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Alberto Greco

un tiro al aire

Por Jorge Carrol

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Albertus Grecus XXIII. Ciudad del Vaticano, Roma, diciembre 1962.


No fui su amigo cuando a comienzo de los 50 nos encontrábamos en los mismos cafés y con los mismos amigos comunes, como la pintora Lidy Prati. Me resultaba insoportablemente maricón. Practicaba un trasnochado dandismo muy extravagante y básicamente su poesía, no me llegaba. Lo primero que me separó de él, fue una conversación que tuvimos en el Teatro Odeón, mientras esperábamos reunirnos con Jean-Louis Barrault, que estaba actuando al frente su compañía con Madelaine Renaud. Me confesó, prácticamente sin conocerme, que se consideraba una víctima de su madre a la que odiaba. No se sentía parido por ella, sino más bien cagado.

Alberto Greco (Buenos Aires, 1931) frecuentaba la librería Juan Cristóbal, lo cual automáticamente nos separaba ideológica y estéticamente. Era una suerte de escandalete con dos patas: la presentación de Fiesta, su primer libro en Juan Cristóbal, of course- fue interrumpida por la policía que se llevó detenidos a casi todos los asistentes.

Nos encontrábamos de vez en cuando, pero jamás cruzamos más que un saludo y tal vez, un par de palabras; éramos como el aceite y el vinagre. Mas sin embargo una tarde me invitó a la fiesta de su despedida: Francia le había otorgado una beca y se iba a París, donde lo encontré en 1955, en la galería que dirigía una ex mujer del poeta Paul Éluard. Greco estaba exponiendo en La Roue, su primer exposición individual. París había hecho una vez más el milagro: Alberto era otro, más loco pero mucho más creativo.

En Buenos Aires, a fines del 56, asistí a su exposición en la galería Antígona, de la que tuvo que retirar sus obras y cambiar por otras menos “extravagantes”, ante la rechifla del público y la histeria de las dueñas. Por suerte para él, la galería Rubbers, se atrevió y mostró sus experiencias plásticas que el llamaba “tachismo”. También recorrí su muestra en el Museo de Arte Moderno de Sao Paulo (1958) y no lo soporté cuando en el 59 se convirtió en uno de los promotores del Movimiento Informalista Argentino, integrado además de él, por los pintores Méndez Casariego, Pucciarelli, Barilari, Kemble, López Anaya, Maza, Towas y el colorado Wells. Si mal no recuerdo fueron tres exposiciones las realizadas a su iniciativa ese año por los informalistas: la primera en la galería Pizarro, la segunda en la inevitable Van Riel y la última, la más insoportable por la presencia de su “presentador” (el poeta y crítico Rafael Squirru) en el Museo de Arte Moderno.

Pasó el tiempo hasta que en el 60 inundó prácticamente el centro comercial de Buenos Aires con afiches que decían: Greco, qué grande sos, y Greco, el pintor informalista más grande de América. Lo peor de todo esto, es que Alberto se lo creía, no era una boutade, como lo fue la presentación que Manuel Mujica Lainez hizo en 1962, en la galería Pizarro, al inaugurar su muestra Las monjas.

La última vez que nos vimos, también por azar, fue en París, en casa de Leonor Fini; por entonces Greco recorría las calles con una tiza en la mano, paraba a una persona, le “encerraba” en un círculo dibujado en el piso y firma “la obra”. ¡Había nacido el Dito del Arte Vivo!

El pintor Antonio Saura una vez me comentó que la estancia española de Greco fue una suerte de locura y celos, de depresiones y genialidades, como el Gran Manifiesto-Rollo del Arte Vivo-Dito, un rollo de papel, dibujado y escrito de más de 200 metros.

Alberto Greco que suicidió el 12 de octubre de 1965, en Madrizzz. Entonces, como hoy, me apenó no haber asistido ni a un Party Greco, realizado en el estudio de Fernández Muro y Sarah Grillo, al que asistió en cambio, Tachito Somoza, ni al espectáculo Vivo-Dito, realizado en la galería Bonino de Buenos Aires, Mi Madrid Querido, en el que la estrella era el bailarín Antonio Gades y cuyo éxito fue tal, que el espacio de la galería quedó chico y tuvo concluir en la plaza San Martín. En mi defensa puedo decir que esta ocasión, estaba filmando unos comerciales en México.

En el Gran Manifesto-Rollo Arte Vivo-Dito, Greco incluyó la letra de un tango, dedicado “a mi vieja, la madre de mi hermano”.
Esta es esa letra tanguera:

¡Pobre Mina!

          ¡Pobre Mina!
          no despertando
          ni ganas de hacer reír.
          ¡Pobre Mina!
          que te consuelas
          escuchando por la radio
          lo que nadie tiene estómago
          para decirte.
          ¡Pobre Mina!
          que seguís tirando
          de la vida
          por una ilusión,
          como un burro
          que le han puesto
          una zanahoria
          para llegar hasta el final.
          Tienes la boca llena
          de pinchos como un tenedor.
          ¡Pobre Mina!
          ¿Qué mal has hecho
          para que la vida te trate así?
          Ventilas el destino
          andando por las calles
          como un carnaval olvidado.


Pensándolo bien, al fin de cuentas, creo que Alberto Greco tenía razón
cuando decía que:

La muerte tiene algo de Shirley Temple.


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Autoretrato Vivo-Dito: fotografía de Monserrat Santamaría, tomada en 1963, en Pedralaves, en Ávila. España.

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Vivo-Dito, de Alberto Greco: fotografía de Monserrat Santamaría, tomada en 1963, en Pedralaves, en Ávila. España.

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