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Saln de baile
de Al Chumacero


    Editora del fonograma:
    Voz Viva de Mxico. UNAM

en la voz de Al Chumacero    


Saln de baile



Msica y noche arden renovando el espacio, inundan
sobre el cieno las ridas pupilas, relmpagos cados
al bronce que precede la cima del letargo.

De orilla a orilla flota la penumbra
siempre reconocible, aquella que vean y hoy miramos
y habrn de contemplar en el dintel
donde una estrella elude la catstrofe, airosa
ante el insomnio donde nacen la msica y la noche
como si un viento o la cancin dejaran restos de su humedad.

Puesta la boca sobre el polvo por si hay esperanza
o por si acaso, en el placer la arcilla anima la memoria
y la conservacin violenta de la especie.

Porque amados del himno y las tinieblas, aprendiendo a morir,
los cuerpos desafan el sosiego;
descienden sierpes, guilas retornan con spero sopor,
y en lucha contra nadie tejen la sbana que aguarda
como la faz al golpear un pao oscuro
hace permanecer el miedo en una fatiga inagotable.

Sudores y rumor desvan las imgenes,
asedian la avidez frente al girar del vino que refleja
la turba de mujeres cantando bajo el stano.

A lo humo reducido, los ojos de la esclava,
alud que en vano ruega, ah holgar la estirpe confundida
por brbaros naufragios, desoyendo
la espuma de la afrenta, el turbio eco al compartir
con islas que desolan armonas
la sofocante forma del lecho vencedor.

Desde su estanque taciturno increpan los borrachos
el bello acontecer de la ceniza, y luego entre las mesas
la tirana agolpa un muro de puales.

Sobre la roca inerte se disipa el nombre que grab
la cautelosa bestia: asolada la mscara
en la sombra, tranquilo escombro que antes del desplome
ignora la espesura colmada de la herrumbre,
en su orfandad exige, implora, accede
al signo de la vid propicia a la simiente.

Cuando cede la msica al fervor de la apariencia, grises
como las slabas que olvida el coro,
casi predestinados se encaminan los rostros a lo eterno.

Vuelve la espada a su lugar, arrastra
hacia el asombro de Can el dcil resplandor
del movimiento, impulsos y distancia mezclan la misma ola
y slo en su heredad persisten los borrachos,
vulnerables columnas que prefieren
del silencio elegido la sapiencia de la desesperanza.
Saln de baile

Msica y noche arden renovando el espacio, inundan
sobre el cieno las ridas pupilas, relmpagos cados
al bronce que precede la cima del letargo.

De orilla a orilla flota la penumbra
siempre reconocible, aquella que vean y hoy miramos
y habrn de contemplar en el dintel
donde una estrella elude la catstrofe, airosa
ante el insomnio donde nacen la msica y la noche
como si un viento o la cancin dejaran restos de su humedad.

Puesta la boca sobre el polvo por si hay esperanza
o por si acaso, en el placer la arcilla anima la memoria
y la conservacin violenta de la especie.

Porque amados del himno y las tinieblas, aprendiendo a morir,
los cuerpos desafan el sosiego:
descienden sierpes, guilas retornan con spero sopor,
y en lucha contra nadie tejen la sbana que aguarda
como la faz al golpear un pao oscuro
hace permanecer el miedo en una fatiga inagotable.

Sudores y rumor desvan las imgenes,
asedian la avidez frente al girar del vino que refleja
la turba de mujeres cantando bajo el stano.

A humo reducidos los ojos de la esclava,
alud que en vano ruega, ah holgar la estirpe confundida
por brbaros naufragios, desoyendo
la espuma de la afrenta, el turbio eco al compartir
con islas que desoan armonas
la sofocante forma del lecho vencedor.

Desde su estanque taciturno increpan los borrachos
el bello acontecer de la ceniza, y luego entre las mesas
la tirana agolpa un muro de puales.

Sobre la roca inerte se disipa el nombre que grab
la cautelosa bestia: asolada la mscara
en la sombra, tranquilo escombro que antes del desplome
ignora la espesura colmada de la herrumbre,
en su orfandad exige, implora, accede
al signo de la vid propicia a la simiente.

Cuando cede la msica al fervor de la apariencia, grises
como las slabas que olvida el coro,
casi predestinados se encaminan los rostros a lo eterno.

Vuelve la espada a su lugar, arrastra
hacia el asombro de Can el dcil resplandor
del movimiento, impulsos y distancias mezclan la misma ola
y slo en su heredad persisten los borrachos,
vulnerables columnas que prefieren
del silencio elegido la sapiencia de la desesperanza.



De: Palabras en reposo



AL CHUMACERO


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