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Blanca Orozco de Mateos

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Mujer con alcuza (fragmento)
de Dmaso Alonso

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    Editora del fonograma:
    Palabra Virtual

por Carmen Feito Maeso    
  


Mujer con alcuza


A Leopoldo Panero


Adnde va esa mujer,
arrastrndose por la acera,
ahora que ya es casi de noche,
con la alcuza en la mano?

Acercaos: no nos ve.
Yo no s qu es ms gris,
si el acero fro de sus ojos,
si el gris desvado de ese chal
con el que se envuelve el cuello y la cabeza,
o si el paisaje desolado de su alma.

Va despacio, arrastrando los pies,
desgastando suela, desgastando losa,
pero llevada
por un terror
oscuro,
por una voluntad
de esquivar algo horrible.

S, estamos equivocados.
Esta mujer no avanza por la acera
de esta ciudad,
esta mujer va por un campo yerto,
entre zanjas abiertas, zanjas antiguas, zanjas recientes,
y tristes caballones,
de humana dimensin, de tierra removida,
de tierra
que ya no cabe en el hoyo de donde se sac,
entre abismales pozos sombros,
y turbias simas sbitas,
llenas de barro y agua fangosa y sudarios harapientos del color de la desesperanza.

Oh s, la conozco.
Esta mujer yo la conozco: ha venido en un tren,
en un tren muy largo;
ha viajado durante muchos das
y durante muchas noches:
unas veces nevaba y haca mucho fro,
otras veces luca el sol y sacuda el viento
arbustos juveniles
en los campos en donde incesantemente estallan extraas flores encendidas.

Y ella ha viajado y ha viajado,
mareada por el ruido de la conversacin,
por el traqueteo de las ruedas
y por el humo, por el olor a nicotina rancia.
Oh!:
noches y das,
das y noches,
noches y das,
das y noches,
y muchos, muchos das,
y muchas, muchas noches.

Pero el horrible tren ha ido parando
en tantas estaciones diferentes,
que ella no sabe con exactitud ni cmo se llamaban,
ni los sitios,
ni las pocas.

Ella
recuerda slo
que en todas haca fro,
que en todas estaba oscuro,
y que al partir, al arrancar el tren
ha comprendido siempre
cun bestial es el topetazo de la injusticia absoluta,
ha sentido siempre
una tristeza que era como un ciempis monstruoso que le colgara de la mejilla,
como si con el arrancar del tren le arrancaran el alma,
como si con el arrancar del tren le arrancaran innumerables margaritas, blancas cual su alegra infantil en la fiesta del pueblo,
como si le arrancaran los das azules, el gozo de amar a Dios y esa voluntad de minutos en sucesin que llamamos vivir.
Pero las lgubres estaciones se alejaban,
y ella se asomaba frentica a las ventanillas,
gritando y retorcindose,
solo
para ver alejarse en la infinita llanura
eso, una solitaria estacin,
un lugar
sealado en las tres dimensiones del gran espacio csmico
por una cruz
bajo las estrellas.

Y por fin se ha dormido,
s, ha dormitado en la sombra,
arrullada por un fondo de lejanas conversaciones,
por gritos ahogados y empaadas risas,
como de gentes que hablaran a travs de mantas bien espesas,
slo rasgadas de improviso
por lloros de nios que se despiertan mojados a la media noche,
o por cortantes chillidos de mozas a las que en los tneles les pellizcan las nalgas,
...an mareada por el humo del tabaco.

Y ha viajado noches y das,
s, muchos das,
y muchas noches.
Siempre parando en estaciones diferentes,
siempre con una ansia turbia, de bajar ella tambin, de quedarse ella tambin,
ay,
para siempre partir de nuevo con el alma desgarrada,
para siempre dormitar de nuevo en trayectos inacabables.

...No ha sabido cmo.
Su sueo era cada vez ms profundo,
iban cesando,
casi haban cesado por fin los ruidos a su alrededor:
slo alguna vez una risa como un pual que brilla un instante en las sombras,
algn cuchillo como un limn agrio que pone amarilla un momento la noche.
Y luego nada.
Solo la velocidad,
solo el traqueteo de maderas y hierro
del tren,
solo el ruido del tren.

Y esta mujer se ha despertado en la noche,
y estaba sola,
y ha mirado a su alrededor,
y estaba sola,
y ha comenzado a correr por los pasillos del tren,
de un vagn a otro,
y estaba sola,
y ha buscado al revisor, a los mozos del tren,
a algn empleado,
a algn mendigo que viajara oculto bajo un asiento,
y estaba sola,
y ha gritado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado
quin conduca,
quin mova aquel horrible tren.
Y no le ha contestado nadie,
porque estaba sola,
porque estaba sola.
Y ha seguido das y das,
loca, frentica,
en el enorme tren vaco,
donde no va nadie,
que no conduce nadie.

...Y esa es la terrible,
la estpida fuerza sin pupilas,
que an hace que esa mujer
avance y avance por la acera,
desgastando la suela de sus viejos zapatones,
desgastando las losas,
entre zanjas abiertas a un lado y otro,
entre caballones de tierra,
de dos metros de longitud,
con ese tamao preciso
de nuestra ternura de cuerpos humanos.
Ah, por eso esa mujer avanza (en la mano, como el atributo de una semidiosa, su alcuza),
abriendo con amor el aire, abrindolo con delicadeza exquisita,
como si caminara surcando un trigal en granazn,
s, como si fuera surcando un mar de cruces, o un bosque de cruces, o una nebulosa de cruces,
de cercanas cruces,
de cruces lejanas.

Ella,
en este crepsculo que cada vez se ensombrece ms,
se inclina,
va curvada como un signo de interrogacin,
con la espina dorsal arqueada
sobre el suelo.
Es que se asoma por el marco de su propio cuerpo de madera,
como si se asomara por la ventanilla
de un tren,
al ver alejarse la estacin annima
en que se deba haber quedado?
Es que le pesan, es que le cuelgan del cerebro
sus recuerdos de tierra en putrefaccin,
y se le tensan tirantes cables invisibles
desde sus tumbas diseminadas?
O es que como esos almendros
que en el verano estuvieron cargados de demasiada fruta,
conserva an en el invierno el tierno vicio,
guarda an el dulce labe
de la cargazn y de la compaa,
en sus tristes ramas desnudas, donde ya ni se posan los pjaros?



De: Los hijos de la ira



DMASO ALONSO


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