantado a los nombres
hemos deshonrado a los nombres.
Ando en busca del nombre desde entonces.
Me fui tras un murmullo de lenguajes,
ros entre los pedregales
color ferrigno de estos tiempos.
Pirmides de huesos, pudrideros verbales:
nuestros seores son grrulos y feroces.
Alc con las palabras y sus sombras
una casa ambulante de reflejos
torre que anda, construccin en viento.
El tiempo y sus combinaciones:
los aos y los muertos y las slabas,
cuentos distintos de la misma cuenta.
Espiral de los ecos, el poema
es aire que se esculpe y se disipa,
fugaz alegora de los nombres
verdaderos. A veces la pgina respira:
los enjambres de signos, las repblicas
errantes de sonidos y sentidos,
en rotacin magntica se enlazan y dispersan
sobre el papel.

Estoy en donde estuve:
voy detrs del murmullo,
pasos dentro de m, odos con los ojos,
el murmullo es mental, yo soy mis pasos,
oigo las voces que yo pienso,
las voces que me piensan al pensarlas.
Soy la sombra que arrojan mis palabras.



Mxico y Cambridge, Mass,
del 9 de septiembre al 27 de diciembre de 1974.




De: Pasado en claro



OCTAVIO PAZ


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