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A Espaa, despus de la revolucin de marzo
de Manuel Jos Quintana


    Editora del fonograma:
    Alhambra Longman

en la voz de Pedro Mara Snchez    


A Espaa, despus de la revolucin de marzo



Qu era, decidme, la nacin que un da
reina del mundo proclam el destino,
la que a todas las zonas extenda
su cetro de oro y su blasn divino?
Volbase a Occidente,
y el vasto mar Atlntico sembrado
se hallaba de su gloria y su fortuna.
Doquiera Espaa; en el preciado seno
de Amrica, en el Asia, en los confines
del frica, all Espaa. El soberano
vuelo de la atrevida fantasa
para abarcarla se cansaba en vano;
la tierra sus mineros le renda,
sus perlas y coral el oceano.
Y donde quier que revolver sus olas
l intentase, a quebrantar su furia
siempre encontraba costas espaolas.

Ora en el cieno del oprobio hundida,
abandonada a la insolencia ajena,
como esclava en mercado, ya aguardaba
la ruda argolla y la servil cadena.
Qu de plagas, oh Dios! Su aliento impuro
la pestilente fiebre respirando,
infest el aire, emponzo la vida;
el hambre enflaquecida
tendi los brazos lvidos, ahogando
cuanto el contagio perdon; tres veces
de Jano el templo abrimos,
y a la trompa de Marte aliento dimos;
tres veces, ay!, los dioses tutelares
su escudo nos negaron, y nos vimos
rotos en tierra y rotos en los mares.
Qu en tanto tiempo viste
por tus inmensos trminos, oh Iberia?
Qu viste ya, sino funesto luto,
honda tristeza, sin igual miseria,
de tu vil servidumbre acerbo fruto?

As, rota la vela, abierto el lado,
pobre bajel, a naufragar camina,
de tormenta en tormenta despeado,
por los yermos del mar; ya ni en su popa
las guirnaldas se ven que antes le ornaban,
ni, en seal de esperanza y de contento,
la flmula riendo al aire ondea.
Ces en su dulce canto el pasajero,
ahog su vocero
el ronco marinero,
terror de muerte en torno le rodea,
terror de muerte silenciosos y fro;
y l va a estrellarse al spero bajo.

Llega el momento, en fin; tiende su mano
el tirano del mundo al Occidente,
y fiero exclama: El Occidente es mo.
Brbaro gozo en su ceuda frente
resplandeci, como en el seno oscuro
de nube tormentosa en el esto
relmpago fugaz brilla un momento
que aade horror con su fulgor sombro.
Sus guerreros feroces
con gritos de soberbia el viento llenan;
gimen los yunques, los martillos suenan;
arden las forjas. Oh, vergenza! Acaso
pensis que espadas son para el combate
las que mueven sus manos codiciosas?
No en tanto os estimis; grillos, esposas
cadenas son que en vergonzosos lazos
por siempre amarren tan inertes brazos.

Estremecise Espaa
del indigno rumor que cerca oa,
y al gran impulso de su justa saa
rompi el volcn que en su interior herva.
Sus dspotas antiguos,
consternados y plidos se esconden;
resuena el eco de venganza en torno,
y del Tajo las mrgenes responden:
Venganza! Dnde estn, sagrado ro,
los colosos de oprobio y de vergenza
que nuestro bien en su insolencia ahogaban?
Su gloria fue, nuestro esplendor comienza;
y t, orgullosos y fiero,
viendo que an hay Castilla y castellanos,
precipitas al mar tus rubias ondas,
diciendo: Ya acabaron los tiranos.

Oh triunfo! Oh gloria! Oh celestial momento!
Con qu puede ya dar el labio mo
el nombre augusto de la patria al viento?
Yo le dar; mas no en el arpa de oro
que mi cantar sonoro
acompa hasta aqu; no aprisionado
en estrecho recinto, en que se apoca
el numen en el pecho
y el aliento fatdico en la boca.
Desenterrad la lira de Tirteo,
y el aire abierto a la radiante lumbre
del sol, en la alta cumbre
del riscoso y pinfero Fuenfra,
all volar yo, y all cantando
con voz que atruene en derredor la sierra,
lanzar por los campos castellanos
los ecos de la gloria y de la guerra.

Guerra, nombre tremendo, ahora sublime,
nico asilo y sacrosanto escudo
al mpetu saudo
del fiero Atila que a Occidente oprime
Guerra, guerra, espaoles! Es el Betis;
ved del Tercer Fernando alzarse airada
la augusta sombra; su divina frente
mostrar Gonzalo en la imperial Granada;
blandir el Cid su centelleante espada,
y all sobre los altos Pirineos,
del hijo de Jimena
animarse los miembros giganteos.
En torvo ceo y desdeosa pena,
ved cmo cruzan por los aires vanos;
y el valor exhalando que se encierra
dentro del hueco de sus tumbas fras,
en fiera y ronca voz pronuncian:Guerra!

Pues qu! Con faz serena
vierais los campos devastar opimos,
eterno objeto de ambicin ajena,
herencia inmensa que afanando os dimos?
Despertad,raza de hroes; el momento
lleg ya de arrojarse a la victoria:
que vuestro nombre eclipse nuestro nombre,
que vuestra gloria humille nuestra gloria.
No ha sido en el gran da
el altar de la patria alzado en vano
por vuestra mano fuerte.
Juradlo, ella os lo manda: Antes la muerte
que consentir jams ningn tirano!


Si, yo lo juro, venerables sombras;
yo lo juro tambin, y en este instante
ya me siento mayor. Dadme una lanza,
ceidme el casco fiero y refulgente;
volemos al combate, a la venganza;
y el que niegue su pecho a la espernaza,
hunda en el polvo la cobarde frente.
Tal vez el gran torrente
de la devastacin en su carrera
me llevar. Qu importa? No ir, expirando,
a encontrar nuestros nclitos mayores?
Salud, oh padres de la patria ma,
yo les dir, salud! La heroica Espaa
de entre el estrago universal y los horrores
levanta la cabeza ensangrentada,
y vencedora de su mal destino,
vuelve a dar a la tierra amedrentada
su cetro de oro y su blasn divino.



MANUEL JOS QUINTANA


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