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Las Vrgenes terrestres
de Enriqueta Ochoa


    Editora del fonograma:
    Voz Viva de Mxico. UNAM

en la voz de Enriqueta Ochoa    


Las Vrgenes terrestres



Para Marianne, mi hija



En vano envejecers doblado en los archivos:
no encontrars mi nombre.
En vano medirs los surcos sementados
queriendo hallar mis propiedades.
No tengo posesiones.
En cambio,
es mo el sueo de los valles arrobados
y mo el subterrneo rumor de la semilla.
Si me extraviara a tientas en la oscuridad,
cmo podran llamarme y entenderles?
Llmenme con el nombre
del nico incoloro vestido que he llevado:
el de virgen terrestre.


I


Duele la tierra henchida de vigores
sollamando la frente,
quemando las entraas...
Todo mi nombre dentro se me rompe de odio.
Odio a la puerta en m siempre llamada,
odio al jardn de afanes desgajados
entre el sol y la muerte.
Por encima de las colinas arde la luz.
El tiempo se deshoja
y yo envejezco aqu traspasada de urgencias
frente a la puerta hermtica.
Soy la virgen terrestre espesa de amargura,
desolada corriendo
del reguero de impactos en mi pulso.
Ya no me soporto en las grietas de la espera
ni el sopor del silencio.


II


Mentira que somos frescas quiebras cintilando en el agua!,
que un temblor de castidad serena
nos albea la frente;
que los luceros se exprimen en los ojos
y nos embriagan de paz.
Mentira!
Hay una corriente oscura disuelta en las entraas
que nos veda pisar sin ser odas
y sostener equilibrio de rodillas
con un racimo de luces extasiadas
en el pecho.


III


Dicen que una debe
morderse todas las palabras
y caminar de puntas, con sigilo, cubriendo las rendijas,
acallando al instinto desatado,
y poblando de estrellas las pupilas para ahogar
el violento delirio del deseo.
Pero es que si el cuerpo
pide su eternidad limpio y derecho,
es un mordiente enojo andarle huyendo;
dejar su temblorosa mies ardiendo a solas
sin el olor oscuro de los pinos.
Siempre cerrada, ignorando cmo se desgaja
el surco dorado ante la siembra;
de tumbo en tumbo,
cerrados los sentidos
y alumbrndose a medias.


IV


Viejas causas, cnones hostiles,
fervorosos principios maniatndome.
Sobre qu ejes giran que me doblan
a beberme la muerte en la conciencia?
Yo me miro y no soy sino una cripta en llamas,
una existencia informe, sonmbula,
cargada de fatiga.
Es lcito permitir que se extinga
en servidumbre enferma
el brbaro reclamo que nos sube
de abordar a la tierra por la tierra?


V


En esta brava inmensidad
no logran retenerme los desvaros blandos
o el mpetu del sueo.
La tierra es ruda, trmula, ardorosa,
y se me expande dentro.
El vrtigo sanguneo esplende
arrebatando al canto
y ni le puedo contener el paso
ni sustraerme a los labios
que me caen al papel como dos brasas.


VI


Pienso en las abastecidas, las satisfechas,
las del ancho mar;
las que reciben el regocijo vital de las corrientes
cauces donde la vida vibra y eterniza.
Pienso en las abastecidas
y me irrita el despecho
de mi roja marea sofocada;
de no encontrar la presencia de Dios
por ningn ngulo
y andar de pueblo en pueblo emblanquecida de miedo,
de pasin y de tedio,
sepulto el corazn bajo el holln
de todos los recelos.


VII


Te rindo y te maldigo gran olor de la tierra,
tempestad original,
relmpago dulcsimo de muerte.
Te maldice el temor
de ver que Dios no acierte a descifrar mi nombre:
porque yo, la que soy,
no asisto ni en el monte Tabor
para el desposamiento en brillos
ni escalo
por los peldaos de la sangre al sol.
Dije que era un vaivn de ola sombra:
la ola de las vrgenes terrestres,
las que no recibimos ms nombre
que el que nos dieron nias en la pila;
y cuando Dios nos llame
no podr encontrarnos.
Dir: las innombradas,
los desvados soplos, los desplomes silentes,
las estepas perdidas bajo esfumino duro.
Y nosotras, cubiertas de humo en las honduras
de un pas olvidado,
vocearemos respuestas en remolino clido,
arderemos los montes,
alzaremos los brazos con furia atropellada,
y todas en un grito hendiendo los contornos
serpentearemos secas, deshechas de agona.
Pero intil, intil,
porque a la tierra estril
no se le oyen los labios.



ENRIQUETA OCHOA


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