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Blanca Orozco de Mateos

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El rey de Harlem
de Federico Garca Lorca

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Para Lorca

    
    Editora del fonograma:
    KITARA

por Laura Castanedo     
Msica: Scott Joplin Arreglos y guitarra: Alberto Ubach    
  


El rey de Harlem


Con una cuchara
arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara.

Fuego de siempre dorma en los pedernales,
y los escarabajos borrachos de ans
olvidaban el musgo de las aldeas.

Aquel viejo cubierto de setas
iba al sitio donde lloraban los negros
mientras cruja la cuchara del rey
y llegaban los tanques de agua podrida.

Las rosas huan por los filos
de las ltimas curvas del aire,
y en los montones de azafrn
los nios machacaban pequeas ardillas
con un rubor de frenes manchado.

Es preciso cruzar los puentes
y llegar al rubor negro
para que el perfume de pulmn
nos golpee las sienes con su vestido
de caliente pia.

Es preciso matar al rubio vendedor de aguardiente
a todos los amigos de la manzana y de la arena,
y es necesario dar con los puos cerrados
a las pequeas judas que tiemblan llenas de burbujas,
para que el rey de Harlem cante con su muchedumbre,
para que los cocodrilos duerman en largas filas
bajo el amianto de la luna,
y para que nadie dude de la infinita belleza
de los plumeros, los ralladores, los cobres y las cacerolas de las cocinas.

Ay, Harlem! Ay, Harlem! Ay, Harlem!
No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
a tu violencia granate sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero, con un traje de conserje.

Tena la noche una hendidura y quietas salamandras de marfil.
Las muchachas americanas
llevaban nios y monedas en el vientre
y los muchachos se desmayaban en la cruz del desperezo.
Ellos son.
Ellos son los que beben el whisky de plata junto a los volcanes
y tragan pedacitos de corazn por las heladas montaas del oso.

Aquella noche el rey de Harlem con una dursima cuchara
arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara.
Los negros lloraban confundidos
entre paraguas y soles de oro,
los mulatos estiraban gomas, ansiosos de llegar al torso blanco,
y el viento empaaba espejos
y quebraba las venas de los bailarines.

Negros, Negros, Negros, Negros.

La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba.
No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de las pieles,
viva en la espina del pual y en el pecho de los paisajes,
bajo las pinzas y las retamas de la celeste luna de cncer.

Sangre que busca por mil caminos muertes enharinadas y ceniza de nardo,
cielos yertos, en declive, donde las colonias de planetas
rueden por las playas con los objetos abandonados.

Sangre que mira lenta con el rabo del ojo,
hecha de espartos exprimidos, nctares de subterrneos.
Sangre que oxida el alisio descuidado en una huella
y disuelve a las mariposas en los cristales de la ventana.

Es la sangre que viene, que vendr
por los tejados y azoteas, por todas partes,
para quemar la clorofila de las mujeres rubias,
para gemir al pie de las camas ante el insomnio de los lavabos
y estrellarse en una aurora de tabaco y bajo amarillo.

Hay que huir,
huir por las esquinas y encerrarse en los ltimos pisos,
porque el tutano del bosque penetrar por las rendijas
para dejar en vuestra carne una leve huella de eclipse
y una falsa tristeza de guante desteido y rosa qumica.


k


Es por el silencio sapientsimo
cuando los camareros y los cocineros y los que limpian con la lengua
las heridas de los millonarios
buscan al rey por las calles o en los ngulos del salitre.

Un viento sur de madera, oblicuo en el negro fango,
escupe a las barcas rotas y se clava puntillas en los hombros;
un viento sur que lleva
colmillos, girasoles, alfabetos
y una pila de Volta con avispas ahogadas.

El olvido estaba expresado por tres gotas de tinta sobre el monculo,
el amor por un solo rostro invisible a flor de piedra.
Mdulas y corolas componan sobre las nubes
un desierto de tallos sin una sola rosa.


k


A la izquierda, a la derecha, por el sur y por el norte,
se levanta el muro impasible
para el topo, la aguja del agua.
No busquis, negros, su grieta
para hallar la mscara infinita.
Buscad el gran sol del centro
hechos una pia zumbadora.

El sol que se desliza por los bosques
seguro de no encontrar una ninfa,
el sol que destruye nmeros y no ha cruzado nunca un sueo,
el tatuado sol que baja por el ro
y muge seguido de caimanes.

Negros, Negros, Negros, Negros.

Jams sierpe, ni cebra, ni mula
palidecieron al morir.
El leador no sabe cundo expiran
los clamorosos rboles que corta.
Aguardad bajo la sombra vegetal de vuestro rey
a que cicutas y cardos y ortigas turben postreras azoteas.
Entonces, negros, entonces, entonces,
podris besar con frenes las ruedas de las bicicletas,
poner parejas de microscopios en las cuevas de las ardillas
y danzar al fin, sin duda, mientras las flores erizadas
asesinan a nuestro Moiss casi en los juncos del cielo.

Ay, Harlem, disfrazada!
Ay, Harlem, amenazada por un gento de trajes sin cabeza!
Me llega tu rumor,
me llega tu rumor atravesando troncos y ascensores,
a travs de lminas grises
donde flotan tus automviles cubiertos de dientes,
a travs de los caballos muertos y los crmenes diminutos,
a travs de tu gran rey desesperado
cuyas barbas llegan al mar.



De: Poeta en Nueva York



FEDERICO GARCA LORCA


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