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Blanca Orozco de Mateos

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Hierba
de Carmen Boullosa

palabra virtual


Ser el esclavo que perdió su cuerpo

    
    Editora del fonograma:
    Voz Viva de México

por Carmen Boullosa    
  


Hierba


Allá va la hierba que creció sin tocar tierra.
Va la que no conoció el lodo ni el seco craquelar sin lluvia.
Pasa en flor,
sobre la ráfaga.
Pasa silbante.
Blandida o aventada como arma o herramienta.
No sabe pesar porque nunca ha pesado.
Al volar no duerme ni descansa.
Hierba sin nombre, hierba perra, hierba palabra del mono que en la noche grita articulando sin gramática.
Hierba oliendo a carne,
nacida al roce de una piel insomne con otra que no sabía conciliar el sueño,
las de esos dos entrando donde rige la razón incuerda con los ojos abiertos,
ignorando el rito tajante del sueño que divide a lo real en dos trozos.
Un paso los traía o los llevaba a la locura, no los quemaba la frontera.
Perdían el piso sin saltar, distrayéndose volaban,
sus huesos desconocían el gravitar de la piedra.
Hierba que repudia al rocío, que no obedece al sol,
hierba sin rumbo,
nació crecida, arrancada; su flor lleva en trozos diminutos el fúnebre color que en Cuaresma cubre el rostro y la llaga de Cristo, es luto destazado.
Va la hierba, como si no tuviera cuerpo, en el lomo del viento.
Tose.
Allá va, miente, nunca aprendió a pisar, firme firmeza,
desnuda, acostada, la siempremuerta.
No hubo semillas en su árbol genealógico.
Nació entre cuatro paredes, donde el hombre cubría su miembro
con vísceras de gato y usaba a los vientres hasta reventarlos,
sellando con incansable gozo su infertilidad.
Apenas mira el rostro que lo ama.

La hierba nació donde la sangre animal y la menstrual se vaciaban en el mismo vaso, y el semen era desordenadas sílabas
gritando revueltas en la boca de la hembra.
Como el moho en el rincón inmundo,
así la nunca pegada ni adherida nació entre el vientre de él  y el de ella, a golpes,
sin el rito que bendice el amor, hurtada al jadeo, robada al llanto, irreverente humo sacrificial sin ofrenda, sacado con el carbón ardiente
y la ausencia de El Cordero o de El Hijo.
El cuchillo la encontró sin tocar la carne.
Es brote de puñal, vástago de la boca entreabierta por la que entra o sale el suspirar agitado, rasposo y anómalo de la noche.
Atrás de ella sólo se escucha la bala,
de mosquete, la espuela raspar la losa.
Un grito pidiendo misericordia.
Ella es la ruidosa respiración de un cuerpo que se pierde en el laberinto a voluntad para que lo devore el mitad animal, mitad ángel y hombre que ahí reina, llamado con las letras del incrédulo,
que besa como si comiera y hablara a un tiempo,
en besos de verbo,
el encajando-encajado,
el ladrón-hurtado,
el esclavo-tirano,
el perro amo,
el hacha, galletita, caramelo, guillotina, horca y abrazo,
el desconcierto,
el veneno adictivo,
el rayo de luz asesina,
el todo párpado (cierras, abres),
el lumbre,
el hielo,
el dolor.
"Sombra, iluminación, doble, inconfiable.
Ciego, visible, duda, negación, vista:
Entierras mil veces el cuerpo sobre el que insistes en acostarte,
lápida móvil que repites incansable el enterramiento, sepultas con tu  forma, revestido de lo que llamas con tres sonidos forasteros emulando al amor.
Manto de suave fibra.
Ráfaga, rayo,
descanso, vuelo.

Caes mientras te habla el ciervo que has cazado, vencedor vencido,
cazador apresado,
gánster de la metralla despojando al corazón del cálido pecho.
Pum-pum (hace él ahora, a solas,
          canto del gallo huérfano del amanecer,
          colorado músculo, manco, si no sería muerto:
          desearía ahorcarse con sus leales venas).
¿No Podrías dejar la garra y la pezuña, acceder a la tentación del labio
que cuatro veces repetido en un solo cuerpo, más sus dobleces, te habla, pide, te suplica, lo reconcilies con el término Amor?
¿Terminar la ceguera?
¿Traer al gozo la dicha, la paz, la risa?
¿Restaurar la gramática?
¿Arrebatarle la lengua al insensato mico que no comprende la selva?
¿Dar a la hierba un trecho de tierra que habitar junto al pozo?
¿Provocar la llegada de la lluvia?
Una frase más del beso hablante.
Desnudo vistes la manta sin la que hoy muero de frío, al Sur, en la tierra del calor."

Allá va la hierba de que hablaba.
Apareció cerca de las sábanas que aceptaron la caligrafía de tinta sangre, dejando que la borrara para siempre el tonto jabón y el agua,
sin suspirar una de las cien merecidas veces por la pérdida del dibujo
del amor que trazaron con tanto empeño los torsos.
Ahí apareció, la hierba. El viento la adoptó viéndola sin dónde sostenerse, y yo la nombro, leal a su paso.
Salió entre tu piel y la mía,
entre mi vagina y el esqueleto de acero del edificio donde habita el amor.
Nació robándome el alma. La encarna en clorofila y fibras,
alma sin cuerpo volando en la frágil ráfaga.

Allá va la hierba, anunciada por el gesto hueco de ira,
por el viaje furioso de dos agitados pulmones a estrellarse contra otros, por la espalda de espaldas al sereno monte y a la nube,
a la calma del azul cielo, el pozo, el lago puro,
el lago puro, por el pecho remedando el motor, y el traqueteo de la rueda sobre caminos ríspidos.
Como la gema afilada para matar con la maña y el descuido.
Por la cadera repitiendo el embiste,
el cajón abierto, el duro entrar, el insoportable salir,
el vello, el púbico, la palma de la mano recorriendo,
el chasquido de la llama en la boca húmeda,
los tobillos desprovistos del piso,
el hombre parodiando la desesperación del parto.
La lengua prelengua, en beso hincada: ella es la madre de la hierba.
Por abandonar la forma anterior sin conservar memoria, sin dejar huella, como si el tiempo transcurriera al paso del utensilio,
tijereteo tijereteo,
así apareció la hierba sin ser podada o rota o tronchada,
así surgió del filo cirujeada,
de los dos filos de los cuerpos de los dos seres
que necios se lanzan desde el puente
contra el asfalto otra vez
aprendida la lección de cómo es dable nadar en sólido:
nadan en sólido,
cruzan la carne recolectando la amarga fruta con que tiñen sus pétalos y sus un día blancos globos oculares.

La pérdida del todo, del diente, del pelo, la venta de la piel,
el remate de las entrañas al que mi amado puede ser afecto,
          se venden a diez,  
          a quarter,
          por un colón,
          un quetzal,
          los centavos que usté quiera dar.

Silba, hierba, cántaros la verdad helada.

Si la hierba fuera nacida natural,
si yo pudiera hablar en plural, desde el balcón del Dos que conforma la figura del dios más perfecto,
si yo pudiera hablar como una naranja con sus dos mitades puestas, me callaría.
Tendría fruto la hierba, y nombre y raíz
y bebería de la humedad escasa o abundante de la tierra.

El viento despeinaría el tomento, y nosotros
          — los dos cuerpos, los de las dos pieles descritas—
          — el uno que no existe—,
caminaríamos sobre una isla sobrepoblada
como dos vencejos descansando del largo vuelo.
Ni la súplica, ni el llanto, ni el gozo reiterado
          —el tuyo no será mío nunca—
          —me negarás siempre tres veces, como Pedro, aunque
          lleves el nombre del que no sabe creer, el viudo—
regalarían el tránsito de la desesperación al gusto,
óyelo, lo sabes ya, dos veces hermano.

Lo que entre a tu boca en mi presencia, será amargo.
Y lo que a la mía, agua de almendras venenosas, arsénico de amor.
Esperaré a que te vayas para morder a solas la manzana que me convertirá en Eva,
la sin Adán a quien no precedió la costilla del varón,
la sin origen, raíz,
la estéril que debe asesinar con propia mano, sin envidia, al calientito amor,
tan apenas salido del horno donde el vapor, el fuego, el carbón y las aromáticas lo prepararon,
para que el día siguiente me acepte como un ser posible
para que no me repudie ni me eche afuera la materia de las horas, celosa.
La hierba es la giba,
la tercera pierna,
el onceavo pecado capital,
el demonio que no cupo en el infierno.
Hiede como la peor maldición que puede caer en un pueblo.
Si roza el agua, mata a los huevos de los moscos, termina con las fiebres, con los inmortales renacuajos.
Troncha las patas de los grillos que la visitan.
Hincha a las mariposas como a globos de papel que un paso allá revientan,
dejando una inmunda mancha verde que emula grotescamente a la esperanza.

La hierba desaparecerá,
porque no será el Dos, no será correspondencia sino el espejo devorando secretos.
Ahora es la crecida porque no creció,
la vegetal sin savia,
la que sólo puede ser así,
la desaparición en el deseo segado, recolectado, empacado y guardado hasta la próxima sequía,
el que se pudre y atormenta en camas reglamentarias
donde el juez lleva la voz cantante,
donde los cuerpos vestidos se levantan de lienzos limpios
y las almohadas esponjosas no pierden sus mullidas redondeces en toda la noche.
Sábanas blancas como alas de virgen,
plegadas adentro del relicario y la vitrina
que enseñan las tías con orgullo a los vecinos.
Sábanas de ojos pelados,
donde ni de cerca vuela hierba ninguna.
Donde las arañas rozan los mosaicos inocentes y disminuidos, guardando sus dientes y el largor de sus patas para mejores tiempos. Donde nada golpea
y en todas las palabras sonríe la gorda panza de la ternura,
apoltronada en su sillón, callada, lerda, algo cruel expresa en su único ojo.
La gentileza, la cortesía.
La educación.
Ahí se dice lo que no lastima a nadie.
Los cuerpos ahí son como frutas peladas, no aceptan ni bofetones ni caricias.
El hombre no es ni perro, ni ladrón traidor, ni hará promesas que sabe no quiere cumplir.
Nadie babea o escupe o gime o lloriquea.
No habrá hierba.
Desaparecerá porque morirá el amor, y será olvidado el poder oscuro de los cuerpos.
La bestia y el gozo quedarán enlatados, puestos en el estante helado de la despensa monacal.
La hierba, no hace falta decirlo
—aunque la calma no tenga donde aterrenarse sustancial y fecundar—, no vivirá más.

Mientras llega el asesinato del Amor,
escribo el escribo el paso de la hierba porque esa es la verdad a la que yo puedo sujetarme.
Narro una tras otra, explico y describo
          —algunas veces más rápido que la palabra escrita—,
veo cómo camina, pisándole lo que ella no puede pisar.
Sueño que escapará sin que podamos agarrarla,
rápida como una viva, que no será la víctima de las miopías,
de las manos más grandes que el cuerpo, ciegas, insensibles,
avaras, convenientes,
perseguidoras de fidelidades infieles,
que llegará al Valle dejando esta garganta estrecha,
que encontrará el arroyo que le dará el sentido,
y sus hojas mirarán al cielo para recibir la lluvia, como niñas,
su fruto tendrá jugo y será dulce y los jóvenes lo comerán en el jardín que hubo un día antes de la Caída,
pero después que los cuerpos recibieron de Ti la violenta maldición del Amor.


De: Ser el esclavo que perdió su cuerpo



CARMEN BOULLOSA


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