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Blanca Orozco de Mateos

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Doblones, rublos, libras, pesos
de Washington Benavides

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Washington Benavides. Un viejo trovador    

    Editora del fonograma:    
    Ayuí    
por Washington Benavides    
  

    Este poema forma parte del acervo de la audiovideoteca
    de Palabra Virtual

Doblones, rublos, libras, pesos


Los pobres tipos nacen (o se hacen, da lo mismo) con estigmas:
jorobas invisibles, patas de palo, ojos de vidrio, prótesis
de caderas, gorgueras de fracturas cervicales, sarcomas, sífilis
lepra (los más antiguos) Sida.
Deben matarse, noche y día, para construir como ingenieros
castillos o casas económicas, como arquitectos castillos
casas económicas, como entomólogos reconocer
cuál es Gregorio Samsa y cuál la cucaracha
cuál la araña y cuál la abeja reina
cuál la Reina de Saba y cuál la del Streep-tease.
Como ciudadanos deben votar y analizar políticas y leer
periódicos y revistas sobre economía y el libre mercado
sobre banqueros o emperadores
o sobre niños deshollinadores o mineritos tísicos
o sobre la prostitución con su apogeo y su ruina
o sobre la guerra termonuclear y el oficio del poeta
o sobre green-peace y los cargueros con desechos atómicos
o sobre la fe y la existencia del alma
sobre el cisma de calvinistas o herejías albigenses.
Los pobres tipos nacen y tienen que redactar como los niños
malos en la escuela perversa cien mil veces “no debo mentir
y debo ser un niño bueno”
y entonces con sus plumas afiladas de ganso o con
sus máquinas de escribir Underwood o con sus computadoras
portátiles, hambrientos y cansados
de escribir estupideces para los jornales, con los pies
más doloridos que el alma, con la cabeza perforada por una
serie interminable de realidades o ecuménides,
escriben poemas. ESCRIBEN POEMAS.
Aunque Lope deba de ser el secretario íntimo del Duque de Sessa
—ese imbécil con blasones— y redactarle sus cartas amorosas
y enviarle lastimeros billetitos reclamándole unos
pocos doblones, llamándole: “Mi señor”...
Aunque Dosto se entrampe con su editor Stellovski y deba
dictar en 29 días “El jugador”; retrato de su
pasión por las ruletas de Ruletemburg.
Aunque Baudelaire ametralle a misivas a Carolina Archimbaut-Dufays
su madre, viuda, que ha vuelto a casarse con el militar Aupick,
y entre desesperaciones de dandy alcohólico y bebedor de láudano, reproches hamletianos e ironías, pide, como un polluelo,
la remesa de frascos que salvarán algunos días de su sombrío mundo; aunque Dylan Thomas delire su alcohol de cebada y su lirismo
y multiplique sus cartas a Trevor Hughes, a John Davenport y finalmente a Mrs. Stevenson, filtrándoles entre airosas aventuras
y luminosas frases de poesía o de sueños, los reclamos por libras
o por dólares, para poder vivir (sobrevivir) ahogándose en epifanías
y en botellas de whisky
aunque Rubén Darío no necesitó que alguien le señalase que
debía torcerle el cuello al cisne, pues bien lo había aprendido
en el eterno fraude de Mundial y congresos panamericanos y
secretarios como Rafles o Fantomas, y mujeres como valvas rosadas
y litros de licor para poder abrir los ojos, y pesos o águilas
o dólares o centauros para cabalgar sus pesadillas.
Y si no me has entendido, lo siento mucho porque no puedo
decirte nada más.
Y qué? ¿No aceptarías entre los poetas a Dosto?
Ah, vas a hacerme un llamado de atención moralizante por estos
tipos y sus negras vidas?
Pero: ¿no fuiste tú que te regocijaste (regocijo del alma, claro está)
con la “Balada de las nieves de antaño” de Villon;
balada que leíste en tu cuarto de estudio, con la estufa y el té,
en la noche de invierno, mientras de la cocina
el alma de la buena comida venía por el aire?

Pero, de veras: ¿objetas que esté Dosto?


De: El mirlo y la misa



WASHINGTON BENAVIDES


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