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Blanca Orozco de Mateos

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Al volante de un automvil, por la carretera panamericana de Tuxtla Gutirrez a la Ciudad de Mxico
de Oscar Oliva

palabra virtual


Trabajo Ilegal

    
    Editora del fonograma:
    Voz Viva de Mxico. UNAM

por Oscar Oliva    
  


Al volante de un automvil, por la carretera panamericana de Tuxtla Gutirrez a la Ciudad de Mxico


A Enrique Gonzlez Rojo


De Tuxtla a la ciudad de Mxico
hay ms de mil kilmetros de distancia
ms de un milln de metros
ms de cien millones de centmetros,

ms las piedras,
ms los rboles,

que no se pueden medir, ni contar,
que he recorrido tantas veces,
a tantos kilmetros por hora,
con mucho calor y viento por el Istmo,
con lluvias torrenciales por el tramo de Veracruz
que tratan de detener el carro, derribarlo en un barranco,
que he aprendido los nombres de los puentes,
de los pueblos asfixiados, hundidos
en las curvas y rectas de la carretera;
que he recorrido por distintos das y meses del ao,
en la madrugada, en la noche, en el momento
en que la tarde es una cigarra volviendo a su funda
primitiva, saltando al revs, a su condicin de ninfa,
sintiendo ese cansancio que nos prende de la boca con un anzuelo,
que contina en un hombro,
baja hasta el calcaar de los pies,
y escarba con una cuchara
el crneo;
todava siento, cuando voy caminando
de un lugar a otro, en esa trepidacin de vida y muerte
a la que nos empuja la gramtica o la clera,
de regreso a casa, abrindome paso
con un pico y una pala, o cuando
estoy sentado en una silla
o cuando acostado entre las piernas de la que amo,
ese cambio de velocidades, el esfuerzo del automvil
al subir una montaa, entrar a ese nudo de races,
el leve mareo al descender
y la velocidad que nos hace tragar el paisaje
o nuestras palabras;
la primera vez que llegu a la ciudad de Mxico
no saba a dnde dirigirme,
qu esquina cruzar,
era como comenzar un escrito,
estar acodado en una mesa frente a una hoja en blanco,
solo, con los hombros colgados hacia adelante
esperando el disparo que inicia el arranque,
la carrera que hay que ganar
y donde se es el nico competidor,
una hoja que arda en mis manos
como a veces arden los tiraderos de basura de Santa Cruz Meyehualco,
o como los camiones y tranvas en tiempos de rebelin,
que aullaba, que tena hambre,
iba de un cuarto de azotea a la ciudad universitaria,
con libros bajo el brazo,
hacindolos pedacitos y tirndolos
por la ventanilla del camin,
contaminando ms la ciudad con Kant y Antonio Caso,
y ya sin ellos me bajaba a la mitad del camino,
entraba en una cocina econmica de las calles de Academia,
o a una cervecera
y en la noche a bailar a La Perla,
ms tarde senta la humedad de la muchacha
que se haba acostado conmigo,
una humedad que iba creciendo
como un universo en expansin
en unos cuantos metros cuadrados,
en unos cuantos metros cbicos de aire
y yo escriba en las bardas de la ciudad
ampliaba mi territorio, mi radio de accin
entraba a calles espantosas
donde la gente se arrastraba,
desempleados que no tenan para comer,
rateros, tal vez criminales
que alargaban sus ojos hasta mi camisa
y era como entrar de nuevo al cine
a ver Los olvidados de Luis Buuel,
y en esas calles ulcerosas vi por primera vez
carros llenos de policas, y tambin policas a caballo
granaderos en camiones,
que cerraban esas calles,
parte del poder del Estado,
que entraban empujando,
golpeando,
entraban a paso de carga,
y arremetan contra todos,
tirando los botes de basura,
despertando al vecindario,
disparando a quemarropa,
acometiendo como en un juego de ftbol americano
y despus era el silencio de La Calle de la Paz de Chaplin
y yo despertaba tirado en la banqueta,
macaneado, con las cejas cortadas,
como un boxeador groggy que le han parado la pelea
por knock out tcnico en el tercer asalto,
con la rechifla de un pblico que no existe,
levantaba los pedazos de libros que me haban quedado,
sin un quinto en los bolsillos,
y regresaba a mi cuarto
silbando el mambo de El Estudiante
a escribir el poema
que se perdi
como se pierden tantas cosas,
credenciales y mujeres,
huelgas y chicles,
buena fe y calcetines;
con mucho fro por la sierra de Puebla,
hay que subir los cristales de las ventanillas,
poner la calefaccin, descender a una velocidad regular,
y luego la claridad entrando por la ventana de mi cuarto,
entrando ella a despertarme,
quitndose su uniforme de colegiala,
echndoseme encima, movindose,
besndonos como se besan el actor y la actriz en los filmes,
acaricindonos en La Torre de Nesle,
en la mansin de Lo que el Viento se llev,
ya es tarde, ya es tarde, nos deca la claridad,
se haca la luz en la sala de cine,
haba que ir a cenar y atravesar de nuevo el zcalo,
despedir a la amiga en la puerta de su casa,
despus subir a la calle de Guatemala,
a dos cuadras dar vuelta a la derecha,
llegar de nuevo al poema recin comenzado,
entrar de nuevo a la expedicin del sueo,
ir recogiendo muestras de distintos materiales,
para bajar de nuevo a la calle
al escuchar el ruido de los camiones
de carga y descarga, las voces de los vendedores ambulantes,
de los recogedores de basura,
de los nios que van a la escuela,
subir a un camin de pasajeros
junto a obreros y obreras,
el chofer lleva el radio encendido a todo volumen,
es difcil llegar hasta la puerta de bajada del camin,
se toca el timbre, se prende un foco rojo al lado del volante,
caminar sin rumbo fijo por la estacin San Lzaro,
ver pasar un tren
que a la tierra arrancara su estructura,
en seis de sus vagones una letra
que conforman la palabra HUELGA
esos materiales que llevo en el bolsillo
los comparo con los que voy viendo en la calle,
llego hasta un puesto de jugos y pido uno de naranja, los ferrocarrileros al pasar levantan el puo y saludan,
yo los saludo,
parecen decirnos
la realidad son estos puos,
este tren,
el jugo de naranja ilumina todo mi cuerpo,
llego al sitio de reunin,
los cinco poetas estn sentados alrededor de una mesa
alguien lee un poema, yo los observo:
tienen la edad que yo tena cuando los conoc, pienso;
se han quedado inmviles fijos como en una fotografa
en actitud de golpear la mesa,
con el lpiz en las manos,
con una copa al lado de cada uno,
tienen la edad de nuestros hijos,
edad que ha pasado vertiginosamente,
tal como el descenso por las montaas de Oaxaca,
donde parece que la carretera engendra otra carretera,
donde el menor descuido puede llevarme al precipicio,
donde parece que los frenos no responden,
se ha perdido el control del auto,
llego hasta la fotografa y la cuelgo en una de las paredes de mi casa,
llego por primera vez a la ciudad de Mxico,
soy un hombro ms de la multitud al dar un paso,
gases lacrimgenos me hacen rabiar,
trenes descarrilados o incendiados en las terminales,
las vas levantadas, y el ataque
del ejrcito, policas y granaderos
en formacin a paso de batalla,
el zcalo reducido a un culatazo en la frente,
vendrn otras batallas, nos deca Jos Revueltas,
los ferrocarrileros pasan frente a m levantan el puo y saludan,
salen de una crcel para entrar en otra,
pasan a la ilegalidad, a sus escondrijos,
tomo nota, apunto todo esto,
no soy mas que un cronista
que ha visto caer a sus amigos,
que ha enterrado a sus muertos,
que se ha baado de viento,
lleno de contradicciones y fantasmas,
de asperezas y afirmaciones,
con la espalda remendada tantas veces,
de nuevo amando, avizorando el futuro
que es tan difcil retener en el lente del telescopio,
negando ese futuro, de nuevo odiando,
de nuevo comenzando, en fin
iniciando el viaje, partiendo del mismo lugar,
dirigindome al mismo lugar,
descendiendo por la carretera, frenando
tocando el claxon, haciendo cambio de luces,
cambiando de velocidades, atento
al deslizamiento de las llantas, poniendo
en accin los limpiadores del parabrisas,
vigilando la aguja que marca el contenido del tanque de gasolina,
bajando a gran velocidad, en fin
hasta llegar al lugar donde estoy sentado escribiendo,
al final de todo,
esperanzado,
frenando bruscamente
para no atropellar todo lo que llevo escrito
y a m mismo.
Para continuar ascendiendo y descendiendo.



De: Trabajo ilegal



OSCAR OLIVA


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