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Blanca Orozco de Mateos

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Agua
de Carmen Boullosa

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Ser el esclavo que perdió su cuerpo

    
    Editora del fonograma:
    Voz Viva de México

por Carmen Boullosa    
  


Agua


Los dos lejanos, los separados, van hacia el agua a que su sed los guía.
Ésta es agua trastocada.
Sus moléculas espejo cargan el peso de los cuerpos distanciados,
el ojo caliente del filo que troncha,
agua cercenada en su constitución.
Agua rota, mochada.
Agua mintiendo el gozo líquido del que carece.
Agua hipócrita.
Agua explosiva, contenida por su pura apariencia.
Agua de donde abrevan el negro can insensible y ellos dos, los desunidos.
Agua que quemaría atragantando las gargantas de otros inocentes.
Agua estancada que corre, se desplaza como un bloque de ira, es Noche, traga luz, es agua devorante,
tiene tanto apetito como si fuera un joven de catorce.
Quiere comer vacío solamente.
Es ira de cuchillo.
Agua maldita, condenada,
ríspida engañifa.
¿Él dónde está?
La tormenta cae a sus pies para arrullarlo.
A ella, la segunda de esos dos, la hace fértil la risa imbécil de la hiena,
sobre su mesa sobrevuelan las aves de presa, quieren ser sus consortes.
Los dos se aprestan a beber.

El agua a que recurren es muro.
En ella las naves naufragan,
sobre ella el huracán se arraiga,
la gaviota es cebo,
el ruiseñor carnada,
el trigo es pinole que asfixia,
la onda la piedra de la honda.
Esa agua es ceguera.
Escalda la boca que extraña el beso.
Esa agua bebe, se sacia de la separación,
mastica el espacio sin abrazo,
deglute la piel sin piel, se atraganta de la distancia de esos dos.
Es agua bebedora y está ahí para engañar la rotura, la lejanía.
Si los gatos abrevaran de ella, cantarían y cacarearían con la luz del alba.

Si los camellos, aventurarían sus formas en la selva.
Si los castores, se arrellanarían en los sofás.
Si los pájaros, clavarían el pico en el lago, el cuello, el cuerpo, las patas, comenzarían a aletear como peces.
Boquearían simulando vida en su trecho a la muerte.
Si Huitzilopochtli la bebiera, con su casco de colibrí sobre la cabeza y en su pie la xiuhcoatl, serpiente de fuego,
en lugar de guiarnos de Aztlán a Tenochtitlan, se clavaría en el primer charco para boquear también, agitando sus brazos, lerdas alas.
Esa agua es engaño, es el desorden, es el fin del instinto,
ella es la guillotina del amor,
dinamita en los puentes y en las carreteras,
a ella los lleva su sed de separados.

La mujer que aquí escribe, vuelve su sed palabras, deja la boca seca.
También es como el ave-pez, agonizando a su manera.
No puede beber nada más, la separación es el desierto.
Su cuerpo suena antes de salir el sol,
es puro quejido,
tronar de lenguas metálicas de las hojas de las espadas de la ausencia,
la duna moviéndose buscando sepultar y trastocar raíces, incapaz de tocar de nuevo tierra.
Duna de mala memoria, duna volada, duna sin vuelta.
Su cuerpo es viaje únicamente, es boleto,
fue expulsado de la sala de espera porque hacía sonora su calidad de separado.
No abría la boca.
Cada poro repetía el sonido del dolor, era el ladrido que no cruza ningún belfo, y fétida como un cuerpo que está ya corrompiéndose, impaciente, sin esperar la tumba.

Volviendo al agua a que su sed lleva a los separados,
esa agua quita la sed quemando.
Corre como la llama sobre el pasto seco, borrando la huella de la presa.
No es claridad ni limpia como el líquido restaurador.
Es lo que nació del nido del charco,
el agua que se echó a volar después de un par de quinquenios de aislamiento.
Agua sin memoria de la gruta y la entraña de la tierra.
Sin recuerdo del viento y el sol.
Desconocida a la pureza.
Agua que regada en la tierra quema la hierba,
hace eructar al rosal marchitas petunias
y al pino deformes, envenenados piñones aguados como pulpa de guanábana.
Todo aquello que sobre las sábanas tuvieron esos dos cuando eran botón de lecho
en flor, cuando palabreaba su silencio en la cópula,
cuando se entrelazaban como almas perseguidas por el demonio
buscando guarida en la lengua y boca del otro,
cuando no podían interrumpirse aunque sus cuerpos doloridos pidieran receso,
bañados en el sudor y el gemido,
cuando ella vivía la dicha de ser la tomada,
será barrido por el agua lejía,
el agua ácido,
el agua temible de la separación,
el agua que es como el mantel del rito que quiere borrar el poder de los cuerpos,
como bolsa de plástico en la cabeza,
la soga al cuello,
la daga en la boca que espera el beso.
El agua de que bebe el can que desconoce su condición,
comportándose como dócil mueble, olvidando sus cuatro patas y emitir el ladrido,
pues abre y cierra el hocico para comer y bostezar solamente.
El can domesticado hasta la exasperación, que si dejara de beber correría en su sed tras las ardillas y el fundillo de otros perros.
Ya no se orinaría como una señorita, sino como el chucho sobre los troncos de los árboles y las paredes.
Pero bebe.

Ellos dos,
muertos de sed, separados,
tragando un buche pueden borrar la luz que pintaron apoyados en tres almohadas
y la ciudad que inventaron de gozo.
La sed que los bendijo estando juntos, los condena a destruir lo que alumbraron cuando dedicados, fieles,
aplicaron el día a la noche y también la noche a la cama,
y era él quien les paría a los dos las avenidas, los parques y edificios,
las casas, los rascacielos, el tren subterráneo y la memoria de esa ciudad dura de inmigrantes,
él era la madre gitana que sacaba tesoros de sus faldas
donde Quetzalcóatl y el Dios invisible conversan con Mahoma y Buda, sin desacuerdos,
mientras iban de abrazo en abrazo a la cólera, a la desesperación, al quejido como única palabra y a la lengua muda en que expresaban cuanto querían decirse ellos dos con ternura, en idiomas de países enemigos, en su guerra privada.
El agua los hará borrar, cruzando su garganta,
olvidar,
matar.
Será la del pozo donde se arrojarán sus hijos.
Antes vencieron el reloj:
serán esclavos del segundero y la arruga.
Antes reconocieron la ley:
serán gobernados por el amo falso de la costumbre.
Antes despertaron a los dormidos y fueron ellos mismos el misterio del color que se ve, alegres como una naranja, unidas las dos medias, bellos:
serán suicidas y asesinos de manos limpias por el arte de beber del líquido a que la separación los condena, tronchados.
Fueron cuerpos, carneros, leones itifálicos, los acostados:
serán nube, recubrimiento, pantalla, los de pie, los distantes.
Jugaron a los dados con dioses de distintas latitudes:
verán tirado el gatillo por el dedo del niño irresponsable.

Que dos rayos los partan:
al caer en el sueño, sus cuerpos abiertos
vaciándose regresarán al agua su natural pureza.
Que dos rayos los partan:
sus restos sabrán incorporarse al trabajo misterioso de las semillas
y serán memoria en las frondas y las frutas.
Antes de que traguen el buche del agua,
que dos rayos los partan.
Para que no caminen el rosario de la repetición
que los convertirá en la mazorca nacida del abeto,
en la petunia que escupe marchita el tallo del rosal,
en el león castrado al pie del sofá,
en el ladrar que ninguna jeta emite,
a ella en el cuerpo sin derecho a la cópula,
a él en la cópula sin la puerta al amor,
que dos rayos los partan.



De: Ser el esclavo que perdió su cuerpo



CARMEN BOULLOSA


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