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Saúl Ibargoyen

 
 

LA MUSA EN CALZONES




MUSA SIN PUDOR


Mi asombro no tiene límites cada vez que re-confronto la escritura de Saúl Ibargoyen. Es posible, incluso, que al comentar su más reciente libro, La musa en calzones, me repita un poco en cuanto a alabar su dominio de los castellanos, en plural.

Una de las escasas bendiciones de ser un escritor exiliado, consiste en adoptar una lengua o lenguaje alternativo que permita hacerte entender por los nativos. En el caso concreto de Saúl, ha inventado su propia lengua a partir de la modalidad del castellano de su lugar de nacimiento, Uruguay, y de su patria elegida, es decir, México. Leer a Ibargoyen, equivale a emparentar el castellano de Onetti -a quien tanto me recuerda por momentos- con el de Rulfo.

La musa en calzones es una reunión de relatos que comparten un tema resucitado ingeniosamente por Ibargoyen: la musa, esa a quienes los antiguos atribuían ese fenómeno todavía no lo bastante explorado que es la inspiración. Actualmente, referir a "la musa" o al "muso"-que Ibargoyen, por cierto, contempla en sus relatos- genera alguna mueca burlona o despectiva. Hay algunos que niegan ya no a la musa, sino a la inspiración misma. Ibargoyen las reivindica a ambas, dándoles una forma casi humana o sobrehumana y un propósito bien claro. Nadie tiene espalda, escribe Ibargoyen en su relato "Una musa", cuando desde atrás alguien con su nombre imperfecto nos mira."

En su relato, "La buscadora", Ibargoyen descubre a nuestra amiga, la musa, de la siguiente manera: "Después de todo, también el viento aprende a volar", se autoseñaló la muchacha sin edad, sin documentos, sin claras marcas de origen, sin sugerencias de un firme destino." La musa es, parece decirnos el autor, la muchacha más triste del mundo porque tiene que esperar sentada, como quinceañera pueblerina del siglo pasado, a que alguien se le acerque para sacarla a bailar. La ventaja de la musa sobre aquella, es que puede salir a deambular en busca de algún corazón ardiendo en deseos de crear o de decir algo trascendente. La musa se deja encontrar, ocupar, adentrar, lacerar. No tiene voz pero sí iniciativa. Ser engañosamente pasivo que, una vez tomada posesión del cuerpo que la invoca, puede levantar monumentos, cuando menos obeliscos sobre un montoncito de ruinas. El gran Bukowski no podría estar más de acuerdo con el concepto que de "la musa" nos brinda Ibargoyen:


"... arden allí cosas más grandes que cuando la música hinca sus garras y se arrastra cual hormigas desde el suelo, asciende por los brazos, el pecho, el culo, y canta dentro de tu cabeza, canta palabras, palabras y amor locos, y todos los muros y los bosques de la música en llamas y tú te ríes raro-borracho y te llegas a la máquina de escribir y todas las rubias locas y todos los guantes locos, Shakespeare tan cerca como el pimentero..."


La musa es la pequeña diosa que reemplaza prudentemente al ángel de la guarda cuando se le necesita como al aire para respirar, no solo el poeta, también la enamorada que nunca ha sabido dar forma a la pasión que la consume, aunque a veces se aparezca demasiado tarde: "Nadie me ve, creo. Al menos, no miran, aunque el ojo de los mortales sabe disponer de dimensiones inesperadas. Lo que no se ve, se inventa."

A la musa se le encuentra en cualquier lugar, desde un lago cristalino donde pesca un niño que elucubra sus primeros versos, hasta una cantina de mala muerte. Como bien señala Ibargoyen en estos magníficos relatos, todo está en aprender a mirar y a escuchar. Permanecer alerta a la mínima señal. La palabra exacta, la pieza única, la cuerda precisa, el verbo mágico están allí, esperando por nosotros, llamándonos imperceptiblemente con un cierto color, con una determinada actitud, con un aroma evocador. Esa es la musa, el misterio del impulso del creador, del resorte que nos catapulta a la libreta o a la pantalla. Nadie lo ha expresado más limpia y sencillamente que Saúl Ibargoyen: "…Sólo puede vivir en la luz y respirar en la sombra aquello que es nombrado."


¿Y por qué "en calzones"?, se preguntará el lector. ¿Es que acaso la musa no lleva más vestido que su satinada piel? ¿O es verdad que emplea una túnica griega sin nada debajo? Preferiría que el lector lo averiguara por sí mismo leyendo La musa sin calzones, donde Saúl Ibargoyen vuelve a hacer gala del mayor de sus dones: el de la palabra.




EVE GIL. A la presentación del libro La musa en calzones. Palacio de Bellas Artes, Centro, México, D.F. 1o de Octubre d 2008.



LA MUSA EN CALZONES. RECORDAR PARA ADENTRO


La musa en calzones es un libro audaz. Ibargoyen se mueve en un territorio totalmente arriesgado, con personajes que son hijos de su tiempo, a veces crueles, sexistas, con prejuicios propios de los tiempos de Titina. En ese entonces no faltaba la ingenuidad, la incomprensión de las primeras experiencias amorosas y una dosis de machismo, como nos aclara el personaje de ése -el de Titina- el cuento más extenso y quizá el más arriesgado. El narrador nos cuenta, entonces: "Claro, uno piensa como en los tiempos de Titina, como a lo lejos…".

Éste es un libro que apuesta a la oralidad, no sólo en las charlas o pláticas de boliche o en el viejo barrio de los recuerdos, sino que también sus narradores entran y salen y se entrelazan en esa conversación; como ejemplo transcribimos: "Mi mamá dijo que está bien, y que dónde va a dormir. Arriba en el cuarto con la Susana, que era claro mi prima".

La musa en calzones nos habla, entonces, de las aventuras y desventuras amorosas de los diferentes protagonistas en el lapso que comprende desde una niñez tardía a la juventud, pasando por una azarosa adolescencia.

Ibargoyen, como en su libro Toda la tierra [1] utiliza una mixtura de idiomas y jergas y modismos: utiliza el castellano del Río de la Plata, el portugués, el portuñol de la frontera, giros del castellano de México, en fin, crea su propio lenguaje; éste no es otro que el lenguaje de su frontera, de las fronteras que le tocó vivir y donde se refugia como en su propio territorio, quizá su Rivamento do Sul, como Onetti tuvo a Santa María y Faulkner a Yoknapatawpha.

Así, como muestra de este idioma transcribiremos: "Mirá, me los llevo de recuerdo…" "¡Sos bien loco! ¿Para qué iso?" "Porque aquí está todavía esa fuerza tuya…" y en otro pasaje dice: "¡Cuánta pinche retórica se me ocurre ahorita!".

Las fronteras también pueden ser las que enmarcan o dividen un barrio: "… me largué luego luego en un taxi hasta las fronteras de la ciudad vieja". Es un narrador se ve en la necesidad de compartir lo que relata con un cómplice: "¿Y la cara? Podía preguntar un lector acucioso. Dejemos la respuesta al infante. "¡Qué linda está la Venusia otra vez!...".

Generalmente, como lectores, sabemos poco de estas historias; sabemos sólo lo que el narrador sabe o lo que quiere contarnos, a cuenta gotas, dosificando sus relatos, tomándose su tiempo para relatarnos.

Como una constante podríamos decir que los personajes siempre están regresando a algún lado: una ciudad, un barrio, una mujer, un recuerdo, y así nos dice: "No sé qué pasa, pero usté me hace recordar para adentro". "Si no ¿de qué sirve? Si recordás para afuera, es como soplar un montoncito de polvo". Entonces Ibargoyen da un gran salto y recuerda para adentro, lo que lo lleva a la oralidad, la confidencia, el buceo interior: "yo ando con necesidad de contar lo que contaré…" dice una de esas voces, por ejemplo.

A veces esa voz es la de un niño o es una voz inocente: "…ella con su marido jubilado que sólo escucha tangos las cuarenta y ocho horas de cada día y una hija que estudiaba piano y corte y confección…".

Un tópico emparentado con el de la frontera es el de el regreso, el personaje es como un peregrino "… como un caminante que vuelve de su más largo viaje".


OBSESIONES
Una gran obsesión en Ibargoyen es, a nuestro entender, la postmodernidad. Una y otra vez esos personajes de los tiempos de Titina observan, perplejos ese mundo posmoderno que se les presenta como un cambalache que no admiten ni comprenden.

Otro tema recurrente en sus narradores es la crítica y asimismo la pertenencia -al unísono- de lo que fue la clase media uruguaya, no sólo en el plano económico sino también cultural e intelectualmente, también con sus tabúes y sus prejuicios.En el relato "No hay olvido" el protagonista se siente próximo -aunque no lo quisiera- a míster Phillipps-Blake, el padre de Janette.

Y, capítulo aparte, por supuesto otro de sus grandes temas es el alcohol; los hombres solos que pueblan los cafés y bares nocturnos.

Se advierte, también, ese constante retorno a esa última copa, con los lugares más ásperos y tortuosos a los que lleva el alcohol. Sus descripciones no son románticas sino sórdidas y dolidas y no tiene piedad ni con sus personajes ni con su público: "Era asimismo un breve tejido de rumbos confirmado por las colillas de cigarros de hoja, cigarrillos baratos y diversos restos de flemazos, porciones de vómito, corcholatas dispersas, vidrios pisoteados, monedas intocables, tapones de corcho flotando en aserrín, trazos de zapatales o huarachales diversos, y aquí otro etcétera".

Así, el narrador no realiza concesiones a los lectores: "Ah, y si usted no desea entrar en tantas promiscuidades, quédese en la puerta…".

En ocasiones también es cruel con sus propias musas (mujeres, jovencitas, prostitutas, niñas impúberes o sólo recuerdos).


REFERENCIAL AUTORREFERENCIAL
"Releía y retenía el número de puerta: 1870. Después, al hacerme comunista y poeta, asociaría esa cifra con el nacimiento de Lenin y la muerte del Conde de Lautréamont…". Éstas fueron, sin lugar a dudas, dos de sus más fuertes pasiones: el compromiso social y la literatura. Otra gran pasión, la que tiene por sus musas es la que lo lleva a escribir este libro, La musa en calzones.


OTROS TÓPICOS
De entre los temas metafísicos que lo obsesionan aparece un tópico -que podemos verlo más desarrollado en La última copa
[2] - que es el del joven y el viejo. Así reflexiona su personaje "La juventud y la vejez son como estados distintos de una misma sustancia".

Se reitera, también, entre otros tópicos, la imagen del espejo. "… espejos que imitaban la posibilidad de dos infinitos simultáneos".


REFERENCIAS
En el plano de la literatura las referencias son muchas: Lautréamont, Robert Graves, Cervantes, Neruda, Tolstoi, Flaubert, ente otros, y en la crítica literaria Harold Bloom y George Steiner.

También realiza una enumeración de publicaciones periódicas, diarios y revistas: Mundo uruguayo, El gráfico, Vosotras, diario El Plata, Ciencia y Mundo.

La narración pasa por las voces de los diferentes personajes, unas veces embriagadas por el alcohol de los bares nocturnos, otras ingenuas o infantiles: también las hay filosófico-metafísicas, y en ocasiones se exagera o se miente: "Señor, el que recuerda siempre miente un poco…".

Es un volumen con nueve relatos de diferente extensión y modos de abordaje.

"Una musa" parece ser el más críptico y es además es el más breve. Nos anuncia de qué va a hablarnos el narrador en este libro: las musas del poeta; cada una de ellas ocupó un lugar importante en la vida y en el recuerdo del personaje-protagonista.

"La buscadora" nos habla de la esencia de todas las cosas, del nombre que, necesariamente, debe tener cada cosa y cada rosa -y nos retrotrae a esos versos de Borges que dicen: "en las letras de rosa está la rosa" - y da cuenta del destino como algo ineludible.

A medida que avanzamos en la lectura vemos como la prosa se vuelve más directa pero el estilo sigue bajo la rienda de un narrador que guarda la formalidad -y las formalidades- como en "Una carta". Pero vemos ya en el tercer cuento "El osito Panda" cómo el narrador-autor pierde las riendas de cómo se presentan los acontecimientos y cede, poco a poco esas riendas a los personajes. Éstos nos sumergen en las voces del Bar, del barrio, del recuerdo. Son recuerdos apasionados y asombrados, que describen el mundo "en los tiempos de la Titina". ("Titina").

En "No hay olvido" nos habla de la juventud temprana y de todo cuanto el personaje vivió sin entender demasiado.

"El viaje otro" es un relato típico de un regreso, de ese eterno regreso a un lugar que es difícil reconocer, que ya no es igual y que se lo siente como ajeno.

"La paloma" lleva al narrador otra vez a la niñez y a las primeras experiencias sexuales, donde ese niño tampoco comprende: "¡Veo que no entendiste nada, nunca vas a entender ni un carajo a la vela!".

El volumen finaliza con "Raquelita", una musa inaccesible a la que el narrador escribe sendas cartas que nunca van a llegar a destino. Aquí Alonso especula: una mujer de cualquier edad, de cualquier aspecto, en cualquier ciudad, toma dos capuchinos y sigue siendo Raquel. Ésa es la musa. ¿Una adicción? Así recuerda, para adentro, nuestro narrador y nos invita a un nuevo desafío.



La musa en calzones. Escritura erótica: ¿una adicción?, de Saúl Ibargoyen. Ediciones EÓN Colección días de vino y rosas. 96 pág. Primera edición septiembre 2008. México.


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[1] Toda la tierra. Saúl ibargoyen. Gupo Editorial EÓN - Centro Universitario de Tijuana año 2000, 2ª edición Gupo Editorial EÓN - Caracol al galope, año 2000. México.
[2] La última copa. Saúl Ibargoyen, Ediciones EÓN Colección días de vino y rosas. 130 pág. Primera edición 2006. México.
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DUILIO LURASCHI. "La musa en calzones. Recordar para adentro"



DUILIO LURASCHI nació en Montevideo (Uruguay) en 1963. Ha colaborado con periódicos y revistas de Uruguay, Bolivia, Francia, Suecia, México y EUA. Publicó ocho libros de cuentos y relatos: Vértigo (1995), El duelo (1996), El huésped (1999), Providencias (2000 y 2004), Las fieras (2002), Montenegro (2004), Las leyes (2006) y La frontera (2008). También la antología Estación Pereira (2005). Aparece en diversas obras colectivas: El lado oculto de la luna (1996), La mirada escrita (2006) y en el Nuevo Diccionario de Literatura Uruguaya (2001). Fue jurado en el concurso de narrativa organizado por el Ministerio de Educación y Cultura (Uruguay).






 

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