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Rapsodia para el mulo
de Jos Lezama Lima


    Editora del fonograma:
    Visor Libros

en la voz de Jos Lezama Lima    
Colaboracin: Eduardo Ortiz Moreno    
Pgina web de Voces que dejan huellas    


Rapsodia para el mulo



Con qu seguro paso el mulo en el abismo.

Lento es el mulo. Su misin no siente.
Su destino frente a la piedra, piedra que sangra
creando la abierta risa en las granadas.
Su piel rajada, pequesimo triunfo ya en lo oscuro,
pequesimo fango de alas ciegas.
La ceguera, el vidrio y el agua de tus ojos
tienen la fuerza de un tendn oculto,
y as los inmutables ojos recorriendo
lo oscuro progresivo y fugitivo.
El espacio de agua comprendido
entre sus ojos y el abierto tnel,
fija su centro que le faja
como la carga de plomo necesaria
que viene a caer como el sonido
del mulo cayendo en el abismo.

Las salvadas alas en el mulo inexistentes,
ms apuntala su cuerpo en el abismo
la faja que le impide la dispersin
de la carga de plomo que en la entraa
del mulo pesa cayendo en la tierra hmeda
de piedras pisadas con un nombre.
Seguro, fajado por Dios,
entra el poderoso mulo en el abismo.

Las sucesivas coronas del desfiladero
van creciendo corona tras corona
y all en lo alto la carroa
de las ancianas aves que en el cuello
muestran corona tras corona.
Seguir con su paso en el abismo.
l no puede, no crea ni persigue,
ni brincan sus ojos
ni sus ojos buscan el secuestrado asilo
al borde preado de la tierra.
No crea, eso es tal vez decir:
No siente, no ama ni pregunta?
El amor trado a la traicin de alas sonrosadas,
infantil en su oscura caracola.
Su amor a los cuatro signos
del desfiladero, a las sucesivas coronas
en que asciende vidrioso, cegato,
como un oscuro cuerpo hinchado
por el agua de los orgenes,
no la de la redencin y los perfumes.
Paso es el paso del mulo en el abismo.

Su don ya no es estril: su creacin
la segura marcha en el abismo.
Amigo del desfiladero, la profunda
hinchazn del plomo dilata sus carrillos.
Sus ojos soportan cajas de agua
y el jugo de sus ojos
sus sucias lgrimas
son en la redencin ofrenda altiva.
Entontado el ojo del mulo en el abismo
y sigue en lo oscuro con sus cuatro signos.
Peldaos de agua soportan sus ojos,
pero ya frente al mar
la ola retrocede como el cuerpo volteado
en el instante de la muerte sbita.
Hinchado est el mulo, valerosa hinchazn
que le lleva a caer hinchado en el abismo.
Sentado en el ojo del mulo,
vidrioso, cegato, el abismo
lentamente repasa su invisible.
En el sentado abismo,
paso a paso, slo se oyen,
las preguntas que el mulo
va dejando caer sobre la piedra al fuego.

Son ya los cuatro signos
con que se asienta su fajado cuerpo
sobre el serpentn de calcinadas piedras.
Cuando se adentra ms en el abismo
la piel le tiembla cual si fuesen clavos
las rpidas preguntas que rebotan.
En el abismo slo el paso del mulo.
Sus cuatro ojos de hmeda yesca
sobre la piedra envuelven rpidas miradas.
Los cuatro pies, los cuatro signos
maniatados revierten en las piedras.

El remolino de chispas slo impide
seguir la misma aventura en la costumbre.
Ya se acostumbra, colcha del mulo,
a estar clavado en lo oscuro sucesivo;
a caer sobre la tierra hinchado
de aguas nocturnas y pacientes lunas.
En los ojos del mulo, cajas de agua.
Aprieta Dios la faja del mulo
y lo hincha de plomo como premio
Cuando el gamo bailarn pellizca el fuego
en el desfiladero prosigue el mulo
avanzando como las aguas impulsadas
por los ojos de los maniatados.
Paso es el paso del mulo en el abismo.

El sudor manando sobre el casco
ablanda la piedra entresacada
del fuego no en las vasijas educado,
sino al centro del tragaluz, oscuro miente.
Su paso en la piedra nueva carne
formada de un despertar brillante
en la cerrada sierra que oscurece.
Ya despertado, mgica soga
cierra el desfiladero comenzado
por hundir sus rodillas vaporosas.
Ese seguro paso del mulo en el abismo
suele confundirse con los pintados guantes de lo estril.
Suele confundirse con los comienzos
de la oscura cabeza negadora.
Por ti suele confundirse, descastado vidrioso.
Por ti, cadera con lazos charolados
que parece decirnos yo no soy y yo no soy,
pero que penetra tambin en las casonas
donde la araa hogarea ya no alumbra
y la porttil lmpara traslada
de un horror a otro horror.

Por ti suele confundirse, t, vidrio descastado,
que paso es el paso del mulo en el abismo.
La faja de Dios sigue sirviendo.
As cuando slo no es chispas, la cada
sino una piedra que volteando
arroja el sentido como pelado fuego
que en la piedra deja sus mordidas intocables.
As contrada la faja. Dios lo quiere,
la entraa no revierte sobre el cuerpo,
aprieta el gesto posterior a toda muerte.
Cuerpo pesado, tu plomada entraa,
inencontrada ha sido en el abismo,
ya que cayendo, terrible vertical
trenzada de luminosos puntos ciegos,
aspa volteando incesante oscuro,
has puesto en cruz los dos abismos.

Tu final no siempre es la vertical de dos abismos.
Los ojos del mulo parecen entregar
a la entraa del abismo, hmedo rbol.
rbol que no se extiende en acanalados verdes
sino cerrado como la nica voz de los comienzos.
Entontado, Dios lo quiere,
el mulo sigue transportando en sus ojos
rboles visibles y en sus msculos
los rboles que la msica han rehusado.
rbol de sombra y rbol de figura
han llegado tambin a la ltima corona desfilada.
La soga hinchada transporta la marea
y en el cuello del mulo nadan voces
necesarias al pasar del vaco al haz del abismo.

Paso es el paso, cajas de aguas, fajado por Dios
el poderoso mulo duerme temblando.
Con sus ojos sentados y acuosos,
al fin el mulo rboles encaja en todo abismo.



De: La fijeza



JOS LEZAMA LIMA


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