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Usted tenía razón, Tallet: somos hombres de transición
de Roberto Fernández Retamar



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    Roberto. Poesía

    
    Editora del fonograma:
    Palabra de esta América

por Roberto Fernández Retamar    
  

    
  


Usted tenía razón, Tallet: somos hombres de transición


Entre los blancos a quienes, cuando son casi polares, se les ve
          circular la sangre por los ojos, debajo del pelo pajizo,
Y los negros nocturnos, azules a veces, escogidos y purificados a través
          de pruebas horribles, de modo que sólo los mejores sobrevivieron y
          son la única raza realmente superior del planeta;
Entre los que sobresaltaba la bomba que primero había hecho
          parpadear a la lámpara y remataba en un joven colgando del poste de
          la esquina,
Y los que aprenden a vivir con el canto marchando vamos hacia un ideal,
          y deletrean Camilo (quizá más joven que nosotros) como nosotros
          Ignacio Agramonte (tan viejo ya como los egipcios cuando fuimos a
          las primeras aulas);
Entre los que tuvieron que esperar, sudándoles las manos, por un trabajo,
          por cualquier trabajo,
Y los que pueden escoger y rechazar trabajos sin humillarse, sin mentir,
          sin callar, y hay trabajos que nadie quiere hacerlos ya por dinero, y
          tienen que ir (tenemos que ir) los trabajadores voluntarios para que
          el país siga viviendo;
Entre las salpicadas flojeras, las negaciones de San Pedro, de casi todos
          los días en casi todas las calles,
Y el heroísmo de quienes han esparcido sus nombres por escuelas,
          granjas, comités de defensa, fábricas, etcétera;
Entre una clase a la que no pertenecimos, porque no podíamos ir a sus
          colegios ni llegamos a creer en sus dioses,
Ni mandamos en sus oficinas ni vivimos en sus casas ni bailamos en sus
          salones ni nos bañamos en sus playas ni hicimos juntos el amor ni nos
          saludamos,
Y otra clase en la cual pedimos un lugar, pero no tenemos del todo sus
          memorias ni tenemos del todo las mismas humillaciones,
Y que señala con sus manos encallecidas, hinchadas, para siempre
          deformes,
A nuestras manos que alisó el papel o trastearon los números;
Entre el atormentado descubrimiento del placer,
La gloria eléctrica de los cuerpos y la pena, el temor de hacerlo mal, de
          ir a hacerlo mal,
Y la plenitud de la belleza y la gracia, la posesión hermosa de una mujer
          por un hombre, de una muchacha por un muchacho,
Escogidos uno a la otra como frutas, como verdades en la luz;
Entre el insomnio masticado por el reloj de la pared,
La mano que no puede firmar el acta de examen o llevarse la maldita
          cuchara de sopa a la boca,
El miedo al miedo, las lágrimas de la rabia sorda e impotente,
Y el júbilo del que recibe en el cuerpo la fatiga trabajadora del día y el
          reposo justiciero de la noche,
Del que levanta sin pensarlo herramientas y armas, y también un cuerpo
          querido que tiembla de ilusión;
Entre creer un montón de cosas, de la tierra, del cielo y del infierno,
Y no creer absolutamente nada, ni siquiera que el incrédulo existe de
          veras;
Entre la certidumbre de que todo es una gran trampa, una broma
          descomunal, y qué demonios estamos haciendo aquí, y qué es aquí,
Y la esperanza de que las cosas pueden ser diferentes, deben ser
          diferentes, serán diferentes;
Entre lo que no queremos ser más y hubiéramos preferido no ser, y lo
          que todavía querríamos ser,
Y lo que queremos, lo que esperamos llegar a ser un día, si tenemos
          tiempo y corazón y entrañas;
Entre algún guapo de barrio, Roenervio por ejemplo, que podía más que
          uno, qué coño,
Y José Martí, que exaltaba y avergonzaba, brillando como una estrella;
Entre el pasado en el que, evidentemente, no habíamos estado, y por
          eso era pasado,
Y el porvenir en el que tampoco íbamos a estar, y por eso era porvenir,
Aunque nosotros fuéramos el pasado y el porvenir, que sin nosotros no
          existirían.

Y, desde luego, no queremos (y bien sabemos que no recibiremos)
          piedad ni perdón ni conmiseración,
Quizá ni siquiera comprensión, de los hombres mejores que vendrán
          luego, que deben venir luego: la historia no es para eso,
Sino para vivirla cada quien del todo, sin resquicios si es posible
(Con amor sí, porque es probable que sea lo único verdadero).
Y los muertos estarán muertos, con sus ropas, sus libros, sus
          conversaciones, sus sueños, sus dolores, sus suspiros, sus grandezas,
          sus pequeñeces.
Y porque también nosotros hemos sido la historia, y también hemos
          construido alegría, hermosura y verdad, y hemos asistido a la luz, como
          hoy formamos parte del presente.
Y porque después de todo, compañeros, quién sabe
Si sólo los muertos no son hombres de transición.



Selección: Jesús J. Barquet y Norberto Codina



ROBERTO FERNÁNDEZ RETAMAR


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