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Héctor Rosales

 

ESCRITO EN EL ESPEJO

 

Días atrás y enfocando las posibles secciones de una página personal en internet, la amiga Blanca Mateos (alma mater de Palabra Virtual, la enorme web mexicana dedicada a la poesía en castellano) me proponía la tarea de escribir unas letras autobiográficas, además de recopilar información bibliográfica sobre mi trayectoria.

No sabía Blanca a quién le estaba planteando tales empresas, dadas mis dificultades naturales para hablar de mí mismo y, aún peor, la tremenda pereza (alimentada por la falta de tiempo) para ocuparme de las ediciones, las revistas, las referencias y todo lo que atañe a mis letras, cuando se emanciparon de las mesas que las vieron nacer.

Pero claro, el proyecto de la página estaba en marcha y uno, por más despistado que sea, no puede dejar de cumplir en alguna medida con las nobles intenciones de una dama tan generosa como esta amiga nuestra.

¿Qué significa “cumplir en alguna medida”?

Pues haberles anotado (en lo que respecta a bibliografía) la información que tenía a mano sobre libros, plaquetas y otros materiales publicados (estarán ya en la sección oportuna), que debo reconocer son datos limitados, puesto que nunca he llevado apuntes sobre la totalidad de revistas literarias (impresas o digitales) con las que colaboré. Me refiero a datos ordenados en un archivo concreto, donde figuraran textos entregados, revistas que los publicaron y fechas correspondientes. Tampoco dispongo de ejemplares de la mayor parte de estas ediciones.

Hace más de 25 años que publico trabajos y son más de un centenar de revistas, diarios, suplementos y otras fuentes periódicas que los han difundido. Seguirles el paso es muy difícil, dado que unas cuantas ni siquiera me enviaron copia del debido número. He sabido por amistades y otras vías que había estado incluido en ellas. Así van las letras...

En diversas ocasiones declaré mi entera admiración por el compatriota y maestro Juan Carlos Onetti; es preciso añadir que también coincido con su filosofía de escritor, vale decir, me interesa leer a otros autores, escribir cuando dicta el destino y casi nada más de lo que se ventila como “vida literaria”. Por tanto, no se extrañarán que no ejerza de documentalista de mis huellas en los muy escasos rincones libres del camino.

Felizmente puedo indicarles a los atentos lectores que hay bastante información en internet, y aprovecho para agradecer a las personas que han tenido la gentileza de ocuparse allí de mi labor.

Con respecto al individuo que trato de conocer como Héctor Rosales, les escribo lo siguiente en este espejo.

De familia española (abuelos y padre gallegos), nací en Montevideo en abril de 1958. Los nombres de aquellos abuelos: Balbina y Eulogio, los de mis padres: Perla y José; tengo un hermano menor, Enrique, y unos cuantos familiares y amistades que, si tratara de apuntarlos aquí, seguro caería en imperdonables omisiones. Vaya mi cariño para todos.

Crecí en un barrio llamado Aires Puros. Una vieja amiga y vecina me aclaraba recientemente que en realidad estábamos en otro denominado Brazo Oriental, pero quiero (la memoria sentimental así lo manda) seguir pensando en el primer nombre. La casa natal, construida por el abuelo materno y donde viví durante mis veinte años uruguayos, está ubicada en la calle Burgues, entre la avenida Propios (desde hace bastante tiempo rebautizada Batlle y Ordóñez) e Ipiranga.

La escuela la cursé en aquel barrio, los estudios secundarios en el Liceo Madre Ana (Sayago) y el bachillerato de Abogacía en el Liceo nº 9, Dr. Eduardo Acevedo (Colón), siempre dentro de Montevideo.

Desde temprana edad debo la afición a la lectura a mi padre y al abuelo mencionado, quienes leían cotidianamente periódicos y libros, compartiendo conmigo diversas impresiones y también leyendo en voz alta lo que consideraban oportuno para aquel niño. Recuerdo además, con entrañable aliento, los cuentos infantiles trasmitidos por mi madre, que tanto incentivaron la imaginación.

Los años de la niñez fueron creciendo entre amistades, juegos, estudios y hogar; es la etapa más plena de mi vida, donde las ráfagas de dicha nos asaltaban por todos los flancos y no había manera de que la pena o el desánimo, que también comenzaban a turnarse para mostrar el mundo, duraran más que nuestras ganas de inventar la alegría.

Mi abuelo murió cuando cumplí doce años; a los tres siguientes comenzó la dictadura militar y fallecía mi abuela materna luego de una dolorosa enfermedad mental, que más tarde creímos pudo ser Alzheimer.

El deterioro social y económico del país arrancaba desde fines de los años cincuenta y comienzos del sesenta. Lo comprobé durante mi extraña adolescencia, mucho más desvalida para mi generación, privada de todos aquellos soportes que la proyectaran hacia delante y la consustanciaran suficientemente con su entorno y con un futuro en común.

Hacia la segunda mitad de 1976 comencé a escribir mis primeros textos, cuentos cortos y poemas de raíz popular, sencillos y sentidos, que puse en manos de amistades y de familiares muy próximos. Durante 1977 y 1978 organicé los que serían mis dos libros iniciales, que me ayudaron mucho a sobrellevar la oscura turbulencia de aquel tiempo, y que me acompañarían luego a España, donde se publicaron sin mayores demoras.

Partí de Uruguay a mediados de enero de 1979. Desde aquella soleada y triste tarde montevideana hasta la fecha, he residido en Barcelona y antes en dos de sus poblaciones satélites, en las cuales estuve radicado catorce años.

En Catalunya afiancé mis letras y desplegué publicaciones. Formé parte de un equipo literario, el Grupo Ahora, que realizó actividades entre 1979 y 1986 (estudios de obras nuestras y de otros autores, ediciones de diversas series impresas, recitales, presentaciones y coloquios). Paralelamente pude ocuparme de más tareas: colaboraciones con otros escritores, artistas plásticos y músicos, programas de radio, fotografía, diseño gráfico y publicidad.

Estuve empleado varios años en un almacén de relojería, luego dirigí por otros tantos una escuela de idiomas, sin dejar de vincularme con revistas y medios de comunicación. Actualmente dirijo la Librería Inglesa de Barcelona, en la que llevo cerca de nueve años. Sigo haciendo diseño gráfico para un grupo de empresas y, de tanto en tanto, cultivo también la fotografía, que siempre me ha gustado mucho.

En estos doce años instalado en la capital catalana vivo con mi compañera Mª Carmen en un pequeño apartamento de la zona de Horta / Nou Barris, donde está mi principal estudio de trabajo. Últimamente tenemos algunos planes de mudanza, que estamos desarrollando sobre el terreno.

Los viajes han aportado experiencias esenciales, como los primeros realizados a diversas regiones de España, en especial hacia Galicia, buscando las raíces familiares y el conocimiento directo de aquella cultura. Dos ciudades muy significativas en aquellos periplos: Pontevedra y Santiago de Compostela.

Fue igualmente decisivo el primer retorno a Uruguay, a mediados de 1986, cuando contaba más de siete años y medio de ausencia. Después vendrían visitas más seguidas, que permitieron una comunicación mucho más rica con viejas y nuevas amistades, y el seguimiento de las realidades locales con los matices que a veces impide el exterior.

Además de distintas ciudades del Cono Sur Latinoamericano, hay otras que revelaron contrastes y perfiles sumamente estimulantes para la reflexión, hablo de Lisboa, Atenas, Praga, Londres, Estocolmo, Venecia, Berlín, París, Marrakech, Florencia y, a Dios gracias, un extenso etcétera, al que todavía se desea incorporar nuevas rutas. Mención aparte merece el conocimiento de pequeños pueblos, aldeas y caseríos dispersos entre miles de kilómetros, poblaciones y espacios que dejaron numerosas lecciones de humanidad y sentido común, de hondo contacto con la tierra que nos hace y consume según sus directrices.

Los libros fundamentales en mis lecturas, las personalidades (ya fueran célebres o desconocidas) que traté en mis aprendizajes, la música, el cine, la pintura y cualquiera de las artes que tanto me ayudaron a transitar los días, como otros aspectos que pudieran ser de interés para delinear la existencia de este servidor vuestro, quedarán para otra ocasión, si es que vale la pena que la propia pluma recorra los dominios de un espejo que calla más de lo que refleja de los ojos que lo miran.

Quizás algunos versos ayuden a franquear ese cruzado silencio. No lo sé. De todos modos giro mi cabeza hacia las sombras que el atardecer viene arrimando a la ventana, brindo por Blanca, por las palabras (virtuales o de cualquier tipo) que nos amparen, y por ustedes, que caminan con nosotros noche adentro.



Héctor Rosales
Barcelona, 26 y 27 de agosto de 2004





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