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Los sonetos de Zapotlán


A Juan José Arreola


I

Un amarillo estar de otoño al día.
Sus olvidadas comunicaciones
abrieron los antiguos corazones
que junio en otros junio exprimía.

Triunfos de corporal idolatría
desnudan sepulcrales posesiones.
Las perlas, amargadas, las acciones
atléticas, vejada fantasía.

¿En dónde estás, eterna primavera?
¿Por qué perdí tu claridad ligera
y en flores amarillas te descubro?

Y devorado por mi boca herida,
con las palabras que te digo cubro
la muerte más hermosa de mi vida.


II

Fiesta, ¿de cuál color?, ¿con qué sonido?
La fiesta de mis ojos, la turgente
mañana matinal que dio a mi frente
la primera figura del olvido.

Si alegre como el viento desprendido
de las alas de un niño; si candente
como la boca que mordió el urgente
fruto de un cuerpo pronto y esculpido.

Fiesta del agua a la cintura escasa
cuando en el río el palmeral ondea
y el tiempo cae cual ceniza en brasa.

Fiesta de no saber lo que se ignora
aunque en el horizonte parpadea
el por qué sin saber qué se deplora.


III

Hay algo en mí que surgirá y reviva
la primavera sin sus veleidades.
Un día de animadas soledades
encarnará la rosa indicativa.

Me faltará en la boca la saliva;
tan lejos sentiré mis tempestades
que apenas luminosas oquedades
cerrarán sin ruidosa comitiva.

Entre rumores y amistad campea
mi esperanza. Un volcán sus líneas sube
y el valle con la tarde se ladea.

¿Vendrás, oh Primavera, la Esperada?
Y al cuello del volcán, plácida nube,
divide en dos la roca apasionada.



De: Práctica de vuelo



CARLOS PELLICER






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