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Noche insular: jardines invisibles
de Jos Lezama Lima


    Editora del fonograma:
    Visor Libros

en la voz de Jos Lezama Lima    
Colaboracin: Eduardo Ortiz Moreno    
Pgina web de Voces que dejan huellas    


Noche insular: jardines invisibles



Ms que lebrel, ligero y dividido
al esparcir su dulce acometida,
los miembros suyos, anillos y fragmentos,
ruedan, desobediente son,
al tiempo enemistado.
Su vago verde gira
en la estacin ms leve del roco
que no revela el cuerpo
su oscura caja de cristales.
El mundo suave despereza
su casta acometida,
y los hombres contados y furiosos,
como animales de unidad ruinosa,
dulcemente peinados, sobre nubes.

Cantidades rosadas de ventanas
crecidas en esto,
no preguntan, ni endulzan ni enamoran,
ni sus posibles sueos divinizan
los nmeros hinchados, hipogrifos
que adormecen sonmbulas tijeras,
blancas guedejas de guitarras,
caballos que la lluvia cie
de llaves breves y de llamas suaves.

Lenta y maestra la ventana al fuego,
en la extensin ms ciega del imperio,
vuelve tocando el sigiloso juego
del arenado timbre de las jarras.
No podr hinchar a las campanas
la rica tela de su pesadumbre,
y su duro tesn, tienda
con los grotescos signos del destierro,
como estatua por ros conducida,
disolvindose va, ciega labrndose,
e ironizando sus prestamos de gloria.

El halcn que el agua no acorrala,
extiende su amarillo helado,
su rumor de pronto despertado
como el roco que borra las pisadas
y agranda los signos manuales
del hasto, la ira y el desdn.
Justa la seriedad del agua arrebatada,
sus pasiones ganando su recreo.
Su rumor nadando por el techo
de la mansin siniestra agujereada.

Ofreciendo a la brisa sus torneos,
el halcn remueve la ofrenda de su llama,
su amarillo helado.
Mudo, cerrado huerto
donde la cifra empieza el desvaro.
Ohcautelosa, diosa ma del mar,
tus silenciosas grutas abandona,
llueve en todas las grutas tus silencios
que la nieve derrite suavemente
como la flor por el sueo invadida.
Oh flor rota, escama dolorida,
envolturas de crujidos lentsimos,
en vuestros mundos de pasin alterada,
quedad como la sombra que al cuerpo
abandonando se entretiene eternamente
entre el ro y el eco.

Verdes insectos portando sus fanales
se pierden en la voraz linterna silenciosa.
Cenizas, donceles de rencor apagado,
sus dolorosos silencios, sus errantes
espirales de ceniza y de cieno,
pierden suavemente entregados
en escamas y en frente acariciada.
Aun sin existir el marfil dignifica
el cansancio como los cuadrados negros
de un cielo ligero.
La esbeltez eterna del gamo
suena sus flautas invisibles,
como el insecto de suciedad verdeoro.
El agua con sus piernas escuetas
piensa entre rocas sencillas,
y se abraza con el humo siniestro
que crece sin sonido.
Joven amargo, oh cautelosa,
en tus jardines de humedad conocida
trocado en ciervo el joven
que de noche arrancaba las flores
con sus balanzas para el agua nocturna.
Escarcha envolvente su gemido.
T, el seductor, airado can
de liviana llama entretejido,
perro de llamas y maldito,
entre rocas nevadas y frente de desazn
verdinegra, suavemente paseando.
Tocando en lentas gotas dulces
la piel deshecha en remolinos humeantes.

La misma pequeez de la luz
adivina los ms lejanos rostros.
La Luz vendr mansa y trenzando
el aire con el agua apenas recordada.
Aun el surtidor sin su espada ligera.
Brevedad de esta luz, delicadeza suma.
En tus palacios de cpulas rodadas,
los jardines y su gravedad de hmeda orquesta
respiran con el plumn de viajeros pintados.
Perdidos en las ciudades marinas
los corceles suspiran acariciadas definiciones,
ciegos portadores de limones y almejas.
No es en vuestro cordaje de morados violines
donde la noche golpea.
Inadvertidas nubes y el hombre invisible,
jardines lentamente iniciando
el dbil ruiseor hilando los carbunclos
de la entreabierta siesta
y el parado ro de la muerte.

La mar violeta aora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aqu una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.
La mar inmvil y el aire sin sus aves,
dulce horror el nacimiento de la ciudad
apenas recordada.
Las uvas y el caracol de escritura sombra
contemplan desfilar prisioneros
en sus paseos de lmites siniestros,
pintados efebos en su lejano ruido,
ngeles mustios tras sus flautas,
brevemente sonando sus cadenas.

Entrad desnudos en vuestros lechos marmreos.
Vivid y recordad como los viajeros pintados,
ciudades giratorias, lquidos jardines verdinegros,
mar envolvente, violeta, luz apresada,
delicadeza suma, aire gracioso, ligero,
como los animales de sueo irreemplazable,
o acaso como anglico jinete de la luz
prefieres habitar el canto desprendido
de la nube increada nadando en el espejo,
o del invisible rostro que mora entre el peine y el lago?

La luz grata,
penetradora de los cuerpos bruidos,
cristal que el fuego fortalece,
enva sus agradables sumas de roco.
En esos mundos blandos el hombre despereza,
como el roco de que parten corceles,
extiende el jazmn y las nubes bosteza.
Dioses si no ordenan, olvidan,
separan el roco del verdor mortecino.
Pero la ltima noche venerable
guardaba al pez arrastrado, su agona
de agujas carmeses,
como marinero de blandas cenizas
y altivez rosada.

Entre tubos de vidrio o girasol
disminuye su cielo despedido,
su lengua apuntadora
de canarios y antlopes cifrados,
con dulces marcas y avisado cuello.
Sus breves conductas redoradas
por colecciones de sedientas fresas,
porcelana o bamb, signo de grulla
relamida, ave llama, gualda,
ave mojada, brevemente mecida.
Jardines de laca limitados
por el cielo que pinta
lo que la mano dulcemente borra.
Noble medida del tiempo acariciado.
En su son durmiente las horas revolaban
y palomas y arenas lo cubran.

Una caricia de ese eterno musgo,
mansas caderas de ese suave oleaje,
el planeta lejano las gobierna
con su aliento de plata acompaante.
Alzase en el coro la voz reclamada.
Trencen las ninfas la muerte y la gracia
que diminuto roco al dios se ofrecen.
Dance la luz ocultando su rostro.
Y vuelvan crepsculos y flautas
dividiendo en el aire sus sonrisas.
Incianselos cmbalos y ahuyentan
oscuros animales de frente lloviznada;
a la noche mintiendo inexpresiva
groseros animales sentados en la piedra.
robustos candelabros y cuernos
de culpable metal y son huido.
Desterrando agrietado el arco mensajero
la transparenciadel sonido muere.
El verdeoro de las flautas rompe
entretejidos antlopes de nieve corpulenta
y abreviados pasos que a la nube atormentan.
Puede acaso el granizo armndose
en el sueo, siguiendo sus heridas
preguntar en la nube o en el rostro?
Dance la luz reconciliando
al hombre con sus dioses desdeosos.
Ambos sonrientes, diciendo
los vencimientos de la muerte universal
y la calidad tranquila de la luz.


De: Enemigo rumor



JOS LEZAMA LIMA


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