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Saúl Ibargoyen

 

DISPERSIONES





IBARGOYEN: LA PERPLEJIDAD ENCENDIDA

Al tomar como referente la temible advertencia de la primera de forros acerca de la actividad literaria del autor, no parece prudente abordar el libro Dispersiones procediendo a un análisis de versos, de rítmica, o de las improbables cacofonías en que pudiese haber incurrido Saúl Ibargoyen; amén la falta de unidad de impresión u otras exquisiteces poéticas. En realidad no se puede porque no hay tales y, por otra parte, no tendría sentido alguno hacerlo.
Así pues, propongo un acercamiento distinto a la obra Dispersiones, entendiendo por obra aquello que Paz denominaba como dos o tres tercas obsesiones que se presentan con recurrencia a lo largo de una vida de producción poética, y que por su carácter de obsesión, obligan al poeta a cambiar para permanece fiel a sí mismo. Veamos.
Abre el libro una breve advertencia previniendo sobre la diversidad temática a que ha de enfrentarse el lector pero esto no es así ya que, si bien es cierto se trata de textos escritos en momentos diferentes, lugares inciertos y fechas enigmáticas, son nítidas las preocupaciones que han dado lugar a las líneas de Dispersiones. Comencemos por la más importante: la perplejidad.
De Niño con fábrica, escrito en 1978, hasta Visión Primera de Tiaxcala, el poema más reciente, hay una línea de continuidad expresada en la siempre mal disimulada urgencia poética por nombrar.
Así, otros, del Niño con Fábrica —cito— "Dicen su nombre de hombre que recién nació..."; en tanto que, en Visión Primera de táscala, el poeta hace uso de esas palabras que nombrando —vuelvo a citar— "retienen una humedad profunda en sus trazos encendidos". En tal sentido, es el poeta y no la lluvia, quien "lo contempla todo". O la lluvia, sí, pero a condición de aceptar la esquizofrénica propuesta de un poeta vuelto hombre que recién nació, o de un poeta vuelto lluvia de lengua blanca.
Cuando Sabines decía que el poeta era alguien a quien se había arrancado la piel para que sintiera sobre sí el peso de la luz, no hablaba sólo en sentido metafórico. En Dispersiones, blanco-silencio y nombre forman la triada de la perplejidad poética de un Saúl Ibargoyen que asoma al mundo una y otra vez con el afán de volver pronto a su bóveda de cristal, en donde trata de reconstruir palabra a palabra lo visto más allá de su solipcista horizonte de poesía.
Pero, la tragedia del poeta es que, una vez nombrado, aquello que era deja de ser para transformarse en algo nuevo y diferente, de tai forma que la labor poética se convierte en un trabajo paranoico, en un cuento de nunca acabar, en una terca obsesión.
"Nadie es capaz de sufrir/ todo el humano y visceral dolor1', afirma Ibargoyen en el poema Sergio y añade: "debajo de estas arrancadas palabras/ se mueven mundos de tinta endurecida. /Debajo de tu cuerpo explotan/ moléculas sombrías que tampoco el sufrimiento alcanza a comprender".
Al leer versos como éstos uno sabe ya siempre que el poeta está extraviado en una plaza alejada y llena de gente que no conoce. Pero, al contrario de lo que ocurre en el mundo mundano, donde cualquier cualquiera se lanzaría en pos de los nombres de aquellos que le rodean, el poeta prefiere la opción de mantenerse observando en silencio, viajando todo el tiempo con su plaza y su gente extraña en una burbuja que aprisiona en el centro del pecho, como si al conservarla de esta forma, tuviese la certeza de que ese mundo es verdadera y completamente suyo. Intentando hacer permanente la evanesencia del ayer y del hoy.
Ahora bien, a la perplejidad del autor habrá que añadir la perplejidad del lector, esto es: ¿quién puede comprender o penetrar en el mundo solipcista del poeta? Nadie, por eso es que en el Retrato de un retrato, hay otra mano, la mano "de alguien (que) quiere escribir/ todas las palabras que la tinta destruye" porque, en su afán de nombrar para construir un mundo, el poeta termina borrando los límites y asideros de esos álguienes que le rodean.
El universo caótico, el tiempo de la poesía, no es motivo de locura para el poeta, pero para Alicia que está frente al espejo, el mundo que se mira es un mundo básicamente sin sentido. Y esta es la segunda manera de abordar la lectura de Dispersiones: como un conjunto caótico que viaja desde Tulum o Puerto Limón a un partido de Fútbol donde de nuevo aparece la figura del poeta que insta al lector a quedarse "solo y de pie" contemplando los papeles vaciándose,/ y el silencio en las espaldas del sol.
Fundamentalmente expectadores, desde esta segunda óptica, el libro Dispersiones se deja leer como lo que ha sido siempre la poesía: oración. Una cada noche antes de acostarse, ayuda a bien dormir. Pero entonces habrá que advertir al probable lector de la manía de Saúl Ibargoyen por la escritura automática, las constantes intervenciones y los poemas dobles/ resultado inevitable del proceso de creación. Nada de cuidado.
Así pues, disciplina por delante, Saúl Ibargoyen, la “Coneja de la poesía uruguaya” se entrega con Dispersiones a la ingente tarea de ofrecernos alrededor de 20 años de trabajo poético que leído, escuchado y visto a un tiempo, deja la misma unidad de impresión: nadie puede consolar a este poeta envuelto en su perplejidad y, sin embargo, aquí está: con su flama siempre viva, su fuego eternamente encendido.

(BEATRIZ JIMÉNEZ, 5 de noviembre de 1999)






 

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