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Hortensias en la misa
de Marosa Di Giorgio


    Editora del fonograma:
    El cuenco de plata

en la voz de Marosa Di Giorgio    
Página web de El Cuenco de Plata    


Hortensias en la misa



Era una casa sola con el techo a dos aguas y un gran hueco en el centro, una casa posmoderna(…) y un gran ribete de hortensias (éstas agigantadas y en un pardo azul; o blancas, o de color de rosa como azaleas y lloviznas).

Señora Dinorah la bordeó de noche casi sonriendo.

Entonces, apareció el Novio.

Rígido traje. Camisa de organdí de novio, de muerto. La breve melena algo inflada al aire.

Le dijo: —Señora Dinorah, yo soy su Novio. Y hoy es su boda.

—¿Cómo?

—Sí. Y acá.

Ella trastabilló. Quiso respaldarse en las hortensias y éstas cedieron por los tronquillos. Entonces, el sostén vendría sólo de ella misma.

Del pavor, un rato después se le cayó un huevo blando rodando de su interior entre las piernas y hasta el suelo con un leve Plap. Un huevo virgíneo, sin galladura, claro.

El novio se dio cuenta, a pesar de la noche. Y parpadeó.

Luego se recompuso y dijo: Bien; venga señora Dinorah. Vamos a la casa.

Acentuaba la a, era gracioso, y señora Dinorah casi sonrió a pesar de la aterrante situación. Así llegaron a la casa. Se miraron de pie.

No había ningún asiento.

Él dijo: Extraña esta ciudad. Compuesta sólo por esta casa.

—Sí.

Y agregó:

Señora, usted pone huevos, ¿no es cierto?

—Y...

-Bien, entonces quítese esos mantos.

Los mantos eran tres. Afuera, uno negro; azul el de la mitad. Y otro negro después. E iban en cadenillas para que no se corriesen.

Señora Dinorah quedó desnuda. Larga y blanca como una vara, como un manojo. Se le transparentaban los huevos en procesión, los huevos blancos de convento, diáfanos y brillantes como lágrimas. Él agregó:

—Sepamos, señora Dinorah, que hoy tendrá su minuto de gloria y del final.

¡Oh! aún no había iniciado él esta frase y ya, la víctima, señora Dinorah la víctima, la había oído toda y se escapó de las manos de plata del Novio e ingresó a la hortensia. A zarpazos, desapareció ahí. Las flores se estremecían, giraban, hicieron como un huracán, un murmullo disimulante y quedaron juntas y quietas.

El Novio llegó y se detuvo. ¿Ingresar en las flores y buscar? No era tan absurdo. Todo el plantío se había cerrado como un mar. Pasada una larga hora, señora Dinorah se alzó apenas, con levedad, sacó un ojo temblando para ver qué había. No vio nada, pero, igualmente, se agachó a esperar un poco aún. Y así otras veces. En una de esas postraciones abrazó sin querer en el suelo, algo vivo, caliente, grueso, liso, un cerdito de jardín, le pasó la mano por el pelo, lo besó de pronto en la boca (pero qué ocurrencia) él le devolvió el beso con lengua rosada, espesa, de clavelinas y jamón; después, él se le atrevió a un seno y al otro, se abrazaron a jugar, rodaron juntos por lo hondo de las plantas, hasta que sucedió todo y todo sucedió. Luego de un rato se oyó un tremendo ¡Ah!

En el linde del jardín, el Novio se reconstituyó. Quedó de nuevo, delgado y alto, con manos largas, rostro pálido. Con una de esas manos cruzó la luna, pareció saludar, despedirse y saludar.

—Adiós, señora Dinorah. Era su minuto de gloria y también de muerte. Como pude, lo hice. A eso venía. No me podía ir, si no. Adiós, señora, adiós y adiós.



MAROSA DI GIORGIO


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