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Saúl Ibargoyen

 
 

Este hotel es de respeto



Pueden empezar así: el hombre llegó a Rivamento, hace bien poco, durante una tarde sin ningún cielo. Le ponen hombre solamente, hasta que pueda ser nombrado. Cada palabra procura ubicarse entre las cosas que por todos lados y rincones abiertos andan. La palabra con su nombre no va a demorar, estará cuando tenga que estar aquí, en el medio o al costado de tantas otras. A Rivamento llegó pues, nada de cielo quedaba ese día, suceso como los que nadie explica con luz de verdad en esta frontera. El hombre parece que venía a explicarlos. Pero pocos son los que para arriba miran. En la misma plaza del Barón de Río Preto se paró, mirando piedra a piedra los muros de la casa de los delegados, mirando también hasta la punta de la iglesia, encima, donde las campanas estarían sin cantar hasta el domingo. Tres días muy completos sin sonar, sin soplarles con su ruido el vuelo a las palomas. Yo acredito que ese silencio ya tenía algo mal a la mitad del pueblo, la mitad del otro lado al menos. De este lado de nosotros se pensaba en ir de pescaría, más bien. O a cazar carpinchos o bichos de volar bajo, en fin, aprovechar los soles anunciados para la Semana Santa, raro el anuncio porque para esas épocas llueve y llueve muy tupido. El hombre después se cruzó hasta el hotel, yo lo tenía fichado desde los principios, dije. Bueno, ustedes sabrán que él también me había puesto a mí como lámina de San Jorge en un marco. Y eso que sin verme, de adivinar o algo así. No les puedo decir de otro modo, yeito casi les pido que pongan con esa máquina de escrituras que están batiendo. Distinto hoy les hablo y bien saben por qué. Punto y aparte.
Me dijo si había pieza para una noche o dos, que de mañana o a la siguiente, tendría que salirse, de tren marcharía para Corral de Oro. Sí, una quedaba bien libre, ventana a la principal arteria, baño puerta con puerta, ropero nuevo, un mesita para escribir por si estaba de carteo, cama de casal y medio, espejo de imagen clara, y nadita de palangana: un buen lavatorio de pie blanco. Barata la tal pieza, los pesos que dice la ley. Si mujer podía meter, me dijo. Yo, que cuando anduviera en eso, con avisar bastaba, claro que cuidando no traerse una ordinaria, una bagasa de las que por ahí caminan y ustedes conocen. Hotel decente es el mío, de calladito puede hacerse todo nomás bien. No, seguido, de corrido ahora pongan. Fui a preparar sus toallas, nunca mando de primera a la mucama, hasta un jaboncito con olores dulces. Mala ropa no tenía, un baño pidiendo estaba el hombre, sin pedirme nada. Esperé que terminara su limpieza, a la puerta di unos golpecitos, salió con una pinta que hacía dudar. Documentos pedí, les aclaro para ustedes que siempre hago lo mismo: los dejo instalar, luego reclamo papeles en regla, orden de esta ciudad, control de toda gente que pasa. Nunca ninguno entró y salió de mi hotelito sin poner de lo suyo en mis fichitas, ustedes las tienen vistas a todas. Marché con la célula, la cartera de votar, un cartoncito con los datos que chofer era. Y ahora sí que podemos nombrarlo: Joaquim Coluna, tantos años vividos, con nacimiento en Lambaré pero apuntado en Soturno. ¿Profesión?, le pregunté al rato de anotar lo que ustedes precisan. ¿Cuál?, me contestó. ¿La primera, la de ayer o la última? Toditas, entonces, si el señor cliente quiere. Y me dijo: alministrador de estancia grande, comerciante, dueño de cabaré, vendedor ambulatorio, hacedor de galpones, vacunador de ovejas y cristianos, escritor de diarios, comprador de vacas para matar enseguida, desocupado, soldado en la edad de ser muchacho joven, fabricante de caña. ¿Y la última?, pregunté otra vez. Ando buscando, nada seguro hay en estos pueblos perdidos, me dijo. Rápido en contestar, eso lo apunté al pie de las profesiones. Y de religión ¿en qué está? Tengo mi Dios, y él a mí me tiene. ¿Y de casorio o matrimonio? Casado no soy, vivo con una señora. ¿Y de domicilio o casa de morar? Antes, en Bayeté; desde hoy, aquí, en este hotel de usted, mañana en Corral de Oro. Agarró su papelería, en bolsillo de adentro la puso, se mandó para la calle, llamé al gurí, a Pedrito o Pedriño, ustedes saben cómo escribir. Le dije que les trajera la ficha, bien rapidito, mi hotel es de buen servicio. Volvió en menos que respira una mosca: contentos quedaron, don Curitiba, casi saltan con locura de alegría. Quiso decir que eran lindos datos, no los esperaban, ni al tipo también no. Su tiempo sin acercarse a estos campos y edificios de frigorífico y saladeros, en qué vueltitas estará ya revirándose, eso dijeron ustedes, sí. Quiero explicar, es lo que me supo contar Pedrito, pueden escribir Pedriño, que así lo llamamos desde que muchachito es. Aclaro que sólo eso habló, siempre le tuve enseñado a ser discreto. Nada de repetir por rúas y boliches lo que puedan oír de boca y expresión de los señores, ustedes. Seguido puede ser, o aparte.
El señor Coluna regresó cuando la boca de la noche era de tamaño, pidió su llave, miró el número de la chapita de plata. Trece, dijo como si anduviera distraído, pero no andaba. Mujer espero, agregó, morena y alta, favor de hacerla pasar. Problema ninguno, señor, este hotel es modesto, lujos no me gustan, rincón tranquilo y todo muy por lo legal. No demoró la mujer, bien elegida digo, si permiten poner eso. Si no hay algo en contra, la pinto como vi que era: morena y alta, buen testimonio el del hombre. Piernas duras yéndose por caderas justas para ser del ancho de más agradar. Unos pechos, por hablar así, que abrían el aire como a golpes de carne redondita y segura. El pelo le tocaba abajo de la nuca, danzaba aquel pelo en la libertad del perfume a fruta abierta. Escriban también que la cara llevaba una piel con un color que yo nunca había visto. La boca no era gorda, beso tal vez y silencio. La hice entrar, recién se fue con el primer sol, él la acompañó hasta un carro de alquiler, tuvieron una conversa corta. Nada alcancé a escuchar, el motor jodia, perdonen, con su run y su run. Buen día, dijo después, y volvió a su pieza. En el labio de abajo tenía como una cicatriz vieja, pero colorada y nueva. ¿Se entiende lo que explico? Lo demás estaba todo igual, la mujer sí me pareció que tenía algo diferente, que antes no había estado en ella, como un vientito suave adentro de un viento grande. ¿Eso da para ser escribido? Si no da, yo hablo, es mi modo. Ustedes cambian lo que quieran. Coluna salió otra vez, más tarde, cerca de las doce o las once largas. Pedrito lo siguió, ustedes le habían pedido y este hotel es de servicio aceptable. Cruzó las rayas de la línea, bordeando los canteros con las flores de la Plaza Nacional. De la fuente para un costado, ustedes saben que hay un negocio de santería, cerquita de los mercados de los turcos, de todo comprar. Allí se metió, derecho el hombre en su traje gris limpio, botas bajas, lustradas de pasadita en el quiosco de Chapadón, ustedes conocen de sobras, el medio enano que se desempeña con droguitas y macoñas. Sí, continuando. Se metió, me contaba luego el gurí, pasó para el otro lado del balcón, quiso decir del mostrador, a uno le dio la mano y a un tal Negro Pinto, un abrazo. Distinciones de amistad, pensó Pedriño. Pongan Pedriño en todas, de ahora en delante, es mejor para mí contar. En los cuartitos del fondo se entraron, como una hora y bastante más estuvieron. Yo, impaciente, con los trabajos juntándose y el muchacho sin estar haciéndolos, que salario exacto le pago, para cumplir las leyes somos primeros, ustedes saben y en las oficinas impostoras también. Y dale que no me volvía a lo suyo, por más que se meneaba con lo de ustedes, es fácil comprender, ser patrón chico resulta un sacrificio. No es como el Hotel Viejo, gallegos con parentela que ayuda, y con una suerte que este patriota no tuvo. Ahí los tienen; un piso por año le amontonan encima y la cosa va de crecer, con el personal muchísimo que se mueve y no para. Eso es trabajo de rebote para ustedes, que fulanito viene, que lo vieron de tren, que de auto, que esto trae y esto lleva, que arreglan o que no arreglan, que los delegados de enfrente dicen que ustedes lo dejen pasar, que ustedes son los que dicen que pase. El Pedriño llegó con la lengua que le colgaba como una corbata floja. Disculpen si hablo así, es mi manera especial, vayan escribiendo lo que mejor les guste, sobre todo pongan las verdades principales. Ustedes son los dueños del reglamento, ponen la música, yo algunas letras, que baile el que le toque danzar. De seguido nomás. Bueno, les decía que el gurí llegó con las babas de arrastro, asustado, pidiéndome disculpas y perdones. Soy patrón chico, de respeto cualquiera me trata, más mi empleado, que tanto tiene ayudado a ustedes, el pobre. ¿Qué está sucediendo contigo?, le pregunté sin darle afloje. ¿Por qué me tenés demorado tanto? Respiraba y hablaba, todo junto, ni sé cómo hacía aquello. El hombre, me dijo, el hombre, le anduve de atrás, lustrada de botas, Plaza Nacional, santería, lo que les conté de antes para ustedes, encuentro con esa gente. ¿Y después?, pregunté de nuevo, sólo podía preguntar. ¿Quién más viste? Los tres salieron, iba respondiendo, caminaron sus diez cuadras o quince, por la estrada de eucalitus que va para el frigorífico, a un local de madera entraron y yo con hambre de un rico almuerzo de hotel, una horita de minutos largos quedaron en el sitio, aparecieron con dos más o tres, negros me señaló, el Negro Pinto empezó a llamarme, que te conozco, me parece, gritaba, y yo a correr me largué, a toda pierna y bofe.
¿El hombre te vio, decime, Pedriño, el hombre, el tal Coluna, te vio o no te vio?, le pregunté ya con estas manos con un puño en cada una. No, don Curitiba, no me vio, de espalda nomás, creo, pero de frente no, seguro, don Curitiba, el señor esté tranquilo. No me quedé tranquilo, por eso les avisé a ustedes de apuro, bien a lo rapidito, de mientras el gurí comía su almuerzo pegajoso, comía y respiraba, no sé cómo pudo. ¿Se acuerdan que les traje el asunto yo mismo? ¿Para qué habré cruzado hasta aquí? Era bravo andarse de quieto, con ustedes averiguando, los otros juntándose, el Pedriño a las corridas locas. Conmigo se enojaron ustedes, que no debía cruzar nunca, que ya sabían todo, que los buenos colegas de enfrente estaban pensando la cosa, a alguno de ustedes se le escapó eso. Y más, que era muy mejor un arreglo entre ellos y ustedes. Escriban eso, es realidad como fue, nada de inventos son los míos. El tal señor Coluna tenía costumbre de juntar operarios o cualquier personal de trabajo que fuese, con uno nomás le venía justito para empezar, ¡qué gorda paciencia! Por eso tantas profesiones y las que faltarían, ya no tengo dudas ningunas. Entonces aquellos hombres, ustedes me explicaron para mí, se ponían a joder con que los jornales no daban para la diaria, ni los sueldos, y que trabajaban como bichos, y que en el campo no eran personas, y que en la tabacalera de los gringos griegos hasta los gurises sudaban sus doce horas, y que en las tiendas se aprovechaban con las muchachas, y que echaban para fuera a los mozos de los restoranes por una sopa fría, y qué sé yo cuántas injusticias de tal yeito, pues así las llamaron ustedes mismos, y aclaremos bien, cuando me explicaron lo que Coluna tenía por agrado enseñar para tantos que en la frontera se revuelven. Y aparte.
Escriban bien claro, clarito que si lo digo es porque ustedes me lo dijeron, y que la cosa estaba en que el viaje del hombre era para se organizar una huelga o unas jornadas de brazos quietos, más bien en el comercio, para que las ventas bajaran justo en medio de la Semana Santa, con turistas en lote. Y pongan más claro todavía, que los del otro lado ya venían con sospechas de eso, y sin ruido se movían cuidando las entradas y los caminos posibles, y que las veces se pasaban para acá, de distraídos, como tomando cuenta de lo de ellos y de lo de ustedes. A mi hotel volví, que las vacas no se ordeñan solas, a Pedriño le dije que en su casa se estuviera por dos días, era el plazo que ustedes mandaban avisar. Que lo ponga para entender por quien lea. El señor Coluna pidió su llave, no era tarde para el sol, ¡pero qué silencio! Tengo mis criterios de hablar, por eso anoten bien limpio: era otro día con puro silencio en todas partes, en cuanta gente conocida pisoteaba la arteria principal. De noche volvió la morena, la vi a ella y a su ropa, ropa de brillos no usaba, ni de loca, ni de bagasa, ni de ordinaria. ¿Qué resultaba, de dónde seria? Nada de pinturas ni teñidos, pelo era pelo bajándole la nuca, boca era beso de amor, lo demás más eso, mucho para cualquiera. Para el hombre, el señor Coluna, parecía lo justo. No me pregunten por qué parecía de esa forma, impresión que tuve. El hombre se fue de mi hotel a la otra mañana, con la morena se fueron, él llevando su valija. Lindos pesos me pagó, reconozco que ciertos modales de caballero lucía. Le cobré tarifa de ley, porcentaje de justicia. Esto para la mucama, me dijo, no es mucho lo que ganan las pobres. Casi le contesté que yo cumplía como buen patrón patriota que soy, y me contuve porque con esas palabras no viajaría hacia ninguna verdad. Nos saludamos y ya se subieron en un carro de alquiler, creo que el mismo de la primera vez, según va escrito. Era el que maneja Luisiño, como peón lo maneja. Junta plata para comprarse uno igual, muchos viajes de oscuridad y madrugadas, ustedes tienen conocido esos negocitos de cabaretes, casas donde las parejas van a pasar sus horitas, otras casas para juegos de cartas y tales timbas. A él, al Luisiño pueden preguntar si gustan, sabrá bien mejor hasta dónde los llevó. Yo me pasé el día en atención de turistas que venían de Montevidéu y de Ycaquí, apenas tuve un momento para mirar el cielo, pongan si quieren que desde gurí traigo como ese vicio. Y ustedes se habrán dado cuenta: no encontré cielo por ningún lugar del aire, ni entre nubes estaba. Así se me fue el día, estuve por cruzar cuando vi que bajaron los delegados de enfrente. En su camioneta negra entraron, paseándose por la calle como piojo en costura grande. Se ve que conversaron con ustedes, serios los vi largarse, y contentos. Sí, un poquito aparte ahora.
Esa noche yo saltaba revirando de los nervios, y el Pedriño no estaba, y yo no podía salir de mi hotel. Sacrificio de patrón chico, ganar para vivir en la decencia, el lucro gordo se lo tragan los que ustedes se saben y aprenden de memoria. En el fin de la noche, en el momento en que algún gallo empezaba o terminaba de darle al canto, se oyeron los tiros, sobre la línea parecían sonar, seguiditos, unos con otros y todos a un tiempo solo. La calle estaba pelada, alguno de ustedes aquí, no me soporté más la nerviosura y me tiré hasta el barullo del tiroteo, balacera le dicen por la televisión ahora. En la Plaza Nacional, en la línea misma y algo para este lado, la montonera de cuerpos quietos, acostados en cama dura, por la sombra parecían más de los que resultaron ser. Pero fueron. Yo vi que se iban ligerito dos o tres camionetas de las negras, chapa blanca y letras al costado. Como cuatro colegas de ustedes vi salir que corrían, para atrás mandaron una mirada entre todos, y yo quedé en el medio de los ocho ojos. Al suelo me largué, entre muertos me caí, unas cuantas balas hicieron buracos en esa línea de frontera que, al fin de tantas cuentas y vueltas, ya nadie puede señalar dónde está quedando. Ustedes escriban todo con estas palabras mías. En el suelo con sangre que no veía, sintiendo los suspiros de alguien que no quería morirse, así me mantuve bien de inmóvil, paralítico, sordo hasta para escuchar el corazón que me andaba como perdido por los recovecos de mi jodido miedo. ¿Dónde estoy metido, dónde me han metido?, escriban que pensé.
Porque cerca pude ver el pelo sucio de la mujer morena, y menos cerca la barriga manchada de un tal Negro Pinto, y a dos negros montados en una cruz oscura, uno algo temblaba, suspiraba con sus pocas de vida. Aquello era un asco de cosas calientes arrastrándose, había tres más, acredito. El hombre Coluna no estaba, el que estaba era Pedriño, cuando me levanté lo vi, soltando caldo espeso por cuanto agujero le habían arrimado. Ustedes sabrán por qué lo llevaron a él, a mi empleado de buena confianza, y quién me lo llevó, sabiendo que a Coluna y su gente los iban a castigar por hacer unas propagandas aquella noche. Que las hicieron bien sí, muros, paredes y veredas con pintura roja, difícil que puedan borrarla así como así, se ve de cuanto lado, tal me han dicho. Fue mucho para mí, demasiado, mis maneras son de conversa, no de esos tales estropicios. En lo cortito, como patrón chico que soy. Cuando volvía, me topé con el señor Coluna, ya había gente corriendo hacia el matadero de la plaza, de timbas y boliches salían asustados. Usted tan hundido en este feo asunto, yo creía que más que usted, su empleadito, el tal Pedriño, me dijo. Llevaba la mano izquierda en un trapo blanco y colorado, sangre le bajaba por la boca, muy tranquilo me habló. A usted ni lo toco ¿para qué?, siguió con su palabrerío serenito, como nadando en arroyo conocido. Total, va a quedar, usted, entre los de acá y los de allá, porque hasta la familia de Pedriño sabe, porque mi gente de por aquí sabe, me terminó de decir. ¿Yo qué le iba a contestar? Preguntas no tenía. Y se hizo como una sombra entre los dos, quiero decirles para que escriban bien clarito, que se fue de golpe. Y yo estuve hasta ahora en mi hotel, tratando de cuidar lo poco mío. Otro día de silencio, sin campanas y sin cielo ninguno, y crucé y no me importó que ustedes iban a enojarse otra vez y más, y pedí para declarar esto que ustedes escriben, para que se entienda bien, porque soy patrón chico y mi hotel es de respeto, siempre en lo legal y con mucho reglamento, y traigan nomás los papeles que ya se los voy firmando.



De: Cuento a cuento (relatos completos), Grupo Editorial Eón / Centro Universitario de Tijuana, México, 1997.


 

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