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Saúl Ibargoyen

 
 

VERSOS DE POCO AMOR




POESÍA, AMOR Y DISCURSOS EN LAS ESPALDAS Y OTROS ESPACIOS PLACENTEROS

UN VISTAZO SOBRE LA POESÍA DE SAÚL IBARGOYEN

Cuando lo conocí, hace dieciséis años, Ibargoyen ya era la coneja de la poesía uruguaya. Se volvió mi amigo más íntimo, el de los sueños, la escritura y los secretos del pensamiento político. Era poeta, y también periodista, y también comunista y también maestro. Lo sigue siendo.
En parte porque ser es un vicio; en parte porque en los días en que la realidad es insoportable, solo la transformación creadora del arte permite que la vida conserve el valor divino que todas las religiones le reconocen. Y mi ateo poeta amigo es religiosísimo respecto a la fuerza del ser y de su sucedáneo, el amor.
Poco, todo o mucho son solo juegos de palabras con los que compone un discurso sobre el valor en sí del amor: no importa la cantidad de amor, porque aunque sea ínfima es tan fundamental que santifica el hecho poético.
Discurso o ideología, falsa conciencia u orden simbólico, la poesía es capaz d e instalar en el colectivo de las y los lectores —escuchas una sensación de que la vida sin amor es inacabada, que las personas se complementan (se conocen) en el amor. Nada nos gusta tanto cuanto esta fantasía construida sobre ocho siglos de lírica amorosa. Ahora bien, por absurdo que parezca, si algo gusta tanto al colectivo, lo conmueve, le despierta sentimientos, ya no es discurso fantástico, o falso, es realidad creada. Así e l discurso del poco amor e s poesía verdadera del amor, se alimenta de símbolos y los enlaza al imaginario.
Hace más de una década, cuando apareció en México Erótica mía, escribiré en tu espalda, su décimo octavo libro, escribí que el erotismo de Saúl está siempre alimentado por palabra sibilantes y húmedas: sudor, semen, saliva, sangre. Saúl y yo lo comentamos en una cantina. Éramos aficionados de un bar de espejos contrastantes donde las personas se reflejaban al infinito, un bar al que sólo un temblor podía poner fin. Yo entonces pensaba que mi juventud duraría al infinito, y por ciertos aspectos no me equivocaba; él que su ardor lo acompañaría hasta la muerte. Hoy, cuando nuestra frecuentación se ha diluido, pero los afectos se han intensificado, descubro que hemos crecido juntos y en Versos de poco amor, libro cuyo número puede ser cincuenta como trescientos o aun más porque la reproductividad ibargoyenesca crece geométricamente, amar es una actitud de respeto, cuidado y conocimiento.
Para el humano amor no basta todo lo bastante”, escribe Saúl Ibargoyen. Y tiene razón porque lo bastante es fijo y el amor es historia, un edificio vivo que se alimenta de gotas de polvosa lluvia, de frutas de azúcar, de lejanías que despaciosamente se acercan, de luces. En el amor los gestos de la piel del ser amado alcanzan, a l amante, son calientes, olorosos, vivos.
Me gusta el erotismo de Saúl porque no le teme a las palabras, huele a sobaco tras un orgasmo y a ternuras y perdones. Hay sueños en él, esos momentos que hermanan al durmiente con el muerto y permiten al vivo amante reflexionar sobre su destino. Y hay casas que el sexo visita, hombres y mujeres de carne, jugos y huesos.

(FRANCESCA GARGALLO)



PRESENTACIÓN DE VERSOS DE POCO AMOR DE SAÚL IBARGOYEN

El amor es el instrumento más amplio de la Tierra. Cada ser lo pulsa a su modo, algunos desafinadosr otros no, según su oído. De entre la variedad inagotable de registros sobresale el del amor que se violenta como una armónica agonía que al poeta se le escapa en cada uno de los Versos de poco amor. Saúl Ibargoyen utiliza el privilegio de esa voz por la que su ser transita con toda naturalidad en las imágenes que se suceden al ritmo de su respiración y pulsaciones. Cualidad que permanece en cada uno de los poemas que integran este libro editado por la Editorial Praxis. Escojo uno al azar y cito:

"Ahora yo y mis encías
y mis dientes y mis muelas
y mi paladar y mi lengua
y mi nariz y mi garganta
besamos
el cabello aceitado y enredoso
de tu vientre:
chupamos
la breve cúpula de tu erizado placer:
absorbemos
un olor fermentado entre pulsantes lágrimas:
mordemos
las elásticas arcillas que rodean
esa zona central
que me espera y me contiene.
Y más adentro
de tus mojadas pieles
yo y mis labios
y mis dedos encontramos
la extensión naciente
y creciente de otra piel:
el latido que cada poro
convoca y distribuye:
las otras tenues uñas rascando
los sabrosos bulbos y raíces
de tus pelos y tus médulas:
los otros ojos metidos
en la joven sustancia
de tus ojos de mañana:
la otra risa y la otra sonrisa
y el otro cántico ya moviéndose
desde el cielo jugoso de tu boca: las otras manos
y los otros pies
cocinados también
en los actos y los rumbos de tus huesos,
el oscuro animal nadando y respirando
en la burbuja profunda
que tus aguas alimentan:
la otra voz abriéndose
con la saliva de tu voz
para que nada en nuestros mundos
se parezca al silencio."

Suspendo la lectura del poema porque intuyo un instante de serenidad que reconcilia pulso, amor, desolación y belleza en la última estrofa. Terso y previsible como el futuro, se desliza el ritmo de la vida que el poeta evoca en la languidez de un sueño hacia el final de las estaciones. Y cito:

"Ahora duermes:
tu cuerpo apenas envejecido se cierra
abrazándose al otro cuerpo
que buscaste
en el tránsito de mi cuerpo final.”

Termino la cita y pienso en las páginas de este poemario, reflejo de un doloroso siglo que me contrae los huesos hasta dejarme una resequedad cenicienta en el paladar. Me declaro inepta para el análisis. Me es imposible hablar con objetividad de cada uno de los poemas cuando en mi cabeza sólo encuentro espirales que me llevan al poco amor con el que desde allí, en donde todo sucumbe, una muchacha sueña realidades inasibles para el poeta. Ya en otro libro de Saúl, titulado: Fantoche escuché el estruendo de esa voz que al desgarrarse precipita las imágenes y calla cualquier otra voz en el entorno. Avalancha de fértiles heridas orquestando el Ímpetu del hombre que despluma al verso sobre la cárcel de la carne. Ahora intento decir algo al margen de estos Versos de poco amor, y de tanto amor, se me estrellan las palabras en la boca: ásperas, crueles, amargamente vivas por la verdad de quien las nombra y las desnuda.
Tampoco sé asir el dolor entre mis manos, se me escapa de las falanges como el agua. Es por eso que naufrago en estos versos que me van tragando letra a letra hasta hacerme desaparecer en un dolor florido y avasallador que toma vida, como dice Saúl: "de una ausencia inexpresable".

(MARÍA ELENA AURA)



SAÚL IBARGOYEN: EL DUELO DEL AMOR

Versos de poco amor es el canto de un duelo amoroso. Un decir "aquí ya no están, pero te sigo amando". Igor Caruso, en La separación de los amantes, nos dice que el dolor producido por la separación es, en última instancia, un dolor narcisista. Y aquí estoy de acuerdo, en este poemario breve pero revelador.
Sin darle una connotación negativa a lo que produce la separación de estos amantes, creo poder afirmar que el dolor de estos cantos es, en efecto y sin lugar a dudas, un dolor narcisista. ¿Por qué? Porque toda mea culpa conlleva un germen de regodeo y autocomplacencia. Y el que se duele solo se conduele de lo que él siente. Si acaso la amada es, a veces, un buen pretexto para escribir sonetos y poemas de amor o desamor y publicarlos. Lo cierto es que perder a una amante lastima, pero más lastima cuanto más se ha amado, porque el último dolor reproduce como ondas en el agua los dolores precedentes, desde los inmediatos hasta los más antiguos.
Tal vez lo que en poesía y otros géneros interesa es que añejen los recuerdos cuando el objeto de escritura es vivencial o autobiográfico. En esta particular y específica obra tenemos el hallazgo de un pasado reciente. Evocación de todo el entorno que no es el mismo cuando la amada ha partido, y que si bien sólo son cosas las que lo ocupan, en esa soledad tan ácida cada objeto adquiere especial significación. Y en el silencio más denso, cada mínimo sonido que producen esos objetos se amplifica de tan hondo, ancho y grande que se vuelve el espacio cuando no está el ser querido físicamente con el ser queriente.
Cuando un todo amoroso se rompe, sus fragmentos quedan dispersos. Y entonces el amante busca esos pedazos en todos los lugares que recorrieron juntos. Extraño erotismo hay en el lenguaje de Ibargoyen: en él se cumplen las premisas del lenguaje que subvierte las palabras, que usa imágenes fugitivas del lugar común y que desafían el concepto de "lo bello". Esa violencia al hablar de lo hermoso con imágenes ásperas o insólitas como, cito, "unas algodonosas burbujas/ salidas rojamente de ti", o "arrojar la lengua/ hacia tu sudor en las toallas desahuciadas de ti"; "un ruido de súbitas aguas/ llevándose otros pedazos y otras aguas/ que el cuerpo tuyo ya no necesita", contrastan con la hermosura de poemas como Pájaros oscuros", Landscape de Cuernavaca y Montevideo Otoño 96.
Es así, entonces, después del estallido y la ruptura del amor que el poeta recoge la pedacería y hace con los fragmentos estos poemas, es decir, reconstruye la idea del amor.
Quiero destacar aquí el poema Landscape de Cuernavaca, ya que formalmente me parece un acierto, porque la mirada del poeta gira hacia afuera de las cuatro paredes del desastre y mira al horizonte, cuando el cuerpo de la amada en medio del entorno de hermosura de Cuauhnáhuac, contenía "todas las sustancias del mundo", a decir de él.
Definitivamente, me conforta estéticamente más el aliento poético del viajero. La lejanía de ese oscuro objeto del deseo (¿No es así, Buñuel?) le da al poeta una voz más amplia, más suya y más de todos sus lectores. Es como un gratificante respiro de un aire más puro y más afin. "El aire es una bandera translúcida/ desprendiéndose del cielo sin campanas", nos dice Ibargoyen. Y en esa carencia de un yo martirizado sólo la mirada que mira en lontananza nos devuelve la paz tan infrecuente; y es que Montevideo casi tiene el mar, debe ser eso.
Pero, vuelta a la casa, redunda el fantasma de la ausente. Asombroso es cómo el recuerdo puede reproducir la casi-realidad y cómo al recordar se vive palmo a palmo el cuerpo. A partir de los enseres y utensilios cotidianos se desprende la vida de una mano capaz de todos los milagros simples y sublimes.
Hay otro poema entre los que me entusiasman que es El pétalo y la rosa, donde cada verso puede ser un pétalo y el terceto entero una rosa o bien, cada terceto un solo pétalo y todo el conjunto de 29 tercetos un bouquet de rosas. Descifrar las partes del todo es lo que hace aquí el poeta, además de darle un carácter suave y dulce a lo que antes fue duro y a veces amargo. "Este pétalo es/ el labio suelto/de una simple rosa", nos dice.
¿Y a dónde creen ustedes que regresa el hombre? Así es, a casa. Después de un viaje necesario para asimilar la fragmentación, vuelve y quiere verla habitada. El viajero se da la bienvenida solo, y en su recuerdo habrán los amantes de vivir "un tiempo sin cenizas y sin lágrimas". Recordemos que Octavio Paz nos dice que "el agente que mueve lo mismo al acto erótico que al poético es la imaginación.”
Retornan así las imágenes residuales del amor, los humus, los sedimentos de la presencia más que física, me atrevo a decir, fisiológica. Los despojos, los saldos, las reliquias, las migajas del amor. Allí, "hundiendo su cabeza/ en las alfombras de un país/ donde se borran/ la ternura y el perdón".
Terco, el poeta pregunta si el final es realmente el final de la historia y nos alerta. Cito: "Ah, muchacha: que no haya error en ti/ que estos verbos del hombre/ te sean olvidados/ que la palabra lágrima/ no sea tus lágrimas/ que los sonidos del dolor/ no sean tu dolor."
Y acaba.
En estos versos hemos podido vernos. Ahora que están publicados son nuestros como lo son de Gloria, a quien fueron expresamente dedicados simplemente porque somos mujeres. De nosotros han venido todos los poemas de amor y desamor y en nosotros quedarán.
Por lo que a todas nos toca, por haber sido amantes cercanas o alejadas alguna o muchas veces, gracias amigo poeta, gracias.

(ZULAI MARCELA FUENTES ORTEGA)






 

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