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El sitio en que tan bien se est
de Eliseo Diego


    Editora del fonograma:
    Palabra de esta Amrica

en la voz de Eliseo Diego    


El sitio en que tan bien se est



1


EL sitio donde gustamos las costumbres,
las distracciones y demoras de la suerte,
y el sabor breve por ms que sea denso,
difcil de cruzarlo como fragancia de madera,
el nocturno caf,
bueno para decir esto es la vida,
confndanse la tarde y el gusto,
no pase nada, todo sea
lento y paladeable como espesa noche
si alguien pregunta dganle
aqu no pasa nada, no es ms que la vida,
y usted tendr la culpa como un lo de trapos
si luego nos dijeran qu se hizo la tarde,
qu secreto perdimos que ya no sabe,
que ya no sabe nada.


2


Y hablando de la suerte sean los espejos
por un ejemplo comprobacin de los difuntos
y hablando y trabajando
en las reparaciones imprescindibles del invierno,
sean los honorables como fardos de lino
y al ms pesado trbelo
una florida cuerda y sea presidente,
que todo lo compone,
el hgado morado de mi abuela y su entierro
que nunca hicimos como quiso porque llova tanto.


3


Ella, siempre
lo dijo: tpenme
bien los espejos,
que la muerte presume.

Mi abuela, siempre
lo dijo: guarden
el pan,
para que haya
con qu alumbrar la casa.

Mi abuela, que no tiene,
la pobre, casa
ya,
ni cara.

Mi abuela,
que
en paz
descanse.


4


Los domingos en paz me descansa
la finca de los fieles difuntos,
cuyo gesto tan propio,
el silencioso "pasen" dignsimo
me conmueve y extraa
como palabra de otra lengua.
En avenidas los crepsculos
para el que, cansado, sin prisa
se vuelve por su pecho adentro
hacia los das de dulces nombres,
jueves, viernes, domingo de antes.
No hay aqu ms que las tardes
en orden bajo los graves lamos.
(Las maanas, en otra parte,
las noches, puede que por la costa.)
Vengo de gala negra, saludo,
escojo, al azar, alguna,
vuelvo, despacio, crujiendo hojas
de mi ao mejor, el noventa.
Y en paz descanso estas memorias,
que todo es una misma copa
y un solo sorbo la vida sta.
Qu fiel tu cario, recinto,
vaso dorado, buen amigo.


5


Un sorbo de caf a la madrugada,
de caf solo, casi amargo,
he aqu el reposo mayor, mi buen amigo,
la confortable arcilla donde bien estamos.
Alta la noche de los flancos largos
y pelo de mojado algodn ceniciento,
en el estrecho patio reza
sus pobres cuentas de vidrio fervorosas,
en beneficio del tranquilo,
que todo lo soporta en buena calma y cruza
sobre su pecho las manos como bestias mansas.
Qu parecido!, ha dicho, vago buho,
su gran reloj de mesa,
y la comadre cruje sus leos junto a la mampara
si en soledad la dejan,
como anciana que duerme sus angustias
con el murmullo confortador del viento.
De nuevo la salmodia de la lluvia cayendo,
lentos pasos nocturnos, que se han ido,
lentos pasos del alba, que vuelve
para echarnos, despacio, su ceniza
en los ojos, su sueo,
y entonces slo un sorbo de caf nos amiga
en su dulzura con la tierra.


6


Y hablando del pasado y la penuria,
de lo que cuesta hoy una esperanza,
del interior y la penumbra,
de la Divina Comedia. Dante: mi seudnimo,
que fatigosamente compongo cuando llueve,
verso con verso y sombra y sombra
y el olor de las hojas mojadas: la pobreza,
y el rado jardn y las hormigas que mueren
cuando tocaban ya los muros del puerto,
el olor de la sombra
y del agua y la tierra
y el tedio y el papel de la Divina Comedia,
y hablando y trabajando
en estos alegatos de socavar miserias,
giro por giro hasta ganar la pompa,
contra el vaco el oro y las volutas,
la elocuencia embistiendo los miedos,
contra la lluvia la Repblica,
contra el paludismo quin sino la Repblica,
a favor de las viudas
y la Rural contra toda suerte de fantasmas:
no tenga miedo, seor, somos nosotros, duerma,
no tenga miedo de morirse,
contra la nada estar la Repblica
en tanto el caf como la noche nos acoja,
con todo eso, seor, con todo eso,
trabajoso levanto a travs de la lluvia,
con el terror y mi pobreza,
giro por giro hasta ganar la pompa,
la Divina Comedia, mi Comedia.


7


Tendr que ver
cmo mi padre lo deca:
la Repblica.

En el tranva amarillo:
la Repblica, era,
lleno el pecho, como
decir la suave,
amplia, sagrada
mujer que le dio hijos.

En el caf morado:
la Repblica, luego
de cierta pausa, como
quien pone su bastn
de granadillo, su alma,
su ofrendada justicia,
sobre la mesa fra.
Como si fuese una materia,
el alma. la camisa,
las dos manos,
una parte cualquiera
de su vida.

Yo, que no s
decirlo: la Repblica.


8


Y hablando y trabajando
en las reparaciones imprescindibles del recuerdo,
de la tristeza y la paloma
y el vals sobre las olas
y el color de la luna, mi bien amada,
tu misterioso color de luna entre hojas,
y las volutas doradas ascendiendo
por las consolas que nublan las penumbras,
giro por giro hasta ganar la noche,
y el General sobre la mesa erguido
con su abrigo de hieles,
siempre derecho, siempre:
si aquel invierno ya muerto cmo nos enfra!
pero tu delicada msica,
oh mi seora de las cintas teidas en la niebla,
vuelve si cantan los gorriones sombros en las tapias,
a la hora del sueo y de la soledad, los constructores,
cuando me daban tanta pena los muertos
y bastara que callen los sirvientes,
en los bajos oscuros, para que ruede
de mi mano la ltima esfera de vidrio
al suelo de madera sonando sordo
en la penumbra como deshabitado sueo.


9


Tenas el portal
ancho, franco, segn se manda,
como una generosa
palabra: pasen reposada.

Se te colmaba
la espaciosa frente, como
de buenos pensamientos,
de palomas.

Qu regazo el tuyo
de piedra, fresco, para
las hojas!

Que corazn el tuyo.
qu abrigada prpura,
silenciosa!

Deshabitada,
tu familia
dispersa, ciegas
tus vidrieras,
qu sola te quedaste.
mi madre, con tus huesos,
que tengo que soarte, tan despacio.
por tu arrasada tierra.


10


Y hablando de los sueos
en este sitio donde gustamos lo nocturno
espeso y lento, lujoso de promesas,
el pardo confortable,
si me callase de repente,
bien miradas las heces,
los enlodados fondos y las mrgenes,
las volutas del humo, su demorada filtracin
giro por giro hasta llenar el aire,
aqu no pasa nada, no es ms que la vida
pasando de la noche a los espejos
arredados en oro, en espirales,
y en los espejos una mscara
lo ms ornada que podamos pensarla,
y esta mscara gusta
dulcemente su sombra en una taza
lo ms ornada que podamos soarla,
su pastosa penuria, su esperanza.
Y un cuidadoso giro
azul que dibujamos soplando lento.





Seleccin: Jess J. Barquet y Norberto Codina



ELISEO DIEGO


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