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De la inutilidad de los cristales ópticos

Si las imágenes se apiñan en un recinto oscuro
nada en ellas hay de movimiento (menos aún hábito de
           movimiento);
sí en cambio los ojos de cristal que el taxidermista tan bien
           conoce,
con su excesiva holgura en la órbita seca;
un día han de invadir a medianoche
los bulevares de la ciudad desierta,
aterrando con su agilidad a los animales pacíficos,
en una conjunción única que consagre el azar.

El azar, anigquilando en su represalia de hondero
el estupor del que alinea y su conciso cristal.


(De: Dibujo de la muerte)


GUILLERMO CARNERO




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