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El azar de las perforaciones
de Jos Carlos Becerra

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Jos Carlos Becerra

    
    Editora del fonograma:
    Voz Viva de Mxico. UNAM

por Julio Trujillo    
  


El azar de las perforaciones


Puse las manos donde mis guantes queran,
puse el rostro donde mi antifaz poda revelrmelo;
mi nica hazaa ha sido no ser verdadero, mentir con la conciencia de que digo la verdad,
mirar sin aspavientos mi existencia, desfigurada por lo que la hace vivir,
rodeada por lo que tiene de centro, de membrana interior.

He utilizado la palabra amor como un bistur,
y despus he contemplado esa cicatriz verdosa que queda en lo amado y en el amante,
y esa cicatriz verdosa brilla tambin en estas palabras,
y en mi mirada tambin pueden sentirse los bordes carnosos y finos
de esa cicatriz, de esa estrella sin fuego.

La noche ha pasado hacia el mar,
ha pasado llevndose mis antiguas estatuas,
y yo vi cmo borraba tambin el burbujeante silencio de los conspiradores,
de los hroes que extraviaron su herosmo al nacer, al ser hroes por primera o por ltima vez.
La noche se desliza entre los barcos anclados,
y el gran velo del trpico, como un cuerpo a la deriva, cae sobre nosotros;
cae con lentas oleadas de insectos, y el calor es una lengua obscena
que lame por igual los cuerpos de los vivos y de los muertos.

Vuela la noche sobre el mar y del mar regresan los ltimos pjaros,
la luz de los faros se unta a la dureza de esas aguas oscuras, se extiende sobre ese ritmo arrebatado a otra vida,
y con un movimiento impreciso, el sueo de la tierra
levanta los remos.

Dnde podra yo estar diciendo la verdad?
De qu antifaz arrancara yo mi rostro para probar el dolor de mi mentira?
De qu rostro arrancara yo mi antifaz para probar la tela de mi vida,
la gran envoltura de lo que me rodea?
Pero la vida es la gran respiracin de la muerte,
el ruido de las pisadas de nuestras propias hormigas.

Se hunde la noche en los rostros y en las palabras,
el trpico extiende sus calientes y hmedas mantas sobre mi corazn.,
y una respiracin pausada de agua podrida, una fresca dulzura de sapos, envuelve a las cosas.
Y es el vaho de la piedad, la gran religin del desacuerdo con el amor y con las macizas exploraciones del odio,
lo que enciende sus lmparas veladas, sus frases veladas, sus caricias veladas.

Y yo toco aquello que tal vez me corresponde, que tal vez me alimenta, que tal vez me devora;
yo palpo la dureza y la blandura de mi alma, no con mis manos
sino con mis guantes; mis falanges de cuero, mis uas de gamuza exploran la verdad
como una apariencia temporal de la mentira, y exploran la mentira como un tnel
por donde hacemos pasar la verdad.
Todo yo me sorprendo, todo yo me designo;
este descubrimiento es ventajoso, mis manos no existen, existen mis guantes,
las aguas de la Historia me llegan a los labios, me suben a los ojos,
son el caldo de cultivo apropiado para interrogar dentro de l a Dios,
la baera donde los enfermos cabecean confundidos con su enfermedad,
donde los hroes respiran dolorosamente confundidos con sus estatuas.

Mis guantes exploran mis manos,
en la humedad del trpico exploran la sequa deslumbrante del desierto,
palpan los grandes glaciares entrando en el ocano con la serenidad de las grandes catstrofes.
Las hojas podridas se enternecen con esta exploracin, los mosquitos escoltan el anochecer,
la realidad se desviste en sus lmparas.

La noche baja al mar, en los manglares de detiene la luna,
quin oye ese rumor de insectos en la caliente y hmeda noche?
Quin oye ese rumor de cuerpos encontrados en la memoria, en el sudor del alma, en el chasquido de la nada?

Esta indagacin slo podr ser realizada por el artificio,
el antifaz ir trasplantando el rostro, los guantes tendrn a su cargo la creacin de las manos,
la mentira abrir un tnel bajo lo que llamamos real, pondr en entredicho la dureza de ese piso.
Slo as mi tacto ser ms vivo,
y mi respiracin dar menos vueltas para encontrarse con mi alma,
o con aquello que pregunta por m, si es que algo pregunta por m.

Quin escucha este zumbido de insectos en la caliente y hmeda noche?

Tambin la luz de los faros ha sido contagiada por el rumor inarticulado de esas aguas, por lo corrosivo de ese movimiento.

Pero hay un rumor de remos, hay un rumor de remos;
debemos escucharlo con atencin.




De: Relacin de los hechos



JOS CARLOS BECERRA


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