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La gatomaquia (2)
de Félix Lope de Vega



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    La gatomaquia

    
    Editora del fonograma:
    Entre Voces

por José Luis Ibáñez    
  

    
  


La gatomaquia (2)


SILVA II


Convaleciente ya de las heridas
de los crueles celos
de Micifuf, Marramaquiz valiente
(aquellos que han costado tantas vidas,
y que en los mismos cielos
a Júpiter, señor del rayo ardiente,
con disfraz indecente,
fugitivo de Juno,
su rigor importuno
tantas veces mostraron,
que en fuego, en cisne, en buey le transformaron
por Europa, por Leda y por Egina)
con pálida color, y banda verde,
para que la sangría se le acuerde
(que Amor enfermo a condoler se inclina),
paseaba el tejado y la buharda
de aquella ingrata cuanto hermosa fiera.
Quien ama fieras, ¿qué firmeza espera?
¿Qué fin, qué premio aguarda?
Zapaquilda gallarda
estaba en su balcón, que no atendía
más de a saber si Micifuf venía,
cuando Garraf, su paje,
si bien de su linaje,
llegó con un papel y una bandeja.
Ella la cola y el confín despeja
y la bandeja toma,
sobre negro color labrada de oro
por el indio oriental, y con decoro
mira si hay algo que primero coma,
ofensa del cristal de la belleza,
propia naturaleza
de gatas ser golosas,
aunque al tomar se finjan melindrosas;
y antes de oír al paje,
ve las alhajas que el galán envía:
qué joyas, qué invención, qué nuevo traje.
En fin, vio que traía
un pedazo de queso
de razonable peso,
y un relleno de huevos y tocino;
Atis en fruta que produce el pino,
entre menuda rama,
en la falda del alto Guadarrama,
por donde van al bosque de Segovia;
y luego, en fe de que ha de ser su novia,
dos cintas que le sirvan de arracadas,
gala que sólo a gatas regaladas,
cuando pequeñas, las mujeres ponen,
que de rosas de nácar las componen.
Tomó luego el papel, y con sereno
rostro, apartando el queso y el relleno,
vio que el papel decía:
“Dulce señora, dulce prenda mía,
sabrosa (aunque perdone Garcilaso,
si el consonante mismo sale al paso)
más que la fruta del cercado ajeno;
ese queso, mi bien, ese relleno
y esas cintas de nácar os envío,
señas de la verdad del amor mío”.

Aquí llegaba Zapaquilda, cuando
Marramaquiz, celoso, que mirando
estaba desde un alto caballete
tan gran traición, colérico arremete
y echa veloz, de ardiente furia lleno,
una mano al papel y otra al relleno.
Garraf se pasma y queda sin sentido,
como el que oyó del arcabuz el trueno
estando divertido,
a quien el ofendido
tiró una manotada con las fieras
uñas, de suerte que formando esferas
por la región del aire vagaroso
le arrojó tan furioso,
que en el claro cristal de sus espejos
pudo cazar vencejos
menos apasionado y más ocioso.
No de otra suerte el jugador ligero
le vuelve la pelota al que la saca,
herida de la pala resonante;
quéjase el aire, que del golpe fiero
tiembla, hasta tanto que el furor se aplaca,
y chaza el que interviene, el pie delante.
El gatazo arrogante,
sin soltar el relleno, despedaza
el papel que en los dientes,
con la espuma celosa, vuelve estraza,
y a Zapaquilda atónita amenaza.
Como se suele ver en las corrientes
de los undosos ríos quien se ahoga,
que asiéndose de rama, yerba o soga,
la tiene firme, de sentido ajeno,
así Marramaquiz tiene el relleno;
que ahogándose en congojas y desvelos
no soltaba la causa de los celos.
¡Oh, cuánto, Amor, un alma desespera,
pues cuando ya se ve sin esperanza
en un relleno tomará venganza!
Mas, ¿quién imaginara que pudiera
dar celos el amor, en ocasiones,
con rellenos de huevos y piñones?
Mas ¡ay de quien le había
hecho para la cena de aquel día!

Huyose al fin la gata y, con el miedo,
tocó las tejas con el pie tan quedo
que la amazona bella parecía
que por los trigos pálidos corría
sin doblar las espigas de las cañas:
que de tierras extrañas
tales gazapas las historias cuentan.
Los miedos que a la gata desalientan
la hicieron prometer, si la libraba,
al niño Amor un arco y una aljaba,
de aquel famoso Rodamonte fiero
hasta pasar las furias del enero;
el cual juró olvidarla, y en su vida,
desnuda ni vestida,
volver a verla, ni tener memoria
de la pasada historia,
y buscar algún sabio
para satisfacción de tanto agravio.
Pero fueron en vano sus desvelos,
que Amor no cumple lo que juran celos;
y tanto puede una mujer que llora,
que vienen a reñirla y enamora,
creyendo el que ama en sus celosas iras,
por una lagrimilla mil mentiras.
Y como Ovidio escribe en su Epistolio,
que no me acuerdo del folio,
estas heridas del Amor protervas
no se curan con hierbas;
que no hay para olvidar a amor remedio
como otro nuevo amor o tierra en medio.

Garraf, en tanto que esto se trataba,
estropeado, a Micifuf llegaba
mayando tristemente
en acento hipocondríaco y doliente,
como suelen andar los galloferos
para sacar dineros,
manqueando de un brazo
colgado de un retazo,
y débiles las piernas,
una cerrando de las dos linternas
por mirar a lo bizco.
Luego en el corazón le dio un pellizco
la mala nueva, que adelanta el daño
haciendo el aposento al desengaño;
y díjole: “¿Qué tienes,
Garraf amigo, que tan triste vienes?”
entonces él, moviendo tremolante
blanda cola detrás, lengua delante,
le refirió el suceso,
y que Marramaquiz papel y queso
y relleno también le había tomado,
como celoso airado,
como agraviado necio,
con infame desprecio,
con descortés porfía,
y que de tan extraña gatería
Zapaquilda, admirada,
huyó por el desván, la saya alzada;
que lo que en las mujeres son las naguas
de raso, tela o chamelote de aguas,
en las gatas la flexible cola,
que ad libitum se enrosca o se enarbola.

Contole que de aquella manotada,
con su cuerpo afligido,
de miedo helado y de licor teñido,
descalabró los aires,
y, con otros agravios y desaires,
que prometió vengarse por la espada
de haberle enamorado a Zapaquilda
y hablarla en el tejado de Casilda,
—una tendera que en la esquina estaba—;
y dijo que pensaba,
en desprecio y afrenta de sus dones,
hacer de los listones
cintas a sus zapatos.
¡Oh celos!, si entre gatos,
de burlas u de veras,
formáis tales quimeras,
¿qué haréis entre los hombres
de hidalgo proceder y honrados nombres?
No estuvo más airado
Agamenón en Troya,
al tiempo que metiendo la tramoya
del gran Paladión, de armas preñado,
echaron fuego a la ciudad de Eneas,
de ardientes hachas y encendidas teas
(causa fatal del miserable estrago
de Dido y de Cartago,
por quien dijo Virgilio,
destituida de mortal auxilio,
que llorando decía:
“¡Ay dulces prendas cuando Dios quería!”);
ni Barbarroja en Túnez,
ni el fuerte Pirro, ni Simón Antúnez
—éste bravo español y griego el otro—,
que Micifuf, como si fuera potro
relinchando de cólera, en oyendo
el fiero y estupendo
furor de su enemigo;
mas prometiendo darle igual castigo
se fue a trazar el modo
de vengarse de todo;
que a un pecho noble, a un ínclito sujeto,
mayor obligación, más celo alcanza
de poner en efeto
desempeñar su honor con la venganza.

Marramaquiz, en tanto,
desesperado por las selvas iba
para buscar el sabio Garfiñanto,
al tiempo que el Aurora, fugitiva
de su cansado esposo,
arrojaba la luz a los mortales,
y el Sol infante en líquidos pañales
de celajes azules,
mandaba recoger en sus baúles,
para poder abrir los de oro y rosa,
el manto de la noche temerosa,
aunque era todo el manto de diamantes,
en el zafiro nítidos brillantes,
ojos del sueño, el hurto y el espanto.
Este gatazo y sabio Garfiñanto,
cano de barba y de mostachos yerto,
de un ojo remellado y de otro tuerto,
bien que de ilustre cola venerable,
y que sabía con rigor notable
natural y moral filosofía,
por los montes vivía
en una cueva oculta,
cuya entrada a las fieras dificulta,
como el de Polifemo, un alto risco.
No se le daba un prisco
de riquezas del mundo, que estimaba
solo el sol que Alejandro le quitaba
a aquel que, de los hombres puesto en fuga,
metido en un tonel, era tortuga.
¡Bien haya quien desprecia
esta fábula necia
de honores, pretensiones y lugares;
por estudios o acciones militares!
Sabía Garfiñanto astrología,
mas no pronosticaba,
que decía que el cielo gobernaba
una sola virtud que le movía,
a cuya voluntad está sujeto
cuanto crió, que todo fue perfeto;
no sacaba almanaques,
ni decía que en Troya y los Alfaques
verían abundancia
de pepinos y brevas,
muchas lentejas en París y en Tebas,
y que cierta cabeza de importancia,
sin decirnos adonde, faltaría;
que por mujeres Venus prometía
pendencias y disgustos,
como si por sus celos o sus gustos
fuese en el mundo nuevo.
Pero volviendo a nuestro sabio Febo,
después de consultado,
dijo a Marramaquiz que su cuidado
en vano a Zapaquilda pretendía,
y que sólo sería
remedio que pusiese en otra parte,
vengándose con arte,
los ojos, divirtiendo el pensamiento;
que amar era crüel desabrimiento,
más que traer un áspid en las palmas,
en no reciprocándose las almas;
que Amor se corresponde con Anteros,
y más si no negocian los dineros.

Destituïdo el gato
ya de mortal socorro
se fue calando el morro,
y diole una salchicha,
por no mostrarse a Garfiñanto ingrato;
que no pagar la ciencia
es cargo de conciencia,
mas dicen que de sabios es desdicha.
Pensando en quien pusiese, finalmente,
de toda la gatesca bizarría
la dulce enamorada fantasía
para verse de amor convaleciente,
se le acordó que enfrente
de su casa vivía un boticario,
de cuyo cocinante vestüario
una gata salía,
que la bella Micilda se decía;
y, sentada tal vez en su tejado,
miraba, como dama en el estrado
los nidos de los sabios gorrïones,
dejando pulular los embriones,
y en viendo abiertos los maternos huevos,
comerse algunos de los ya mancebos.
Admitiendo este nuevo pensamiento,
más que su voluntad, su entendimiento,
(que Amor en las venganzas se resfría,
emprende mucho y ejecuta poco),
por entonces templó la fantasía;
que aquello es cuerdo lo que duerme un loco.

Estaba el sol ardiente
una siesta de mayo calurosa,
aunque amorosamente,
plegando el nácar de la fresca rosa,
que producen los niños abrazados,
huevos del cisne y huevos estrellados,
pues que los hizo estrellas,
cuando Micilda con las manos bellas
la cara se lavaba y componía,
no lejos del tejado en que vivía
Marramaquiz, que ya con más cuidado
la miraba y servía,
en fe del Garfiñanto consultado,
cuando al mismo tejado
Zapaquilda llegó por accidente.
El gato, viendo la ocasión presente,
para que su deseo
la diese celos con el nuevo empleo,
llegándose más tierno y relamido
a Micilda, que ya de vergonzosa
estaba más hermosa,
y equívoco fingiendo
falso desprecio, descuidado olvido,
en su venganza misma padeciendo
amorosos deseos
(tales son del amor los devaneos),
requebrando a Micilda, a quien pensaba
ofrecer despojos
de aquella guerra, paz de sus enojos,
y a Zapaquilda a lo traidor miraba
en las intercadencias de los ojos:
tan extraño sentido,
que es menos entendido
mientras que más parece que se entiende,
pues siempre con engaños se defiende;
que si las luces de los ojos miras,
basta ser niñas para ser mentiras.

Micilda, a quien tocaba en lo más vivo
el amor primitivo
—porque, como doncella, fácilmente
a lo que entonces siente
la tierna edad, se rinden y avasallan,
hablando con los ojos cuando callan—,
de buena gana dio fácil oído
a los requiebros del galán fingido,
con que ya andaban de los dos las colas
más turbulentas que del mar las olas.

Zapaquilda, sentida
de aquella libertad (que es propio efeto
de la que fue querida
sentir desprecio donde vio respeto),
murmurando entre dientes,
amenazaba casos indecentes
entre personas tales,
en calidad y en nacimiento iguales.
Como se ve gruñir perro de casa
mirando al que se entró de fuera enfrente,
estando en medio de los dos el hueso,
que ninguno por él, de miedo, pasa,
parando finalmente
las iras del canículo suceso
en que ninguno de los dos le come,
obligando a que tome
un palo algún criado,
que los desparte airado
y deja divididos,
quedando el hueso en paz y ellos mordidos;
así feroz gruñía
Zapaquilda envidiosa,
efecto de celosa,
aunque al gallardo Micifuf quería:
que hay mujeres de modo,
que aunque no ha[n] de querer, lo quiere[n] todo
porque otras no lo quieran,
y luego que rindieron lo que esperan,
vuelven a estar más tibias y olvidadas.
Finalmente, las gatas encontradas,
siendo Marramaquiz el hueso en medio
(tal suele ser de celos el remedio),
a pocos lances de mirarse airadas
vinieron a las manos, dando al viento
los cabellos y faldas;
y en tanto arañamiento,
turbadas de color las esmeraldas,
maullando en tiple y el gatazo en bajo,
cayeron juntas del tejado abajo,
con ligereza tanta
(aunque decirlo espanta,
por ser como era el salto,
cinco suelos en alto,
hasta el alero del tejado fines),
que no perdió ninguna los chapines;
quedando el negro amante,
después de tan extraños desconsuelos,
muerto de risa en acto semejante:
tan dulce es la venganza de los celos



De: La gatomaquia del Licenciado Tomé de Burguillos



FELIX LOPE DE VEGA


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