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Lamentaci髇 de Dido
de Rosario Castellanos


    Editora del fonograma:
    Voz Viva de M閤ico. UNAM

en la voz de Rosario Castellanos    


Lamentaci髇 de Dido



Guardiana de las tumbas; bot韓 para mi hermano, el de la corva garra de gavil醤;
nave de airosas velas, nave graciosa, sacrificada al rayo de las tempestades;
mujer que asienta por primera vez la planta del pie en tierras desoladas
y es m醩 tarde nodriza de naciones, nodriza que amamanta con leche de 牋牋牋牋牋sabidur韆 y de consejo;
mujer siempre, y hasta el fin, que con el mismo pie de la
sagrada peregrinaci髇
sube 梐rrastrando la oscura cauda de su memoria
hasta la pira alzada del suicidio.

Tal es el relato de mis hechos. Dido mi nombre. Destinos
como el m韔 se han pronunciado desde la Antig黣dad con palabras hermosas 牋牋牋牋牋y nobil韘imas.
Mi cifra se grab en la corteza del 醨bol enorme de las tradiciones.
Y cada primavera, cuando el 醨bol reto馻,
es mi esp韗itu, no el viento sin historia, es mi esp韗itu el que estremece y el que 牋牋牋牋牋hace cantar su follaje.

Y para renacer, a駉 con a駉,
escojo entre los ap髎trofes que me coronan, para que resplandezca con un 牋牋牋牋牋resplandor 鷑ico,
閟te, que me da cierto parentesco con las playas:
Dido, la abandonada, la que puso su coraz髇 bajo el hachazo de un adi髎 牋牋牋牋牋tremendo.

Yo era lo que fui: mujer de investidura desproporcionada con la flaqueza de su 牋牋牋牋牋醤imo.
Y, sentada a la sombra de un solio inmerecido,
tembl bajo la p鷕pura igual que el agua tiembla bajo el l間amo.
Y para obedecer mandatos cuya incomprensibilidad me sobrepasa recorr las 牋牋牋牋牋baldosas de los p髍ticos con la balanza de la justicia entre mis manos
y pes las acciones y declar mi consentimiento para algunas 條as m醩 牋牋牋牋牋graves.

Esto era en el d韆. Durante la noche no lo copa del fest韓, no la alegr韆 de la 牋牋牋牋牋serenata, no el sue駉 deleitoso.
Sino los ojos acechando en la oscuridad, la inteligencia batiendo la selva 牋牋牋牋牋intrincada de los textos
para cobrar la presa que huye entre las p醙inas.
Y mis o韉os, habituados a la ardua pol閙ica de los mentores,
llegaron a ser h醔iles para distinguir el robusto sonido del oro
del estr閜ito est閞il con que entrechocan los guijarros.

De mi madre, que no desde耋 mis manos y que me las ungi desde el 牋牋牋牋牋amanecer con la destreza,
hered oficios varios; cardadora de lana, escogedora del fruto que ilustra la 牋牋牋牋牋estaci髇 y su clima,
despabiladora de l醡paras.

As pues tom la rienda de mis d韆s: potros domados, conocedores del 牋牋牋牋牋camino, reconocedores de la querencia.
As pues ocup mi sitio en la asamblea de los mayores.
Y a la hora de la partici髇 com apaciblemente el pan que hab韆n amasado mis 牋牋牋牋牋deudos.
Y con frecuencia sent deshacerse entre mi boca el grano de sal de un 牋牋牋牋牋acontecimiento dichoso.

Pero no dilapid mi lealtad. La atesoraba para el tiempo de las lamentaciones,
para cuando los cuervos aletean encima de los tejados y mancillan la 牋牋牋牋牋transparencia del cielo con su graznido f鷑ebre;
para cuando la desgracia entra por la puerta principal de las mansiones
y se la recibe con el mismo respeto que a una reina.

De este modo transcurri mi mocedad: en el cumplimiento de las menudas 牋牋牋牋牋tareas dom閟ticas; en la celebraci髇 de los ritos cotidianos; en la 牋牋牋牋牋asistencia a los solemnes acontecimientos civiles.

Y yo dorm韆, reclinando mi cabeza sobre una almohada de confianza.
As la llanura, dilat醤dose, puede creer en la benevolencia de su sino,
porque ignora que la extensi髇 no es m醩 que la pista donde corre, como un 牋牋牋牋牋atleta vencedor,
enrojecido por el hero韘mo supremo de su esfuerzo, la llama del incendio.
Y el incendio vino a m, la predaci髇, la ruina, el exterminio
 no he dicho el amor!, en figura de n醬frago.

Esto que el mar rechaza, dije, es m韔.
Y ante 閘 me adorn de la misericordia como del brazalete de m醩 precio.
Yo te conjuro, si oyes a que respondas: 縬ui閚 esquiv la adversidad alguna 牋牋牋牋牋vez? 縔 qui閚 tuvo a desdoro llamarle hu閟ped suya y preparar la sala del 牋牋牋牋牋convite?
Quien lo hizo no es mi igual. Mi lenguaje se entronca con el de los inmoladores 牋牋牋牋牋de s mismos.

El cuchillo bajo el que se quebr mi cerviz era un hombre llamado Eneas.
Aquel Eneas, aquel, piadoso con los suyos solamente;
acogido a la fortaleza de muros extranjeros; astuto, con astucias de bestia 牋牋牋牋牋perseguida;
invocador de n鷐enes favorables; hermoso narrador de infortunios y hombre 牋牋牋牋牋de paso; hombre con el coraz髇 puesto en el futuro.
桳a mujer es la que permanece; rama de sauce que llora en las orillas de los 牋牋牋牋牋r韔s.

Y yo am a aquel Eneas, a aquel hombre de promesa jurada ante otros dioses.

Lo am con mi ceguera de ra韟, con mi soterramiento de ra韟, con mi lenta 牋牋牋牋牋fidelidad de ra韟.

No, no era la juventud. Era su mirada lo que as me cubr韆 de florecimientos 牋牋牋牋牋repentinos. Entonces yo fui capaz de poner la palma de mi mano, en 牋牋牋牋牋signo de alianza, sobre la frente de la tierra. Y vi acercarse a m, 牋牋牋牋牋amistadas, las especies hostiles. Y vi tambi閚 reducirse a n鷐ero los 牋牋牋牋牋astros. Y o que el mundo tocaba su flauta de pastor.

Pero esto no era suficiente. Y yo cubr mi rostro con la m醩cara nocturna del 牋牋牋牋牋amante.
Ah, los que aman apuran t髎igos mortales. Y el veneno enardeciendo su 牋牋牋牋牋sangre, nublando sus ojos, trastornando su juicio, los conduce a cometer 牋牋牋牋牋actos desatentados; a menospreciar aquello que tuvieron en m醩 estima; 牋牋牋牋牋a hacer escarnio de su t鷑ica y a arrojar su fama como pasto para que 牋牋牋牋牋hocen los cerdos.
As, aconsejada de mis enemigos, di p醔ulo al deseo y maquin 牋牋牋牋牋satisfacciones il韈itas y tej un espeso manto de hipocres韆 para cubrirlas.

Pero nada permanece oculto a la venganza. La tempestad presidi nuestro 牋牋牋牋牋ayuntamiento; la reprobaci髇 fue el eco de nuestras decisiones.

Mirad, aqu y all, esparcidos, los instrumentos de la labor. Mirad el ce駉 del 牋牋牋牋牋deber defraudado. Porque la molicie nos hab韆 reblandecido los tu閠anos.
Y convertida en antorcha yo no supe iluminar m醩 que el desastre.

Pero el hombre est sujeto durante un plazo menor a la embriaguez.
L鷆ido nuevamente, apenas salpicado por la sangre de la v韈tima,
Eneas parti.

Nada detiene al viento. 髆o iba a detenerlo la rama de sauce que llora en las 牋牋牋牋牋orillas de los r韔s!

En vano, en vano fue correr, destrenzada y fren閠ica, sobre las arenas 牋牋牋牋牋humeantes de la playa.

Rasgu mi coraz髇 y ech a volar una bandada de palomas negras. Y hasta el 牋牋牋牋牋anochecer permanec, inc髄ume como un acantilado, bajo el brutal 牋牋牋牋牋abalanzamiento de las olas.

He aqu que al volver ya no me reconozco. Llego a mi casa y la encuentro 牋牋牋牋牋arrasada por las furias. Ando por los caminos sin m醩 vestidura para 牋牋牋牋牋cubrirme que el velo arrebatado a la verg黣nza; sin otro c韓gulo que el de 牋牋牋牋牋la desesperaci髇 para apretar mis sienes. Y, mon髏ona zumbadora, la 牋牋牋牋牋demencia me persigue con su aguij髇 de t醔ano.

Mis amigos me miran al trav閟 de sus l醙rimas; mis deudos vuelven el rostro 牋牋牋牋牋hacia otra parte. Porque la desgracia es espect醕ulo que algunos no 牋牋牋牋牋deben contemplar.

Ah, ser韆 preferible morir. Pero yo s que para m no hay muerte.
Porque el dolor 椏y qu otra cosa soy m醩 que dolor? me ha hecho eterna.



De: Poes韆 no eres t



ROSARIO CASTELLANOS


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