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Ya estáis aquí, creyentes… (El sueño de las escalinatas 3)
de Jorge Zalamea



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    El sueño de las escalinatas

    
    Editora del fonograma:
    H.J.C.K.

por Jorge Zalamea    
Colaboración: Eduardo Ortiz Moreno    
Página web de Voces que dejan huellas    
  

    
Colaboración: Eduardo Ortiz Moreno    
Página web de Voces que dejan huellas    
  


Ya estáis aquí, creyentes… (El sueño de las escalinatas 3)


Ya estáis aquí, creyentes, en torno mío, poblando las escalinatas. Y va a ser posible abrir la audiencia, pues otras gentes de vuestra misma condición contradicha han venido de todos los rumbos: ora por sobre las sobresaltadas praderas marítimas; ora traspasando las montañas en que tienen sede sabios, santos y otros semejantes fantasmas; ora por los polvorientos caminos que el árbol niim sombrea con sus ramas caritativas y sus hojas sanatorias.

¡Nombrarlos, enumerarlos! Cada nombre será una nueva brasa y cada número otra ira.

Que nuestra condición se muestre en toda la majestad de su horror.

¡Censar, censar es mi retórica!

Vedlos aquí: venidos de todo foco de infección, de todo hogar de miseria, de la ubicua sede de la necesidad:

De Nagasaki e Hiroshima y Okinawa las madres frustradas, los hombres mutilados y los campesinos desposeídos;

de las islas de Sonda los caucheros de quienes nadie recogió la leche de su fatiga ni la resina de sus huesos;

de Indonesia las víctimas de los remotos especuladores del estaño;

de Turquía los aldeanos que devoran a ras del suelo, en apresurada competencia con las bestias, las hierbas amargas;

del Irak los supervivientes de las matanzas de Basrah, de Habanieh y de las islas letales;

de Ceilán las víctimas de los avisados especuladores del arroz;

del Irán los rehenes de la guerra cruda del petróleo y los habitantes famélicos de las cuevas de la prestigiosa Teherán, so el miraje de los palacios: como aquí;

de Argelia los macilentos próceres que roen con sus dientes de coco las cadenas del cainita;

de Egipto los fellahs que perdieron en el turbión de los siglos el crédito de su angustia y el débito de su cólera;

de Kenya los kikuyus engañados por las grandes fábricas del saber occidental; los masai empenachados con su propia belleza, pero ampollados por la consunción; los mau-mau exorcizándose a sí mismos en tenebroso ensueño de ira y reconciliación;

de Sur África los míseros viejos negros sollozando sobre el destino de sus hijos terroristas y de sus hijas prostitutas…

¡Crece, crece la audiencia!

Pues también de la orgullosa península minúscula derivan hasta aquí nuestros semejantes;

de Francia, la bien garnida, los mineros silicosos, los recogedores de remolacha, los galanes sin techo, los ancianos que abren la espita del gas y escuchan la silbante canción del gas como final melodía de su desamparo; las maquilladas marionetas mecanizadas de la prostitución; los obreros roídos por las hormigas de los dividendos;

de la España bronca, los cosecheros de aceitunas de Andalucía, los vascos de sellada furia, los asturianos cosidos de recuerdos como de cicatrices: todos los españoles humillados y ofendidos;

de la imperial Britania, los lémures humanos de los slums londinenses; los labriegos que revientan de fatiga y de hambre sobre los terrones de Irlanda; las viejas que vendimian el vino de su embriaguez en lagares de esperanzas fallidas y mancillados recuerdos; los marinos que buscan en los siete mares el olvido del hogar ingrato, y todos los que, ruborosos, se dicen a sí mismos, como Charlot: no hay miseria comparable a la de Londres;

de la Italia azul y miel, las mondadoras de arroz que son mondadoras de sus propios sueños; los pastores de Calabria que apacientan la negra ira; los vidrieros vénetos que traspasan el agonizante fuego de sus venas a las cintilantes copas que saciarán a otros labios; las niñas negociadas de Nápoles; los carusi de Sicilia, precozmente corrompidos por la explotación y contrahechos por la opresión; las muchachas vergonzantes de Roma a las que encontrará la muerte más blancas y temblorosas que una hoja de papel, más yertas que el alba del desahucio, y toda la innumera emigración desesperada;

de Grecia, toda Grecia, la traicionada y vilipendiada: el devorante chancro de nuestros vicios, nuestra más secreta vergüenza.

¡Qué numerosa audiencia!

¡Qué tumultuosa audiencia!

Y aún crecerá la audiencia sobre las escalinatas. Pues no ha finido el censo.

Del quieto país de muchos lagos y volcanes de agua, han venido los guatemaltecos tratando de revivir entre sus manos desposeídas un quetzal malherido;

de México —leucémico, agonizante— han llegado los agraristas engañados, los guerrilleros vendidos, los revolucionarios frustrados, los sindicalistas abozalados: toda la gente mexicana como un erizado bosque en marcha de cactus;

de otras naciones del Caribe, blancos y negros, mestizos, mulatos, zambos y cuarterones han venido, alzados todos ellos contra la sangrienta demencia que sirve de Celestina a los rijosos patrones del azúcar y el banano;

de las gélidas mesetas en que el guanaco curiosea, han venido otras víctimas de los remotos especuladores del estaño;

de Venezuela la rica, la riquísima, la mil veces rica, —inesperado centro de musicalia, sede de la más audaz arquitectura, lonja de artistas, mecenas estrellado (¡oh antifaz, oh irrisión!)—, de Venezuela humeante de petróleo, husmeante de pan, azul de hierro, lívida de hambruna, centelleante de brillantes, mate de malaria, han venido millones de pobres venezolanos y los millares de sombras que toman aquí, entre nosotros, vacaciones de los penales, presidios, cárceles, penitenciarías y bóvedas, en que pagan el planteamiento de un pleito: ¡el vuestro, el nuestro!

Que cada palabra mía fuese ahora como piedra de cien filos: llave inmisericorde que abra y destroce todo corazón. O como dentellada de lobo que tiene prisa por llegar a las vísceras palpitantes de su presa. Pues mi propia pobre entraña está llagada y desnuda viendo llegar a las escalinatas la delegación de mi pueblo: mis hermanos, mi más inmediata semejanza.

Helos ahí, entre taciturnos y atónitos; doblegados bajo la lluvia de su propia sangre y con el guijarro de un “¿por qué?” en la garganta.

Entenados de una despótica familia de próceres; libertos de una vanidosa casta feudal; hijos putativos de las cadenas; ahijados de sus propios explotadores; pupilos de los grandes empresarios; mesnada de los advertidos filántropos del paternalismo; catecúmenos de la iglesia cesárea; hombres de leva bajo las banderas de la demagogia; hombres de presa bajo los uniformes del poder; hombres de pena bajo los grandes cuadros estadísticos que registran la proliferación cancerosa de los valores bursátiles.

La resaca de remotas perversiones llegó e hinchió, como ponzoñosa esponja, el corazón de toda aquella casta codiciosa y paternalista. La cruz gamada volteó en el espacio y siendo ya signo de infamia en los países liberados, se trocó en ídolo devorador en la tierra colombiana, mi dulce y tremenda tierra. Para enrodar a los humildes y corroborar a los poderosos.

La concupiscencia del poder, primero; la codicia luego, engendraron la crueldad y abonaron el crimen. Una y otro abortaron ese feto: el terror. Burundún-Burundá enseñoreado de siervos y patronos.

A espaldas del tartamudo locuaz, del vaquero venido a más cuando se consagró matarife, del sordo a lo que no fuera reteñir de monedas y de la bestia militar que tuvo tantas estrellas como pezuñas —a espaldas del multifacético Burundún—, los especuladores del platino, del petróleo, del café, del hierro, del uranio y del mismo cielo azul hicieron de la sangrienta titeretada su agosto, ofreciendo como diversión a la agonía de un pueblo la alharaca de los engreídos cubileteros de la libertad condicionada y de la democracia de papel.

Pero ya están aquí las víctimas, con nosotros, sobre las escalinatas. Y tienen voz y voto y veto en nuestro pleito.

¡Crece, crece la audiencia!



3 de: El sueño de las escalinatas



JORGE ZALAMEA


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