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Blanca Orozco de Mateos

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Niebla
de Carmen Boullosa

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Ser el esclavo que perdió su cuerpo

    
    Editora del fonograma:
    Voz Viva de México

por Carmen Boullosa    
  


Niebla


Hay en el aire el retardo de la niebla.
Hay en los árboles la tersura de la niebla, la suavidad,
y en el río la pausa de la niebla.

Todo duerme respirando niebla.
El sueño del lobo es sólo niebla.
La niebla sueña con ríos inmóviles, amedrentados.
El pez no duerme.
El hombre cava al pie de la montaña
junto a los árboles, cerca del río,
lejos de la montaña, al ritmo suave de la niebla.
El pez no duerme.
El hombre sería alboroto, ventarrón, pero cava en silencio,
obedece a la niebla.
Cava.
Los matorrales bruscos le dan la espalda.
No hay gota de sudor sobre su cuerpo.
La niebla ocupa al momento la tierra desterrada.
El hombre es más tierra que la tierra,
claro de sal o mansedumbre,
piedra de río a quien menea la niebla, piedra flexible,
serena como es sereno el desierto,
como los bosques de algas,
y como ambos iracundas flechas lentísimas apuntando al forastero silenciosas
(¿alguien acepta el alga o el desierto?).
El hombre viste niebla.
Lo protege la noche y una vela encendida
donde danzan su muerte los mosquitos festivos.
Lo alumbran los tímidos cocuyos

Él cava, abre la tierra.
De ella no brota lodo a materia arenosa,
abierta es neblinosa superficie,
tallos, hojas, cordel de enredadera.
¿No oculta nada esta tierra?
El hombre cava más y aparecen hojas, vainas, tallos, botones.
¡No hay raíces, lodo,
la cola blanca de la semilla meneando la germinación!
Hay polen, nidos de mirlos,
brotes, la piel de las plantas
(siempre más oscura que la luz de la semilla)
y el ala de la hoja y la dura corteza.
¡No está la blanca ciega pata de la raíz!
¡Nada indica que es adentro, que el hombre está cavando!
Él cava.
¡Tanta tierra toda abierta no le pide detenerse!
¡Su brazo es azadón,
su piel destroza la ternura de la niebla,
él cava y cava y cava!
Desentierra un cuerpo,
Entero e intacto como dado a luz.
Él lo está dando a luz,
Quitándole la oscura asfixia de las nocturnas plantas.

Los cocuyos iluminan su palidez.
El hombre es piedra arisca, es tierra.
El cuerpo es agua, es mujer oliendo a raíz y a aurora.
La niebla la envuelve;
El retardo, el tacto del río, la copa del árbol la visten.
¡Ah!, que es bella así adornada.
Gime como el botón del tulipán.
No conoce costumbres.
Como el cadáver no sabe andar de pie.
Como el recién nacido, se arrastra en la cuna de tierra.
Como el recién nacido, pide brazos para dejar el llanto.
Como el laurel, llora ámbar y rocío.
¡Es un árbol talado desde su nacimiento!
¡Es el ser vivo dado a luz por el hombre!
¡Es carne de la carne del hombre,
es la hierba del pez,
el cuerpo de la niebla!

El hombre toca en ella sus huesos.
Cree que está viva, cree que es mujer,
no sabe del pez, de la niebla, del árbol,
no sabe que ella es la germinación de las manos en la tierra abierta,
no sabe que vendrá la venganza de la luz
y que la aurora y la raíz lo detestan.
Él desentierra y ríe.
Las uñas negras desafían su palidez.
Él aquí la ha buscado, es un loco, se ríe.
Cavando parió su árbol roto.

(Lo sé yo. Es verdad.
Yo soy la que ocupaba el sitio de la raíz.
Yo quien impedía germinar a la tierra.
Mis ojos vigilaban a los escarabajos.
Con mis labios sellaba las semillas.
De mis pechos huían las alimañas,
los tallos, los botones.
Yo era un sol de venas dormitando.
Yo no llamé a nadie, huía de las risas.
Deserté en otros siglos de tacones y medias, de encajes y vestidos.
Por mi ano puro no pasaba la mierda.
En mis labios no había rastro de pintura, su adorno era tierra.
En mis pulmones habitaba el ausente silencio.
Fui la cobra dormida, el pez que no duerme,
El canto del búho y la noche.
No estaba enterrada ni escondida.
Allí vivía, protegida por una superficie que se cerraba en torno mío.)

Él le toca los huesos.
¡Vaya prueba de humanidad pide el hombre al agua que ha
encontrado limpia en la fosa de tierra!
Sí tiene huesos.
No tiene nombre,
Es el cuerpo enterrado en la noche de luna.
Es lo que no respira,
Lo que no conoce el puño involuntario que oprime el pulmón.
Todo en ella es voluntad y recelo.
Su piel contiene viento,
No necesita aire,
Su corazón es aire, es vela hinchada, corazón sin huesos.
Huele a raíz y a aurora
Porque el sol empezó ya su persecución.
El sol no perdona que expongan lo que guarda la tierra.
El sol es la pudrición, es las bacterias,
Es los gusanos que destrozan la carne,
El hacedor de la vejez y de la muerte.
El sol es el sello del entierro y la cordura de la superficie.
¡Nos persigue! Con sus rayos podría matarnos…

¡Corre, regresa, consigue la niebla, la noche, tírame tierra encima!
El sol te perdonará. Llegarás al camino.
Dejarás el monte atrás. Estarás donde todo es llano,
donde corre el río. Te lavarás las uñas.
Tus brazos dejarán de ser azadón
y abrazarás, darás la mano, tomarás la pluma, escanciarás la copa,
¡abrazarás!
Cuando pises, tu memoria recordará en las plantas el corazón
Que te sigue respirando.
¡Ahora es de ti de quien respira bajo tierra!
Tú preservas el cuerpo como aire duro de muelles, aire cruel de sal.
Respira de ti, de lo que guardas entre boca y pulmones.
A ti atrae ahora la piel de sus pechos.
Sobre ti acomoda los muslos, te sigue a ti con los ojos, con tus besos
pinta sus labios.
De ti llenó el ano, los oídos, la nariz, la vulva.
¡Y ahora come, después de siglos!
¡Come, bebe tu leche tibia, de ella llenas su cuerpo!
La niebla vuelve en la leche, y el retardo vuelve en ella,
dispersado,
          ella es la niebla.
El cuerpo es agua enjoyada,
La piedra de río es el cuerpo del hombre dotado de poder,
su palacio es la noche, en pausa, velando,
las copas de los árboles son las joyas de la niebla que visten los
cuerpos,
no pasa cerca ningún camino,
el río, estirando su lentitud,
contiene en su lecho las piedras que reflejan al hombre,
imitándolo.
¡Besar es hacer la niebla, traer la pausa al mundo,
encontrar la forma de la germinación,
levantar el palacio de la noche,
despertar los cadáveres,
volver cosa al cuerpo,
oír nadar al pez, temer la aurora!
¡Resucitar bebiendo la leche del hombre,
del hombre que es madre y mansedumbre,
respirar la niebla!
La tierra abierta es la cuna,
la niebla el velo,
la vela el mosquitero,
el hombre la teta,
la mujer el agua que ha enterrado la luna.
El hombre la piedra que hace mover el río.
La mujer el bulto puro del desentierro.
Ahora las semillas volverán a abrirse,
las raíces ocuparán la tierra,
los botones saldrán a la luz,
los tallos perseguirán al sol,
las hojas se volverán a verlo.

El hombre y la mujer tomarán el camino.
Pero en el camino todo es separación, afluentes,
multiplicación de veredas,
y al silencio de la noche lo ocupa el trajín de motores y la mierda,
el aire que cualquiera puede respirar y el sol,
envanecido de su poder sobre las plantas,
el sol persecutor, el sol del orden y la cordura.
El ángel de agua que vivió bajo la tierra,
la plebeya piedra flexible que era emperador y nodriza,
el agua que era mujer y recién nacido,
la niebla que era pausa,
el monte que era testigo,
los matorrales que se negaban a serlo,
el pez que no dormía nunca,
el sueño del lobo y del zorro,
el ámbar del laurel,
las joyas de oro en el pecho del cadáver,
los escarabajos y la hiedra
escucharán las órdenes del sol:
          Piedra, sé piedra.
          Lobo, sueña crueldades,
          ámbar, fluye por la corteza, mata al laurel.
          Que a la mujer la entierren.
          Que el hombre tome el camino.
          Que el río se apresure,
          que el zorro sueñe ardides.
          Que nadie vea hombres en las piedras del río,
          que nadie las crea flexibles,
          que nadie escarbe, horade, desentierre o ría.
          Que la niebla se disuelva y deje espacio a la luz.
          Que el pez duerma.

Pero no hay oído que escuche el dictado del sol.
Simple, el retardo de la niebla es dueño de todo.
Ha detenido al tiempo, ha escondido al día.
Él será emperador, ella habitará palacio,
Caminará, aprenderá las formas,
será joya del tesoro imperial brillando con la memoria del entierro,
y de beso en beso irán los dos puliendo un lecho de carbón para cuentos
y lágrimas,
un lecho de agua y de tierra,
de cobijas de tierra,
un lecho enterrado.
Y volveré a nacer de ti, de tu leche beberé,
observaré a los escarabajos sin peinarme nunca,
con tus besos haré crecer mi cuerpo, seré tu hijo alacrán,
serás el mío,
nos comeremos los dos retardando aún más la atmósfera.
Nunca llegarán a desenterrarnos.
Nuestros huesos hablarán con el nido del mirlo.
Oirán volar las hojas, prohibirán que se abran las semillas,
retoñarán nuestras carnes para que volvamos a comérnoslas.
No habrá tiempo. No seremos viejos. No moriremos.
No dejaremos nunca de abrazarnos.
No te veré, ni tu a mí, fascinados por el rito negro de los
escarabajos.
El lobo soñará con la niebla.
El sueño del zorro será suave pausa retardando.

Habrá en el aire el retardo de la niebla,
en los árboles la tersura de la niebla, la suavidad,
y en el río la pausa de la niebla.



De: Ser el esclavo que perdió su cuerpo



CARMEN BOULLOSA


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