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palabra virtual

Jos Emilio Pacheco    
    Editora del fonograma:    
    Voz Viva de Mxico. UNAM    
por Jos Emilio Pacheco    

    Este poema forma parte del acervo de la audiovideoteca
    de Palabra Virtual

Brusco olor del azufre...


I

Brusco olor del azufre, repentino
color verde del agua
bajo el suelo.
Bajo el suelo de Mxico se pudren
todava las aguas del Diluvio.
Nos empantana el lago; sus arenas
movedizas atrapan, impidiendo
la posible salida.
Lago muerto en su fretro de piedra,
sol de contradiccin.
(Hubo dos aguas
y a la mitad una isla,
a fin de que la sal no emponzoara
nuestra laguna dulce en la que el mito
abre las alas todava, devora
la serpiente metlica, nacida
en las ruinas del guila.
Su cuerpo
es uno mismo y recomienza siempre.)

Bajo el suelo de Mxico verdean
espesamente ptridas las aguas
que lavaron la sangre conquistada;
nuestra contradiccin: agua y aceite,
permanece a la orilla dividiendo
como un segundo dios
todas las cosas:
lo que deseamos ser y lo que somos.
(Haga el experimento. Si levanta
un pedazo de tierra
encuentra el lago,
la sed de las montaas, el salitre
que devora los aos.
Y este lodo
en que yacen las ruinas de la noble
ciudad de Moctezuma.
Y comer tambin nuestros siniestros
palacios de reflejos, muy lealmente,
fiel a la destruccin que lo preserva.)

El axolotl es nuestro emblema: encarna
el temor de ser nadie y replegarse
a la noche perpetua en que los dioses
se pudren bajo el lago y su silencio
es oro como el oro de Cuauhtmoc
que Corts invent.
Abre esa puerta
prende la luz acrquense es muy tarde
pero nunca es la hora no ha llegado
nos vamos se hizo tarde ya es muy tarde
hay tiempo todava hoy o maana
dense la mano no se ve est oscuro
dame la mano por favor nos vemos.


II

Toda la noche vi crecer el fuego

III

La ciudad, en estos aos, cambi tanto
que ya no es mi ciudad
su resonancia
de bvedas en ecos
y los pasos
que ya no volvern

Ecos pasos recuerdos destrucciones.

Pasos que ya no son. Presencia tuya,
hueca memoria resonando en vano.
Lugar que ya no est, donde pasaste,
donde te vi por ltimo, en la noche
de ese ayer que me espera en los maanas,
de ese futuro que pas a la historia,
de este hoy continuo en que te estoy perdiendo.


IV

Atardecer de Mxico
en las lgubres
montaas del poniente...
(All el ocaso
es tan desolador que se dira:
la noche as engendrada
ser eterna.)


V

Conozco la locura y no
la santidad:
la perfeccin terrible de estar muerto.
Pero los ritmos, imperiosos ritmos,
los latidos secretos de la savia,
arden en la extensin de mansedumbre
que es la noche de Mxico.
Y los sauces,
las famlicas rosas y las palmas,
funerarios cipreses perdurando,
son veredas del cardo, son eriales
de la serpiente rida, habitante
en comarcas de fango: esas cavernas
donde el guila real bate las alas
en confusin de bvedas, reptando
por la noche de Mxico.
Ojos, ojos,
cuntos ojos de clera mirndonos,
en la noche de Mxico, en la furia,
vegetal, anhelante de la hoguera:
esa fnebre hoguera que en las noches
consume la ciudad,
y al da siguiente
slo vestigios ya,
ni amor ni nada
tan slo ojos de clera mirndonos.


VI

Hasta cundo, en qu islote sin presagios
hallaremos la paz para las aguas,
tan sangrientas, tan sucias, tan remotas,
tan subterrneamente ya virtuales,
de nuestro pobre lago y cenagoso
ojo de los volcanes, dios del valle
que nadie vio de frente y cuyo nombre
los antiguos callaron.
Qu se hicieron
tantos jardines: las embarcaciones
anegadas de flores qu se hicieron?
Qu se hicieron los ros, las corrientes
de la ciudad, sus ondas, sus rumores?
Los llenaron de mierda, los cubrieron
por no estorbar el paso del carruaje
de los nuevos seores, la reciente
nobleza mexicana.
Qu se hicieron
los bosques, los pinares y los sauces
que otro tiempo poblaron la meseta,
este crter lunar donde se asienta
la ciudad movediza, la fluctuante
capital ya sin rostro?
Los vendieron
para erguir el palacio del cacique,
del seor general, del licenciado.
Dijo el virrey: Los hombres de esta tierra
son seres por destino condenados
a eterna oscuridad y abatimiento.

La injuria del virrey flota en las aguas.
Ningn tiempo pasado, ciertamente,
fue peor ni fue mejor.
No hay tiempo, no lo hay.
no hay tiempo: mide
la vejez del planeta por el aire
cuando cruza implacable y sollozando.


VII

Mxico subterrneo...
El poderoso
virrey, emperador, strapa hizo
construir para s todo el desierto.
Hemos creado el desierto,
las montaas
rgidas de basalto y sombra y polvo
son la inmovilidad.
Ah, cunto estruendo
el de las aguas muertas resonando
en el silencio cncavo.
Es retrica,
iniquidad retrica mi llanto.


VIII

Slo las piedras suean, su linaje
es la inmovilidad, el mundo es slo
estas piedras inmviles?

Roza el aire el cantil para gastarse,
para hallar el reposo. Inconsolable
el descenso del vrtigo: marea
de mil zonas areas desplomndose.


IX

Hoy, esta tarde, me reno a solas
con todo lo perdido y sin embargo
lo futuro tambin.
Y mientras pasa
la hora junto a m
va oscureciendo:
en un fuego de nadie se confunden
luz y noche, pasado que no ha muerto,
o ese instante sin nadie que recorren
la ociosidad viscosa de la araa,
la mosca y su hociquito devastador.
Entre el ave y su canto fluye el cielo.
Fluye, s, est fluyendo, todo fluye:
el camino que lentan los maanas,
los planetas errantes, calcinados
que cumplen su condena desgastndose
al hendir sin reposo las tinieblas.


X

Hay que darse valor para hacer esto:
escribir cuando rondan las paredes
uas airadas, animales ciegos,
cidos perros del furor, guardianes
de un orden que estall
y en sus pedazos
suea la lepra envenenar la tierra.
Hay que darse valor para hacer esto.
No se puede callar, ir al silencio,
y es tan profundamente intil hacer esto.
Y es doloroso hablar. Ms doloroso,
ms difcil an, callarse a tiempo,
antes que los gusanos, los instantes,
abran la boca muda de una letra
y le coman su espritu.
Las slabas
carcomidas, rengueantes,
sonsonete
de algn viejo molino.
Cuntas cosas,
llanto de cuntas cosas ya inservibles,
y otras que pelearn.
Chatarra sorda,
sorda srdida hoguera consumindose.
Fuego la luz. Ceniza. Un lirio
es cada
pobre
triste
triste rescoldo triste
y ya fundindose.


XI

El viento trae la lluvia.
En el jardn
las plantas se estremecen.


XII

He mirado este campo a medioda.
Aqu todas las cosas se disponen
a renacer.
De pronto, dulcemente,
todo el jardn se yergue entre las piedras:
nace el mundo de nuevo ante mis ojos.



III de El reposo del fuego (1963-1964)



JOS EMILIO PACHECO






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