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Blanca Orozco de Mateos

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Elega a un compaero muerto en el frente
de Octavio Paz

palabra virtual

Poetas de Amrica    
    Editora del fonograma:    
    CBS    
por Mara Rosa Gallo    
  

    Este poema forma parte del acervo de la audiovideoteca
    de Palabra Virtual

Elega a un compaero muerto en el frente


I

Has muerto, camarada,
en el ardiente amanecer del mundo.

Has muerto. Irremediablemente has muerto.
Parada est tu voz, tu sangre en tierra.
Has muerto, no lo olvido.
Qu tierra crecer que no te alce?
Qu sangre correr que no te nombre?
Qu voz madurar de nuestros labios
que no diga tu muerte, tu silencio,
el callado dolor de no tenerte?

Y brotan de tu muerte,
horrendamente vivos,
tu mirada, tu traje azul de hroe,
tu rostro sorprendido entre la plvora,
tus manos sin violines ni fusiles,
desnudamente quietas.

Y alzndote,
llorndote,
nombrndote,
dando voz a tu cuerpo desgarrado,
sangre a tus venas rotas,
labios y libertad a tu silencio,
crecen dentro de m,
me lloran y me nombran,
furiosamente me alzan,
otros cuerpos y venas,
otros abandonados ojos campesinos,
otros negros, annimos silencios.


II

Yo recuerdo tu voz. La luz del Valle
nos tocaba las sienes,
hirindonos espadas resplandores,
trocando en luces sombras,
paso en danza, quietud en escultura
y la violencia tmida del aire
en cabelleras, nubes, torsos, nada.

Olas de luz, clarsimas, vacas,
que nuestra sed quemaban como vidrio,
hundindonos, sin voces, fuego puro,
en lentos torbellinos resonantes.

Yo recuerdo tu voz, tu duro gesto,
el ademn severo de tus manos;
yo recuerdo tu voz, voz adversaria,
tu palabra enemiga,
tu pura voz de odio,
tu tierno, frtil odio,
que hizo a la tierra arder,
crecer al hombre como frutos,
puos de combatiente y camarada.
Tu voz, tu corazn, tu puo vivo,
detenidos y rotos por la muerte.


III

Has muerto, camarada,
en el ardiente amanecer del mundo.
Has muerto cuando apenas
tu mundo, nuestro mundo, amaneca.
Llevabas en los ojos, en el pecho,
tras el gesto implacable de la boca,
un claro sonrer, un alba pura.

Te imagino cercado por las balas,
por la rabia y el odio pantanoso,
como tenso relmpago cado,
como blanda presuncin del agua,
prisionera de rocas y negrura.

Te imagino tirado en lodazales,
cado para siempre,
sin mscara, sonriente,
tocando, ya sin tacto,
las manos de otros muertos,
las manos camaradas que soabas.

Has muerto entre los tuyos, por los tuyos.


1937



De: Hora de Espaa, nm. 9 (sept. 1937), pp. 39-42



OCTAVIO PAZ






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