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Blanca Orozco de Mateos

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Dominio de la tarde
de Jaime Labastida

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Jaime Labastida

    
    Editora del fonograma:
    Voz Viva de México

por Jaime Labastida    
  


Dominio de la tarde


La luz ciega a la luz.
Olas allá, olas de luz,
marejadas de luz,
rocas largas de luz,
granos rotos de luz que la luz,
allá arriba, de un manotazo brusco
aniquila y congela. El cuerpo,
de las cosas, tan cercano,
nos resulta visible
en su perfil exacto y detenido:
son ya columnas sólidas de espuma
en medio de la luz, bárbara y blanca.
El día está limpio y se abre, inmenso.
Pájaros altos rasgan el cielo inmóvil
y perfecto: sombras inquietas, mudas,
que oscilan graves al vaivén del viento.
¿Signos siniestros
se abaten contra el mar de plomo?
El mar está en reposo.
¿Por su techo tranquilo caminan
las palomas? ¿Hay aquí un cementerio
entre los pinos ralos y la playa?
No, aquí todo es de luz, de pura luz,
de luz muy cierta, y el sol tiene
un sonido largo, como un plato
de bronce que sonara una vez
y otra vez, hasta el cansancio,
hasta que sonido y colores
se fundieran en sangre.
El sol es una espada
insolente y desnuda,
encajada en el mar y sus olas tenaces.
¿En qué medida están
los nombres intactos
en las cosas? Orden de hierro
turbio, la razón enmudece.
Mientras duermo, se pierden
las palabras. En el sueño
la palabra se vuelve una asesina.
¿La palabra asesina?
¿De qué modo improbable
un sonido ordenado me descubre a la rosa?
¿Hay un eco espantoso en el sordo
universo? ¿A través de qué campo
se transmite esa ola? ¿Qué salvaje  
explosión liberó la energía?
Está aquí la primavera, toda verde
en la hiedra, palpable en la montaña.
Ya se ahonda en mi mano. Me basta
abrir los ojos. La paloma zurea,
el tordo vuela, de cosecha
en cosecha, el colibrí se deleita
en la flor asombrosa. ¿Para qué
las palabras? el sol abre la puerta
a la razón impura y cancela en ese acto
el universo. La luz tiene una llave
que cierra, temblorosa, la puerta
que da al cielo. Cegadas por la luz,
se alejan las estrellas. Basta entonces
con que abramos los ojos:  
el mundo se sostiene adentro de la luz,
la pura luz. Los pájaros despiertan,
la razón resplandece, la palabra
precisa se ilumina. ¿Sólo así
conocemos? ¿Hay un rigor
de acero en la lengua algebraica? El signo
matemático, ¿le da forma al silencio?
La estructura vacía, la forma
del cristal, la línea de la esfera,
¿son ellas la verdad,
la verdad que buscamos, nítida,
contundente y segura? Se levanta
el suplicio, un árbol de ceniza
crece, sucio, en el prado.
¿Es éste el mundo verdadero?
¿Debo traducir a palabras
la sonrisa en tu rostro?
¿Qué obtiene el mundo
si tu piel es palabra?
¿Aumentará la luz un gramo
si hablo del peso, leve, de tu pie
con palabras de espuma?
La sangre se edifica en ella misma.
¿Qué mensaje trazado por un ángel,  
con qué fuerzas brutales me levanta,
traducido en palabras?
Agoniza el lenguaje.
Mi nombre mismo ¿acaso
es sólo mío? ¿De qué modo
inconstante se me adhieren
estas cáscaras sordas de palabras?
Edificio de huesos, bastidores
de sangre, torre inútil de asalto,
¿la historia misma me ha construido?
¿Establezco un combate con mi nombre?
Las cosas se rebelan
contra el sonido impuro
que pretende encerrarlas,  
en cada nombre descubren enemigos.
Toda palabra se conoce mentira.
Arden las voces como un tizón
de sangre en la garganta.
Llego por fin al callado
dominio de la tarde. Ya no sé
si es otoño. Ignoro si es agosto.
Sólo sé que esta niña es primavera,
que su edad es de enero.
Tres niñas más
en este sitio me alcanzaron.
Paz y virtud, conocimiento,
en ellas otra vez renazco, entero,
en las sílabas lentas de sus nombres.
Se amplía en las nubes
la esfera de la tarde.
Hay, algo aquí, un fondo turbio,
un lodazal inmenso. Las nubes
se desgranan, se desgajan,
se desangran. Un astro
blanco resplandece, mudo: el amor
se levanta desde el fondo del mar.
¿En dónde estaba, a dónde se había ido?
Estaba ahí, ciego, mirando, castrado
por la luz. La tierra estaba inmóvil
y la luz encandecía a la luz,  
tanta es su fuerza.
La oscuridad posee una llave
con la que abre, segura,
otro espacio infinito.
Nos sabemos desnudos,
nos sabemos pequeños, la noche  
nos brinda otra certeza. La tarde
anuncia, con su rojo sombrío,
un instante de gracia. Nada
sabemos, acaso que morimos.
¿Escuchas esa explosión,
larga y lejana? ¿Escuchas el eco
de la explosión que aquí resuena,
de planeta en planeta? ¿Esquirlas
blancas las estrellas? Gira
la tierra, condenada a castigo.
Con esa misma ley,
durísima, se encadenan
los átomos. Sólo el tacto
está vivo. Tú me haces salir
de un hondo pozo, tu cuerpo
en comunión desnuda
con la sangre. Será bastante.  
Aquí sabremos, arrojados de bruces,
mirando hacia el abismo, hacia
el cielo frío y sus astros azules.
¡Qué barrancas enormes!
La oscuridad ha abierto
su puerta de cristal. El mundo
es generoso y nos hace pequeños.
Todo duerme en la noche, sólo
avanzan descalzos el mar
y la conciencia. El tacto
se enardece. ¿Duerme aquí
la razón? El mar es una garganta
que brama y que no cesa.
Nada le dice al mar la primavera,
sólo la luz y el viento
lo perturban. En mitad
del crepúsculo, la mirada se aquieta.
¿De qué modo oscilante  
se ha encadenado a las cosas
la palabra? Ahí estaban los astros,
ahí estaban, huyendo, del vacío
hacia el vacío, ocultos por la luz,
¿comprendo ahora? Tanto en la luz
como en la sombra, tu palabra
amorosa me levanta.
Los dos nos desgarramos, nos construimos
en la luz turbulenta.
Luz contra luz, granos rotos
de luz, rocas largas de luz
que la luz, aquí abajo,
con sus suaves silencios,
edifica y abrasa.
Y la tarde es sagrada,
roja, dulce, perfecta.



De: Dominio de la tarde



JAIME LABASTIDA


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