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Blanca Orozco de Mateos

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Luis Cernuda

vivir sin estar viviendo

Por Jorge Carrol

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Luis Cernuda.


Como se está cumpliendo hoy (21 de agosto de 2002) el primer centenario del nacimiento de Luis Cernuda, contesté unas preguntas que me fueron enviadas desde Buenos Aires sobre la supuesta influencia que había ejercido en su poesía, Juan Ramón Jiménez y si estaba de acuerdo con Octavio Paz, que se señaló que lo mejor de Cernuda fue escrito antes de la publicación de Las Nubes, on Gil de Biedma , que señaló justamente lo contrario. Y en esa tarea de recordar y recordarme que basta con volver a releer Historial de un libro (La realidad y el deseo) que el poeta sevillano escribiera en 1958, para advertir que en ese largo examen del por qué de ese libro, fueron muchos los poetas que por suerte para él, lo formaron en sus primeras lecturas: Gracilazo, Fray Luis de León, Góngora, Lope, Quevedo, Calderón, Baudelaire, Mallarmé y Rimbaud.

Mis respuestas ocuparon unas largas diez páginas y en ellas manifesté que no me agrada la poesía de la adultez de Cernuda, y que en este punto estoy de acuerdo con Paz, y las razones hay que encontrarlas en el propio Cernuda:

Desde que comencé a escribir versos me preocupaba a veces la intermitencia que ocurría, a pesar mío, en el impulso para escribirlos. Este no dependía de mi voluntad, sino que se presentaba cuando quería; una experiencia implacable, una necesidad expresiva, eran, por lo general, su punto de arranque. El impulso exterior podía depararlo la lectura de algunos versos de otro poeta, oír unas notas de música, ver a una criatura atractiva.

El período de descanso entre Los Placeres Prohibidos y Donde habite el Olvido, aunque apenas marcados por un lapso de tiempo, aparte de la experiencia amorosa que dio ocasión a muchas composiciones de la segunda colección citada, representó también el abandono de mi adhesión al superrealismo. Este había deparado ya su beneficio, sacando a luz lo que yacía en mi subconsciencia, lo que hasta su advenimiento permaneció dentro de mi en ceguedad y silencio. Ya no tendría necesidad del superrealismo y comenzaba a ver, por otra parte, la trivialidad, el artificio en que degeneraba al convertirse en fórmula del mismo (el título de la colección es un verso de la rima LXVI) me orientó hacia una nueva visión y expresión poéticas, aunque todavía no apareciesen en ellas, aquí o allá, algunos
relámpagos o vislumbres de la manera superrealista
.

Precisamente por este cambio, es que Octavio Paz, Tomás Segovia y Joan Ferrater (y modestamente este acaso memorioso escribidor) decididamente apostamos por Un río, un amor (1931), Los placeres prohibidos (1931) y Donde habite el olvido (1934). En otras palabras, si la poesía es consecuencia no de la vida misma del poeta, sino de una veta que supuestamente ha preponderado desde entonces en la poesía de los poetas españoles que pertenecieron o no a la generación del 27, pues Cernuda se jodió eligiendo mal su camino. Su poesía desde Las nubes (1937-1940), es humana y poéticamente inferior (si esto pudiera ser calificable) a los poemas del mismo período de Miguel Hernández.

Por tanto no comparto la opinión de Gil de Biedma. ni el posible (no confirmado por estudio serio alguno, sino por simples suposiciones como la de este escribidor) gusto de los españoles, soy argentino ¡que le vamos hacer!, sobre la poesía de Luis Cernuda a partir de la publicación de Las nubes. La verdad es que los poetas españoles de la generación del 27 no pudieron desprenderse de nada: es su sino y su culpa.

Confesé y lo repito ahora creo que en su poema Lázaro, motivo de otra de las preguntas, uno de los más extensos de Las nubes, y que el poeta consideraba además uno de sus favoritos, pueda tener otra lectura que la que tiene. No entiendo ¿por qué buscarle al poema otra lectura? El poeta escribe y una vez publicado su poema, dejó de ser su dueño y cada cual lo lee y saca de él, una autoría (la del lector) de la que ejerce su derecho: el mío, por ejemplo, es que no tenga otra lectura. Agregué que me pasa con la lectura de Lázaro lo mismo que con la lectura de Quetzalcóatl, que no me pasa nada. Es mecánica pura, artesanado y no sangrado, oficio y no vida, de muchas formas es vivir sin estar viviendo.

Precisamente así conocí a Luis Cernuda en México hacia 1958 -en ocasión de la presentación de la tercera edición, corregida, publicada por el Fondo de Cultura Económica- viviendo sin estar viviendo, como vivimos los viejos enamorados. Lo escuché hablar de sus ausencias sin saber que yo estaba comenzando a elaborar las mías. Me preguntó sobre la poesía argentina y como siempre respondí que no existía tal cosa, y con la insolencia que da la juventud (tenía yo, acaso 26 años) insistí de que hay poesía o no la hay, como hay poetas o no los hay, que agregar nacionalidades a la poesía era un agravio de lesa poesía. Recuerdo que sonrío y con esa pinta suya de galán mexicano menos joven, caminando seguimos hablando muy especialmente de la poesía de Éluard (me dijo de memoria gran parte de Leurs yeux toujours purs [Ma pensée souteneu par la vie et la mort. Final que repitió un par de veces como mordiendo las palabras, una a una] y Celle de toujours, toute, del que me comentó que era tan puro como el propio Éluard.

Sigo insistiendo, con las palabras de Nicolás Espiro: Que el juicio final será ante la poesía, y agrego: no ante los críticos.


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Fotocomposición de un poema manuscrito y libro de Luis Cernuda.

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Luis Cernuda, Federico García Lorca y Vicente Alexandre.

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