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Canciones para el celebrante


I

Espléndido animal, óyete resonar por la noche
como un tren que conoce el lugar de su destino.
No preguntes a nadie cuál es el sitio.
Para el que indaga no está reservada la respuesta.

¿Quién, celebrante, se atrevería a ponerse el olor del mar, la túnica de los desaparecidos?

El intérprete de los signos no era el elegido en la asamblea de los papagayos, en la ilustre casa del viento, único personaje real, señor de las almendras amargas.

No había reservaciones para ti
ni esa dicha con la que soñaste, incansable buscador
aullando desesperado, animal maldito y perseguido
que deja detrás suyo la pisada de la violencia
súbitamente extranjero de su piel.

Ríndete al acoso de lo imprevisto.


II

Tú no vas ahora a ninguna parte.
Las caricias del amor te anclan.
Eres una bandera llegada al término del viaje
y tu amor es más fuerte que el antiguo sobresalto
de no saber adónde habrás de librar la próxima batalla.
Caminas hacia otro cuerpo, hacia el temblor de otra sangre en tu sangre
donde vuelves a reconocerte.

Te levantas del lecho del amor, de la isla de tu cuerpo,
poblada de luces, de señales de un código que tú inventaste
para comunicarte con los que aún creen en la pureza.


III

Contra la costumbre de la soledad invento el mito.
Construyo los puentes ante los acontecimientos probables
y voy a la vida como se va a la muerte o al amor: sin saber nada.

Siempre son otros los que dicen las palabras más sabias.
Busco solamente la melodía secreta que ellos no escuchan
y rastreo por el olor del mar como un delfín hambriento.

Llueve sobre los rostros amados, sobre la piel del domador y la huella del látigo.
Llueve sobre la soledad de los objetos, sobre los bosques cercanos
donde tú cantas al corazón de la lluvia y me descubres.




De: El primer animal



THELMA NAVA






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