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palabra virtual

30 aos. Madres coraje    
    Editora del videograma:    
    TEA Imagen        
por Carlos Monsivis    
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    de Palabra Virtual

Si me puedes mirar


Madre: es tu desamparada criatura quien te llama,
quien derriba la noche con un grito y la tira a tus pies como un teln cado
para que no te quedes all, del otro lado,
donde tan slo alcanzas con tus manos de ciega a descifrarme en medio de un muro de fantasmas hechos de arcilla ciega.
Madre, tampoco yo te veo,
porque ahora te cubren las sombras congeladas del menor tiempo y la mayor distancia,
y yo no s buscarte,
acaso porque no supe aprender a perderte.
Pero aqu estoy, sobre mi pedestal partido por el rayo,
vuelta estatua de arena,
puado de cenizas para que t me inscribas la seal,
los signos con que habremos de volver a entendernos.
Aqu estoy, con los pies enredados por las races de mi sangre en duelo,
sin poder avanzar.
Bscame entonces t, en medio de este bosque alucinado
donde cada crujido es tu lamento,
donde cada aleteo es un reclamo de exilio que no entiendo,
donde cada cristal de nieve es un fragmento de tu eternidad,
y cada resplandor, la lmpara que enciendes para que no me pierda entre las galeras de este mundo.
Y todo se confunde.
Y tu vida y tu muerte se mezclan con las mas como las mscaras de las pesadillas.
Y no s dnde ests.
En vano te invoco en nombre del amor, de la piedad o del perdn,
como quien acaricia un talismn,
una piedra que encierra esa gota de sangre coagulada capaz de revivir en el ms imposible de los sueos.
Nada. Solamente una garra de atroces pesadumbres que descorre la tela de otros aos
descubriendo una mesa donde partes el pan de cada da,
un cuarto donde alisas con manos de paciencia esos pliegues que graban en mi alma la fiebre y el terror,
un saln que de pronto se embellece para la ceremonia de mirarte pasar
rodeada por un halo de orgullosa ternura,
un lecho donde vuelves de la muerte slo para no dolernos demasiado.
No. Yo no quiero mirar.
No quiero aprender otra vez el nombre de la dicha en el momento mismo en que roen su rostro los enormes agujeros,
ni sentir que tu cuerpo detiene una vez ms esa desesperada marea que lo lleva,
una vez ms an,
para envolverme como para siempre en consuelo y adis.
No quiero or el ruido del cristal trizndose,
ni los perros que allan a las vendas sombras,
ni ver cmo no ests.
Madre, madre, quin separa tu sangre de la ma?,
qu es eso que se rompe como una cuerda tensa golpeando las entraas?,
qu gran planeta aciago deja caer su sombra sobre todos los aos de mi vida?
Oh, Dios! T eras cuanto saba de ese olvidado pas de donde vine,
eras como el amparo de la lejana,
como un latido en las tinieblas.
Dnde buscar ahora la llave sepultada de mis das?
A quin interrogar por el indescifrable misterio de mis huesos?
Quin me oir si no me oyes?
Y nadie me responde. Y tengo miedo.
Los mismos miedos a lo largo de treinta aos.
Porque da tras da alguien que se enmascara juega en m a las alucinaciones y a la muerte.
Yo camino a su lado y empujo con su mano esa ltima puerta,
esa que no logr cerrar mi nacimiento
y que guardo yo misma vestida con un traje de centinela funerario.
Sabes? He llegado muy lejos esta vez.
Pero en el coro de las voces que resuenan como un mar sepultado
no est esa voz de hoja sombra desgarrada siempre por el amor o por la clera;
en esas procesiones que se encienden de pronto como bujas instantneas
no veo iluminarse ese color de espuma dorada por el sol;
no hay ninguna rfaga que haga arder mis ojos con tu olor a resina;
ningn calor me envuelve con esa compasin que infundiste a mis huesos.
Entonces, dnde ests?, quin te impide venir?
Yo s que si pudieras acariciaras mi cabeza de hurfana.
Y sin embargo s tambin que no puedes seguir siendo t sola,
alguien que persevera en su propia memoria,
la embalsamada a cuyo alrededor giran como los cuervos unos pobres jirones de luto que alimenta.
Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te llamo,
sin duda en algn lado organizas de nuevo la familia,
o me ordenas las sombras,
o cortas esos ramos de escarcha que bordan tu regazo para dejarlos a mi lado cualquier da,
o tratas de coser con un hilo infinito la gran lastimadura de mi corazn.



De: Los juegos peligrosos



OLGA OROZCO






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