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Saúl Ibargoyen

 
 

CAPÍTULO XIV


JUANA MANGARÍ, HUYENDO CON JOSÉ CUNDA DE PERROS Y HOMBRES, ADQUIERE PAREJA Y CAUDAL EN ESTAS TIERRAS



El perraje era tenaz, voraz y capaz de oler, a través de leguas de rojas polvazones y de monte retupido, los desmenuzados sudores de un conejo o los afinadísimos orines de un zorro o el arrítmico babeo de un yaguareté o las fibras volanderas de una pluma de perdiz o la punta de un pelo del eléctrico bigote de un gato montes.
Perrada misturadísima, más brava y bruta que los cachorros de hoy, se vale decirlo. ¡Eran mestizos de vocación aquellos señores perros, sí señor usté! Le cuento:
Juana Mangarí Corral dio apoyo al correoso hombre desvergonzado. La curación de las heridas y el borramiento de los vejámenes sólo eran lo poco suficiente: costurones, chirlos, cauterizaciones, suturas, con espumas apelmazadas, adensadas, de pieles, pellejos, membranas, cueros, cutículas: debajo deshacíanse jugos costosos, agrias sanguazas, una burbujosa sopa de sangre, un caldo nutriéndose de coágulos, células y glóbulos lastimados y sometidos a la ofensa de un sucio dolor que nunca encontrará desmemoria ni silencio.
José Cunda se apoyaba en la fortachona figuración femenina: de su cuerpo total sólo reconocíase en el salivoso sabor con que la lengua de ella le contagiara las ardidas encías y el turbio cielo de la boca. Apenas, sí, pisaba los entreveros del suelo: cada contacto era sufrimiento, cada rozadura era daño, cada arrastre era aflicción El caballo blanquiento o blaquiciento de él iban buscando los perros, mezclados con el friaje de la oscurana.
Los animales aparecieron a punta de hocico; en verdá, nunca habían dejado de estar. Los olores de la mujer eran los mismos: aguardiente, grasa, frijoles, yerbabuena; pero amargos un poco, como el humo abandonado por el fuego entre las ramas verdes. Aceptaron que las aéreas partículas de Juana Mangan se entrelazaran con los mínimos pétalos que José Cunda transportaba.
Ya conocían los corpúsculos vibrantemente aromatizados, por darle esta expresión, con el que el estaqueado foráneo proveyera sus narices durante cuatro o tres jornadas. Un fanático especialista de la inubicable Germania o Sajonia, diría que los dos órganos olfatorios, en hocico y paladar, de un bicho canino "son capaces de definir líneas olorosas, ondas olientes y olidas nubes de olores, bandas aromáticas o fajas de olor intenso".* Pero mientras José Cunda estuvo clavado a la tierra, aquellas perradas sólo lo lamieron y babearon, limpiándole sin intención los estropicios de sus carnes enflaquecidas.
"Saliva de perro ayuda a cicatrizar."
Eso creía, y hasta ahora debe acreditar, la Juana Mangan Corral.
Los perros, pues, de tanta diversidad en tamaños pelajes, cruzados los falsos dogos con los pastores cabezones, los mastines con biznietos de lobos, los collie con los bastardos barbillas, apoyaron de más cerca todavía la enfriada liquidez de sus hocicos en las anchas y gustosas aureolas que la pareja, semicaminando y semiarrastrándose, elaboraba en órbitas multiplicadas.
Cuando ella lo trepó a él, ¡vaya uno a imaginarse cómo!, de través en los lomos del caballo que lograron ubicar con sus cuatro cascos en el suelo, y cuando ella también se subió, afirmando las nalgas en los pelos sin montura, y cuando aquella máquina fuera de toda simetría echóse a marchar, soltando amplios vapores y elaborados suspiros y disimulados relinchos, la perrada percibió una nueva misturación de olores que el frío de los quietos aires pareció atenuar, contrayéndola. Hubo entonces erizamientos y gruñideras.
Pero la máquina se alejó con sus tres cuerpos terrestres atravesando las lentitudes de la noche. Algunos de los cachorros, los de más facilidad para trotear, prefirieron seguir los apagados ritmos y las aromatizadas banderas que se iban desmigajando sobre los anchos pastizales que unían a Puerto Polvo con tantos campos propios y ajenos y de nadie. Y un par de los perrotes sintió que la odoriza se detenía, como para un descanso, entre las rocosas raíces del Cerro Comunicaciones. Mucha oscuridad para ver cómo uno de los cuerpos descendía del carro sin ruedas y de cuero vaporoso; mucha distancia neblinosa para oír frases en un idioma chirriante, de tonos caprichosos y agresivos; mucha fatiga también para ladrar contra susurrados movimientos, piedras apartadas, arenas deslizándose.
"¡Aquí está tu bolsa! ¡Donde bien dijiste!"
Era Juana Mangarí, claro: voz soterrada, hilachas de sudor, Millos de yerbabuena.
"Algo pesa, sí, éste tu caudal..."
Recuperó su forma, modificándola, el crujidor y respirante artefacto. Y el último perro, de oscura alzada en momentos cualesquiera, ya diurnos o nocturnos; de cabezota excitable; de orejas garrapateadas; de colmillos peleadores, levantó la pata para dejar una marca definitiva en los pies de un joven eucalipto, junto mismo al hoyo descubierto por Juana Mangarí Corral.
La ruta se hizo hacia el sur, ya traspasando las señales fronterizas, apartada de los reductos aduaneros y de los muros y torretas del cuartel que los centuriones uruguaytianos edificaran con ayudas y asesorías foráneas. Rivamento se achataba, estirándose entre otros cerros: sólo algún berrido de llorosa crianza o una risada sin ecos o un grito debilitado por el miedo o una advertencia de can insomne, cortaba la desnudez del aire. El rumbo hacia Defensa, pues, se hizo casi paralelo a la pisoteada carretera central. En aquella población de ranchos deteriorados, que Juana Mangorí conocía porque uno de ellos había sido su patria de nacencia, se detendrían. Allí podrían tener, y tuvieron, amparo por el total de una jornada no más que ese trozo de tiempo.
"El reguero de perros regresándose les endilgará a aquellos babosos el camino, José Cunda..."
El hombre, desfibrado sobre un catre de tijera, medio tapándose con una manta de Castilla, sorbió del tazón que ella le sostenía: pedazos de gallina encaldada y sal gruesa y pimienta negra y orégano salvaje y cilantro del monte y esos dos huevos de perdiz bien jodidos de hallar.
"Sólo un cachorro se aguantó hasta aquí. Pur cerca de nos todavía va a andar."
José Cunda se durmió con la boca habitada por aquellos alimentos en trance de ser ingeridos; se durmió recostado en su haraposo triclinio, como soñando con perros de toda color: hocicos verdes, flancos amarillos, dientes azules, colas coloradas, orejas celestes: colores mudos, borrada ladridera, aullidos muertos entre una neblina polvorienta. Y los tales bichos coloridos lo mordían a él, al soñante, lo desjarretaban, lo mordisqueaban, lo volvían a lamer, a hociquearlo, a rasparlo con extrañas uñosidades de gato; a él, el soñador, y a un hombre sin rostro alguno que estaba inclinado en un borde del sueño, como pretendiendo mirar las variadas luces mezclándose con una sangre inodora e insípida.
Al atardecer del siguiente día se salieron de los rancheríos de Defensa. Aún no estaban construidas las instalaciones del ferrocarril ni los corralones para selección de los ganados a sacrificar en los frigoríficos y saladeros rivamentinos. Menos pueblo que hoy era aquello, dígame usté.
La mujer era conocedora de aquellas regiones de superficies rojizas y arenosas, como para sandías y melones y granos enflaquecidos; por eso bajaron con el derrumbe del sol a su derecha, sin aproximarse a la parada misérrima llamada Palo Seco, para cruzar los bajíos del río Notemboí, como si usté hiciera rumbo hacia el Bañado de los Huesos. ¡Qué nombre, en verdá le digo! Pos, ahí se amontonaron los esqueletos producidos por las revoluciones, por las invasiones, por las traiciones, por las degollaciones, por las corrupciones, por las fusilaciones, por las gobernaciones, por las desapariciones, por las vejaciones...
Plantas de plumerillos, de juncales, de camalotes, de espadaña, de mangle, de tacuara, se enredaban con fémures, tibias, cráneos, pelvis, costillas, cartílagos, falangetas. Jodido, feazo de imaginar, sí, y más de lo peor, jodido y feo de ver y oler. ¿Quién se acerca a tamañas pudriciones? Ellos sí rozaron el tiradero de aguas lodosas; el perro único, el de espalda oscura, siempre cubriendo las huellas con su baba o su sombra, pero ahora dejando sus ácidas demarcaciones en puntos sin conexión con los viajantes. Si hasta alguien, conejo o cazador, podría cogitar que un "... perro loco anda a las meadas por aquí!"
"El cachorro trotea medio apartado de nos, como si tanta jedentina un grande asco le diera..."
El caballo estornudaba en veces unas cuantas, sí, porque las miasmas espesas parecían dar picazón a sus ollares. En un final, salidos ya de los gredales esponjosos, y con José Cunda adormilado por los bebedizos que la mujer concentradamente le preparara, los lógicos rumbos eran en dirección de las poblaciones de Ibirapirú, como a quince leguas, digo yo, aunque seguro que ni el mapa podría calcularnos la vera y mera distancia.
Y hasta allá se allegaron, con una montura para cada bicho humano, pues su corcel mercaron a un paisano solitario en situación muy carenciada. El hombre de Canguçueiro se demoró, sin embargo, más de una semana en sus recuperaciones, bien ayudado por doña Melada, la doctora que atendía aquella comarca de pobrezas. Acredito que ya hablamos de este desvanecido pueblerío de Ibirapirú, en otros momentos de tanto contar. ¡Cómo sería si ahoritita mesmo es como es! ¡Ni Tupa ni Olorum ni el Sin Nombre ni el Padre de su Hijo, en la propia puta vida tenían pasado pur ahí!
Por eso doña Melada, que la llamaban "La cuatro manos" hartos quehaceres diariamente cumplía. No era ni la voz del pueblo aquel ni las voces de Dios. Ella parlaba más bien con sus dedos multiplicados, inacabables. José Cunda fue beneficiario de afanes curativos, de cocimientos herborosos, de rezos en un idioma de lenguaraces, de entrecortes, entrerritmos y nasalizaciones:
"Ta morobí yerendá..."
Así creyó el hombre que entendían sus orejas, y así la doña Melada le proponía la instancia del descanso. Pero antes escuchaba siempre (sic):
"Oí Tupa... Py'a guapy... Ava póra... Yvy pora... Yvy póra... Vaka atýra... Hatikôiva... Pokôi yvyrá... Jaguá Kambá..."
La Juana Mangan, en esas noches de convalescencia, cuidaba también y tanto como al hombre que con tales mañas adquiriera, la rescatada maleta con las libras de oro.
"Virú... itajú... A-ñangarekó... Yvy ñemú..."
Nadie va a traducir o dar versión de estos balbuceos, sépalo usté. Mencionar podemos, sí, para ayudar a menores confusiones de nuestra gente papelesca, que un dios grande existe, que debes calmar tu corazón, que eres hombre hecho de tierra y de maíz, que habrá tremendas vaquerías, siete árboles reunidos, un perro negro, oro y monedas habrá, que a resguardo se hallen, comprarás la tierra...
Acredito que la Juana Mangarí algo entendía de tales sonidos, que ansimesmo estaban en su segundo apelativo. Y mientras José Cunda avanzaba en sanarse y en apercibirse para próximos destinos, ella se apalabraba con probables propietarios o simples prestanombres que de pronto caían por los ranchajes, a andar de putas en el único burdel de toda aquella dislocada geografía o a transar con sus arreglos a compradores de ganado en vivo, cueros y astas pulidas.
Escaso era el tianguis de Ibirapirú, y sin fechas acordadas por tradición alguna. Los pujos de la apretura de dineros o el sobrante de bichos vacunos indicaban, más que las costumbres del almanaque o el neurótico detallismo de las economías modeladas desde cualquier metrópoli imperial, que todo el bestiario y el humanario fronterizo es más hijo de la necesidad que de la violencia.
Mercado tristón, decíale a usté, de tráfico o permuta, pero si algunas de las tales gentes, por ánimo de quitarse aburriciones o saudades, querían jolgorio y canto, pues en el queco o lupanar había vihuela y guitarrón, y hasta violín manejado por un mozo avañense medio delicado de las nalgas. Las pocas y magras pirujas que daban alivio carnal a precio de permanente barata, gustaban de Avisar al Neguinho o Negriño Guacho para que, con sus coplas nostalgiosas, ayudara a la casual clientela a entrarle más tragos a la caña blanca y al tintillo con limón, de desafiante acidez ambas bebidas. Por eso se escuchaban cosas así:

"Mi comadre la tristeza
cuasi siempre me acompaña.
Si esta copla téin cabeça
Es ansí mi tal hazaña.

"Todo verso lleva rima,
todo fuego téin fogao,
toda mulier se me arrima
pois canto de coraçao..."

La adquisición de la futura Hacienda Siete Árboles se concertó con pago a la vista, exacto y a favor de los compradores, pues el oro había subido en sus cotizaciones, aunque ninguno de los participantes en el tal negocio jamás se enteraría de por qué con sucedió ansí.
El vendedor, un ex coronel brasiliano, Timeo Vasco do Punhal, de los gloriosos vencedores en la Gran Guerra de los Tres contra el Paraguaty, mirando al todavía palidísimo y esmagado José Cunda, y sin relancear para la figura firme de la mujer, aunque con ella hubiera acordado precios, seguridades y condiciones, dijo de apretado labio y bigote de asustar:
"Un recibo le asino, sim... sí. Decumentos, partidas de dueño, pois nunca me deu por tener. Nao precisé. Negocio, de apalabrarse en el aire, sólo. Quéin fue el propietario de enantes y de antes de enantes, ninguéin sabe diso. Meu padre contó para mí que hasta de un tal Artigas, un guerrillero castellano, estas tierras fueron propiedá. Tanto tiempo que ni meu Deus Santo se acuerda..."
"Certo, ansí da béin."
Hízose el trueque. Don Timeo Vasco do Punhal ahora sí que miró para Juana Mangarí: ojos de carne como luz oscura tocando una piel que tal vez nunca dejara de iluminar sus ensangrentadas memorias.
Cuando el ex coronel se retiró, sin ofrecerles la espalda para enaltarse en un equino de película; cuando los tres yagunzos o guaruras que lo cuidaban bajaron trabucos y espingardas; cuando aquellas presencias eran polvo desvaneciéndose en el callejón polvoriento, entonces la fortalecida mujer y el hombre con un poco de temblequera, salieron por la descuadrada puerta del rancho de Melada.
"¿Dónde está el casco de la hacienda? ¿Béin pal norte, dijiste?”
"Sí, ansí como decís."
"¿Y el azude, y el río Camacuá? ¿Tambéin?" "Clariño, sí."
"¿Y la tierra, dónde empieza?"
"La estás pisando, José Cunda. Siempre la tendrás debajo de tus pies."



_______________________________________________________________ *Ulrich Klever, Dein Hund, Dein Freund, Gráfe und Unzer GmbH Verlag, Münschen. s/f., p. 106.



De: Toda la tierra Grupo Editorial Eón/ Centro Universitario de Tijuana, México, 2000.


 

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