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En la red de cristal que la estrangula... (Muerte sin fin)
de Jos Gorostiza


    Editora del fonograma:
    Voz Viva de Mxico. UNAM

en la voz de Jos Gorostiza    


En la red de cristal que la estrangula... (Muerte sin fin)



En la red de cristal que la estrangula,
el agua toma forma,
la bebe, s, en el mdulo del vaso,
para que ste tambin se transfigure
con el temblor del agua estrangulada
que sigue all, sin voz, marcando el pulso
glacial de la corriente.
Pero el vaso
a su vez
cede a la informe condicin del agua
a fin de que a su vez la forma misma,
la forma en s, que est en el duro vaso
sosteniendo el rencor de su dureza
y est en el agua de aguijada espuma
como presagio cierto de reposo,
se pueda sustraer al vaso de agua;
un instante, no ms,
no ms que el mnimo
perpetuo instante del quebranto,
cuando la forma en s, la pura forma
se abandona al designio de su muerte
y se deja arrastrar, nubes arriba,
por ese atormentado remolino
en que los seres todos se repliegan
hacia el sopor primero,
a constriur el escenario de la nada.
Las estrellas entonces ennegrecen.
Han vuelto al dardo insomne
a la noche perfecta de su aljaba.

Porque en el lento instante del quebranto,
cuando los seres todos se repliegan
hacia el sopor primero
y en la pira arrogante de la forma
se abrasan, consumidos por su muerte
ay, ojos, dedos, labios,
etreas llamas del atroz incendio!
el hombre ahoga con sus manos mismas,
en un negro sabor de tierra amarga,
los himnos claros y los roncos trenos
con que cantaba la belleza,
entre tambores de gangoso idioma
y esbeltos cmbalos que dan al aire
sus golondrinas de latn agudo;
ay, los trenos e himnos que loaban
la rosa marinera
que consuma el periplo del jardn
con sus velas henchidas de fragancia;
y el malsano crepsculo de herrumbre,
amapola del aire lacerado
que se pincha en las pas de un gorjeo;
y la febril estrella, lis de calosfro,
punto sobre las es
de las tinieblas;
y el rojo cliz del pezn macizo,
sola flor de granado
en la cima angustiosa del deseo,
y la mandrgora del sueo amigo
que crece en los escombros cotidianos
ay, todo el esplendor de la belleza
y el bello amor que la concierta toda
en un orbe de imanes arrobados.

Porque el tambor rotundo
y las ricas bengalas que los cmbalos
tremolan en la altura de los cantos,
se anegan, ay, en un sabor de tierra amarga,
cuando el hombre descubre en sus silencios
que su hermoso lenguaje se le agosta,
se le quema confuso en la garganta,
exhausto de sentido;
ay, su areo lenguaje de colores,
que as se jacta del matiz estricto
en el humo aterrado de sus sienas
o en el sol de sus tibios bermellones;
l, que discurre en la ansiedad del labio
como una lenta rosa enamorada;
l, que cincela sus celos de paloma
y modula sus ltigos feroces;
que salta en sus cadas
con un ruidoso sncope de espumas;
que prolonga el insomnio de su brasa
en las mustias cenizas del odo;
que oscuramente repta
e hinca enfurecido la palabra
de hiel, la tuerta frase de ponzoa;
l, que labra el amor del sacrificio
en columnas de ritmos espirales,
s, todo l, lenguaje audaz del hombre,
se le ahoga confuso en la garganta
y de su gracia original no queda
sino el horror de un pozo desecado
que sostiene su mueca de agona.

Porque el hombre descubre en sus silencios
que su hermoso lenguaje se le agosta
en el minuto mismo del quebranto,
cuando los peces todos
que en cautelosas rbitas discurren
como estrellas de escamas, diminutas,
por la entumida noche submarina,
cuando los peces todos
y el ulises salmn de los regresos
y el delfn apolneo, pez de dioses,
deshacen su camino hacia las algas;
cuando el tigre que huella
la castidad del musgo
con secretas pisadas de resorte
y el breas de los ciervos presurosos
y el cordero Luis XV, gemebundo,
y el lon babilnico
que aora el alabastro de los frisos
flores de sangre, eternas,
en el racimo inmemorial de las especies!
cuando todos inician el regreso
a sus mudos letargos vegetales;
cuando la aguda alondra se desle
en el agua del alba,
mientras las aves todas
y el solitario bho que medita
con su antifaz de fsforo en la sombra,
la golondrina de escritura hebrea
y el pequeo gorrin, hambre en la nieve,
mientras todas las aves se disipan
en la noche enroscada del reptil;
cuando todo por fin lo que anda o repta
y todo lo que vuela o nada, todo,
se encoge en un crujir de mariposas,
regresa a su orgenes y al origen fatal de sus orgenes,
hasta que su eco mismo se reinstala
en el primer silencio tenebroso.

Porque los bellos seres que transitan
por el sopor aoso de la tierra
trasgos de sangre, libres,
en la pantalla de su sueo impuro!
todos se dan a un frenes de muerte,
ay, cuando el sauce
acumula su llanto
para urdir la substancia de un delirio
en que t! yo! nosotros! de repente,
a fuerza de atar nombres destemplados,
ay, no le queda sino el tronco prieto,
desnudo de oracin ante su estrella;
cuando con l, desnudos, se sonrojan
el lamo tembln de encanecida barba
y el eucalipto rumoroso,
tmpano de follaje
y tornillo sin fin de la estatura
que se pierde en las nubes, persiguindose;
y tambin el cerezo y el durazno
en su loca efusin de adolescentes
y la angustia espantosa de la ceiba
y todo cuanto nace de races,
desde el heroico roble
hasta la impbera
menta de boca helada;
cuando las plantas de sumisas plantas
retiran el ramaje presuntuoso,
se esconden en sus speras races
y en la acerba raz de sus raices
y presas de un absurdo crecimiento
se desarrollan hacia la semilla,
hasta quedar inmviles
oh cementerios de talladas rosas!
en los duros jardines de la piedra.

Porque desde el anciano roble heroico
hasta la impbera
menta de boca helada,
ay, todo cuanto nace de races
establece sus tallos paralticos
en los duros jardines de la piedra,
cuando el rub de anglicos melindres
y el diamante iracundo
que fulmina a la luz con un reflejo,
ms el ario zafir de ojos azules
y la gergica esmeralda que se anega
en el abril de su robusta clorofila,
una a una, las piedras delirantes,
con sus lindas hermanas cenicientas,
turquesa, lapislzuli, alabastro,
pero tambin el oro prisionero
y la plata de lengua fidedigna,
ingenua ruiseor de los metales
que se ahoga en el agua de su canto;
cuando las piedras finas
y los metales exquisitos, todos,
regresan a sus nidos subterrneos
por las rutas candentes de la llama,
ay, ciegos de su lustre,
ay, ciegos de su ojo,
que el ojo mismo,
como un siniestro pjaro de humo
en su aterida combustin se arranca.

Porque raro metal o piedra rara,
as como la roca escueta, lisa,
que figura castillos
con slo naipes de aridez y escarcha,
y as la arena de arrugados pechos
y el humus maternal de entraa tibia,
ay, todo se consume
con un mohno crepitar de gozo,
cuando la forma en s, la forma pura,
se entrega a la delicia de su muerte
y en su sed de agotarla a grandes luces
apura en una llama
el aceite ritual de los sentidos,
que sin labios, sin dedos, sin retinas,
s, paso a paso, muerte a muerte, locos,
se acogen a sus tmidas matrices,
mientras unos a otros se devoran
al animal, la planta
a la planta, la piedra
a la piedra, el fuego
al fuego, el mar
al mar, la nube
a la nube, el sol
hasta que todo este fecundo ro
de enamorado semen que conjuga,
inaccesible al tedio,
el suntuoso caudal de su apetito,
no desembca en sus entraas mismas,
en el acre silencio de sus fuentes,
entre un fulgor de soles emboscados,
en donde nada es ni nada est,
donde el sueo no duele,
donde nada ni nadie, nunca, est muriendo
y solo ya, sobre las grandes aguas,
flota el Espritu de Dios que gime
con un llanto ms llanto an que el llanto,
como si herido ay, l tambin! por un cabello,
por el ojo en almendra de esa muerte
que emana de su boca,
hubiese al fin ahogado su palabra sangrienta.

ALELUYA, ALELUYA!




JOS GOROSTIZA


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