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Saúl Ibargoyen

 
 

Una musa



"¿Cómo te llaman, eh? ¿Cómo te pronuncian en lo sonoro? Decime..."
"¿Cómo? Pues... ni sé. A veces... Miriam... María... Mara... Algunos, como perdidos, me dan el apelativo de Musa..."
"¿Musa, dijistes?"
"Sí."
"Y eso, justo aquí, ¿qué es? Parece un nombre como de música cortita, sin acento, interrumpida a media respiración..."
"Qué te digo, pues... Así esos... aquéllos me andan nombrando."
El viejo muchacho tenía como una fiebre contenida por muy debajo de un rostro donde los huesos y la piel formaban una frontera explícitamente vulnerable. Pero los ojos no, con sus luces de lo interno tiznadas por la miopía con que habían chocado desde su mero nacimiento entre las flacas realidades de recámaras neblinosas, de lechos o catres promiscuos, de cuadernos deshojados y desprolijos, de platos y cucharas en despojo constante, de lugares de aseo sórdidos y hediondos. Los ojos sí, pues sí que no.
"¿Qué mirás, vos? Todo es como de lejos, en esa manera de verme."
"¿Lejos? ¿Por qué? Si casi te estoy tocando..."
"Casi, nomás..."
El ancianizado mozo alcanzó con diestros dedos los cabellos de la muchacha, tactó sus finas fragilidades, aquel cuidadoso desarreglo de dos breves caudas temblando encimadas en cada ojo: los movimientos ligeramente pendulares de la cabeza, yendo y regresando, producían la reiterada confusión consustancial a toda sustancia inaprensible.
Hubo una picante y veloz y quintuplicada angustia en aquella mano que debió retractarse, posándose por un irrelevante lapso en un cráneo propio, a medias consumido entre humos y aires sin fecha y sin edad.
"¿Por qué me tocaste así?"
"La verdá, ni sé ni me importa no saber... Nada tocamos nunca, son las fuerzas de tu pelo y las fuerzas de mi mano las que se juntaron, apenas. Sólo eso, pues."
"No te entiendo... ¿Qué fuerzas?"
"Las que te mueven, las que te hacen caminar por el mundo..."
"¿Y de dónde salen? Tienen que brotar de algún sitio, ¿no?"
"Por eso hay que respirar, acercarse al sol, meter la boca en el agua, dormir como enterrándose en el vientre de la noche..."
"No entiendo bien eso que decís agora... vos sos medio difícil, ¿no es?"
El envejecido muchacho repitió en su adentro las imágenes de la chavala horizontalizada entre olores que se acidulaban lentamente. Recogió de la almohada un par de vellos de dura negritud y una delgada tríada de cabellos inmóviles.
"Mirá, me los llevo de recuerdo..."
"¡Sos béin loco! ¿Para qué iso?"
"Porque aquí está todavía esa fuerza tuya..."
"¡Qué rareza! ¡Bien esquisito sos!"
"¿Y qué? No te nombran de musa, dijistes... Ansí como lo ves, cada cual con lo bien suyo de uno mesmo..."
"¿Ya te vas?"
"Sí, de este modo andamos por las tales vidas: pasando y repasando..."
"De pronto, digo, en una pasadita... podés volver, ¿no?"
En el mozo se arrugó la mirada, vacilaron las manos en el reacomodo de zapatos, camisa, pantalones, objetos de papel; las narices absorbieron incontables moléculas oscuras.
Se enaltó, finalmente, como soltándose de pedazos de relojes, de trozos de campanas, de restos de almanaques, de arenas expansivas, toda esa basura del terrícola tiempo. "Sí, podría volver... Aquí te dejo este libro de versos... son de amor. Adentro están los billetes, hojas que vuelan... Chau, Musa..."
Salió pues, cegando apenas la estrechez de la puerta: nadie tiene espalda cuando desde atrás alguien con su nombre imperfecto nos mira.




De: La musa en calzones


 

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