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Blanca Orozco de Mateos

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Jardn con nio
de Octavio Paz

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Travesas: Tres lecturas    
    Editora del fonograma:    
    Galaxia Gutenberg    
por Octavio Paz    
Colaboracin: Eduardo Ortiz Moreno    
Pgina web de Voces que dejan huellas    
  

    Este poema forma parte del acervo de la audiovideoteca
    de Palabra Virtual

Jardn con nio


A tientas, me adentro. Pasillos, puertas que dan a un cuarto de hotel, a una interseccin, a un pramo urbano. Y entre el bostezo y el abandono, t, intacto, verdor sitiado por tanta muerte, jardn revisto esta noche. Sueos insensatos y lcidos, geometra y delirio entre altas bardas de adobe. La glorieta de los pinos, ocho testigos de mi infancia, siempre de pie, sin cambiar nunca de postura, de traje, de silencio. El montn de pedruscos de aquel pabelln que no dej terminar la guerra civil, lugar amado por la melancola y las lagartijas. Los yerbales, con sus secretos, su molicie de verde caliente, sus bichos agazapados y terribles. La higuera y sus consejas. Los adversarios: los floripondio y sus lmparas blancas frente al granado, candelabro de joyas rojas ardiendo en pleno da. El membrillo y sus varas flexibles, con las que arrancaba ayes al aire matinal. La lujosa mancha de vino de la bugambilia sobre el muro inmaculado, blanqusimo. El sitio sagrado, el lugar infame, el rincn del monlogo: la orfandad de una tarde, los himnos de una maana, los silencios, aquel da de gloria entrevista, compartida.

Arriba, en la apresura de las ramas, entre los claros del cielo y las encrucijadas de los verdes, la tarde se bate con espadas transparentes. Piso la tierra recin llovida, los olores speros, las yerbas vivas. El silencio se yergue y me interroga. Pero yo avanzo y me planto en el centro de mi memoria. Aspiro largamente el aire cargado de porvenir. Vienen oleadas de futuro, rumor de conquistas, descubrimientos y esos vacos sbitos con que prepara lo desconocido sus irrupciones. Silbo entre dientes y mi silbido, en la limpidez admirable de la hora, es un ltigo alegre que despierta alas y echa a volar profecas.

Y yo las veo partir hacia all, al otro lado, a donde un hombre encorvado escribe trabajosamente, en camisa, entre pausas furiosas, estos cuantos adioses al borde del precipicio.



De: guila o sol?



OCTAVIO PAZ






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