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Blanca Orozco de Mateos

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Jorge Carrol

donde comienza el camino

Por Jorge Carrol

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El Gato Barbieri y Michelle, su compañera durante muchos años. New York, 1974.


Mientras años 40 comenzaban a declinar y los 50 iniciaban su andadura, el adolescente que fui, lunes, martes y miércoles, inexorablemente asistía a las funciones nocturnas de los cines Hindú, Cataluña, Paramount y Select Lavalle, para ver películas musicales donde las piernas espectaculares de Betty Gable hacían olvidar la trompeta de Harry James, su envidiado marido en la vida real.

Para mi el camino del arte no nació en una biblioteca familiar ni leyendo a Cervantes ni Charles Dickens ni mucho menos a Horacio Quiroga, tampoco acompañando a mi madre a ver cómo Margarita Xirgu o Lola Membrives daban vida a Yerma o a Bodas de Sangre (de Federico García Lorca), sino sentado en una simple butaca en la oscuridad de un cine porteño, donde soñaba bailar como Fred Astaire ser baterista como Gene Krupa y hacer el amor por secula seculorum con Marlene Dietrich, Jean Harlow, Verónica Lake, Hedy Lamarr.

Entonces ocurrió lo inevitable, los sábados por la noche: cine, se convirtieron en sábados a la noche baile en el club Huracán, más que para bailar en brazos de una muchacha que siempre tenía otra cara y otro cuerpo al largamente soñado, era para quedarme parado frente al escenario por donde desfilaban las orquestas de Aníbal Troilo (Pichuco), Pedro Laurenz, Osvaldo Pugliese, Ángel D’Agostino, Julio de Caro y las bandas de jazz o algo parecido de Barry Moral, Santa Anita (ritmo en el alma), los Cotton Pickers y los Hawaian Sereneiders.

Y gracias a una de esas Ella de mil rostros y mil cuerpos y ninguna caricia, llegué un lunes a la noche a la Asociación Cristiana de Jóvenes quizá corresponda agregar: judíos- donde un grupo de músicos, jóvenes y no tan jóvenes, subían uno tras otro afiebradamente a tocar, improvisadamente. Eran las sesiones semanales de Bop Club Argentino y allí, de alguna extraña manera, mi vida cambio entre músicos, poetas, pintores y locos, que tienen un cálido lugar en mi memoriabierta, aunque muchos no hayan sido mis amigos-amigos, compañeros de una ruta donde Charlie Parker, César Vallejo, Picasso, Duke Ellington, Jean Renoir, Dizzy Gillespie, Vicente Huidobro, Modigliani, Thelonius Monk reemplazaron las piernas de Betty Grable o las tetas de Mae West.

Un desfile de rostros y voces se instalan en el teclado de mi compu y son los de a su lado comprendí que la vida sólo se vive una vez, leyendo, oyendo música, viendo cuadros, pero fundamentalmente, haciendo de la amistad un culto caótico y al mismo tiempo, irremplazable.

Vayan a los amigos que me nacieron en el Bop Club y que luego se transformaron en fenomenales noches el Bohemian Club, en Le Roi o en Jamaica (boliches sonoros de los que ya abriré mi memoriabierta), mi agradecimiento por haber sido: Enrique Villegas, pianista, Mario Trejo, poeta; Lalo Schifrin, pianista y director de orquesta; Alberto Vanasco, poeta y novelista; Juan Carlos Paz, compositor; Juan Antonio Vasco, poeta y publicista; Leandro el gato y Rubén Barbieri; Mauricio Kagel, compositor; Nicolás Espiro, poeta y psicoanalista, ¡nadie es perfecto!; Sergio Mihanovich, pianista y compositor; Jorge Raúl Batallé y Carlitos Rodari, locutores; Lito Chueke, publicista y Rubén Oropeza, luzbelito.

Desde entonces asumí cada momento pasados con ellos como un regalo del azar: ¿quién me puede quitar el placer de haber asistido a la fundación de la primer banda de Lalo Schifrin, el después famoso autor de la música de Misión Imposible y tantos films malditos?: Alberto y Franco Corvini, Tomás Lepere y Rubén Barbieri, trompetas. Alfredo Santamarina, Alfredo Casalla y Eddie Pequenino, trombones. Horacio Chivo Borraro, clarinete. Gato Barbieri, Arturo Schneider, Jorge Barone y Pichón Grisiglione, saxos. Nene Nicolini, bajo, Oscar Mazzei, batería y Lalo en piano. Bob Sullivan y Dave Washington, cantantes. ¿Quién me puede quitar aquella madrugada en Le Roi, donde el Gato Barbieri cambió el saxo alto por el saxo tenor, mientras en una mesa Michelle, su compañera y alguien que yo llamaba Julia, gritábamos ¡Yes! ¡Yes!, advirtiendo el nacimiento de un sonido único en el jazz fuera de USA.

Cierro los ojos y aparto las manos del teclado de la compu, para dejar que mi memoriabierta continúe.


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Lalo Schifrin, 7 de febrero de 1963, en New York, dirigiendo su agrupación con el trombonista Bob Brookmeyer (registrada en el LP: Samba para dos. Verbe V-8543)

 

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