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El himno de los bosques
de Manuel Jos Othn


    Editora del fonograma:
    Entre voces. FCE

en la voz de Eduardo Lizalde    


Himno de los bosques



I

En este sosegado apartamiento
lejos de cortesanas ambiciones,
libre curso dejando al pensamiento,
quiero escuchar suspiros y canciones.
El himno de los bosques! Lo acompaa
con su apacible susurrar el viento,
el coro de las aves con su acento,
con su rumor eterno la montaa.
El torrente caudal se precipita
a la honda sima, con furor azota
las piedras de su lecho, y la infinita
estrofa ardiente de los antros brota.
Del gigante salterio en cada nota
el salmo inmenso del amor palpita!


II

Huyendo por la selva presurosos
se pierden de la noche los rumores;
los mochuelos ocltanse medrosos
en las ruinas, y exhalan los alcores
sus primeros alientos deleitosos.
Abandona mis parpdos el sueo,
la llanura despierta alborozada:
con su semblante plido y risueo,
la vino a despertar la madrugada.

Del oriente los blancos resplandores
a aparecer comienzan; la caada
suspira vagamente, el sauce llora
cabe la fresca orilla del riachuelo,
y la alondra gentil levanta al cielo
un preludio del himno de la aurora.
La bandada de pjaros canora
sus trinos une al murmurar del ro;
gime el follaje temblador, colora,
y a lo lejos blanquea el casero.

Y va creciendo el resplandor y crece
el concierto a la vez. Ya los rumores
y lor rayos de luz hinchen el viento,
hacen temblar el ter, y parece
que en explosin de notas y colores
va a inundar a la tierra el firmamento.


III

All, tras las montaas orientales,
surge de pronto el sol, como una roja
llamarada de indendios colosales,
y sobre los abuptos peascales
ros de lava incandescente arroja.
Entonces, de los flancos de la sierra
baada en luz, del robledal oscuro,
del espantoso acantilado muro
que el paso estrecho a la hondonada cierra;
de los profundos valles de los lagos
azules y lejanos que se mecen
blandamente del aura a los halagos,
y de los matorrales que estremecen
los vientos, de las flores, de los nidos,
de todo lo que tiembla o lo que canta,
una voz poderosa se levanta
de arpegios y sollozos y gemidos.

Mugen los bueyes que a los pastos llevan
silbando los vaqueros, mansamente
y perezosos van, y los abrevan
en el remanso de la azul coriente.
Y mientras de las cabras el ganado
remonta, despuntando los gramales,
torpes en el andar, los recentales
se quejan blanda y amorosamente
con un tierno balido entrecortado.
Abajo, entre la malla de races
que el tronco de las ceibas ha formado,
grita el papn y se oye en el sembrado
cuchichiar a las tmidas perdices.
Mezcla aqu sus ruidos y sus sones
todo lo que voz tiene: la corteza
que hincha la savia ya, crepitaciones,
su rumor misterioso la maleza
y el clarn de la selva sus canciones.
Y a lo lejos, muy lejos, cuando el viento,
que los maizales apacible orea,
sopla del septentrin, se oye el acento
y algazara que, locas de contento,
forman las campanitas de la aldea....
Es que tambin se alegra y alboroza
el viejo campanario! La maana
con hmedas caricias lo remoza:
sostiene con amor la cruz cristiana
sobre su humilde cpula; su velo,
para cubrirlo, tienden las neblinas,
como cendales que le presta el cielo
y en torno de la cruz las golondrinas
cantan, girando en caprichoso vuelo.


IV

Oigo pasar, bajolas frescas chacas,
que del sol templanlos ardientes rayos,
en bandadas, los verdes guacamayos,
dispersas y en desorden las urracas.
Va creciendo el calor. Comienza el viento
las alas a plegar. Entre las frondas,
lanzando triste y gemidor acento,
la solitaria trtola aletea.
Suspenden los sauces su lamento,
calla la voz de las caadas hondas
y un vago y postrer hlito menea,
rozando apenas, las espigas blondas.

Entonces otros mltiples rumores
como un enjambre llegan a mi odo:
el chupamirto vibra entre las flores,
sobre el glido estanque adormecido
zumba el escarabajo de colores,
en tanto la liblula, que rasa
la clara superficie de las ondas,
desflora los cristales tembladores
con sus alas finsimas de gasa.

El limpio manantial gorgoritea
bajo el peasco gris que le sombrea,
corre sobre las guijas murmurando,
lame las piedras, los juncales baa
y en el lago se hunde; la espadaa
se estremece a la orilla susurrando
y la garza morena se pasea
al son del agua carioso y blando.


V

Ya sus calientes hlitos la siesta
echa sobre los campos. Agostada
se duerme la amapola en la floresta
y, muerta, la campnula morada
se desarraiga de la roca enhiesta;
pero en la honda selva estremecida
no deja an de palpitar la vida:
toda rtmicavoz la manifiesta.
No ha callado una nota ni un ruido:
en el espacio rojo y encendido
se oye a los cuervos crascitar, veloces
la atmsfera cruzando, y la montaa
devuelve el eco de sus roncas voces.
Las palomas zurean en el nido,
entre las hojas de la verde caa
se escucha el agudsimo zumbido
del insecto apresado por la araa,
las ramas secas quibranse al ligero
salto de las ardillas, su chasquido
a unirse va con el golpeo bronco
del pintado y nervioso carpintero
que est en el rbol taladrando el tronco
y las ondas armnicas desgarra,
con desacorde son, el chirriante
metlico estridor de la cigarra.
Corre por la hojarasca crepitante
la lagartija gris; zumba la mosca,
luciendo al aire el tornasol brillante
y, agitando su crtalo sonante,
bajo el breal la vbora se enrosca.

El intenso calor ha resecado
la savia de los rboles; cayendo
algunas hojas van y al abrasado
aliento de la tierra evaporado,
se recienta la crstula crujiendo.

En tanto yo, cabe la margen pura,
del bosque por los sones arrullado,
cedo al sueo embriagante que me enerva
y allo reposo y plcida frescura.
sobre la alfombra de tupida hierba.


VI

Trepando, audaz, por la empinada cuesta
y rompiendo los speros ramajes,
llego hasta el dorso de la abrupta cresta,
donde forman un himno, a toda orquesta,
los gritos de los pjaros salvajes.
con los temblores del pinar sombro
mezcla su canto el viento, la hondonada
su salmodia, su alegre carcajada
las cataratas del lejano ro.
Brota la fuente en escondida gruta
con plcido rumor y, acompasada,
por la trmula brisa acariciada,
la selva agita su melena hirsuta.
Esta es la calma de los bosques: mueve
blandamente la tarde silenciosa
la azul y blanca y ondulante y leve
gasa que encubre su mirar de diosa.

Mas ya Aquiln sus furias aparejo
y su pulmn la tempestad inflama.
Ronco alarido y angustiosa queja
por sus gargantas de granito deja
la montaa escapar: maldice, clama,
el bosque ruje y el torrente brama
y, de las altas cimas despeado,
por el espasmo trgico rompido,
rueda el vertiginoso acantilado
donde han hacho las guilas el nido
y su salvaje amor depositado;
y al mirarle por tierra destruido,
expresin de su clera sombra,
aterrador y lgubre graznido
unen a la tremenda sinfona.

Bajo hasta la llanura. Hinchado el ro
arrastra, en pos, peascos y troncones
que con las ondas encrespadas luchan.
En las entraas del abismo fro
que parecen hervir, palpitaciones
de una monstruosa vscera se escuchan.
Retorcidas races, al empuje
feroz, rompen su crcel de terrones.
Se desgaja el esplndido follaje
del viejo tronco que al rajarse cruje;
el huracn golpea los peones,
su ltima racha entre las grietas zumba
y es su postrer rugido de corjaje
el trueno que, alejandose, retumba
sobre el desierto y lbrego paisaje...


VII

Augusta ya la noche se avecina,
envuelta en sombras. El fragor lejano
del viento an estremece la colina
y las espigas del trigal inclina,
que han sispersado por la tierra el grano.
Siento bajo mis pies trepidaciones
del peascal; entre su quiebra oscura,
revuelto el manantial, ya no murmura,
salta, garrulador, a borbotones.
Son las ltimas notas del concierto
de un da tropical. En el abierto
espacio del poniente; un rayo de oro
vacila y tiembla. El valle est desierto
y se envuelve en cendales amarillos
que van palideciendo. Ya el sonoro
acento de la noche se levanta.
Ya empiezan melanclicos los grillos
a preludiar en el solemne coro...
Ya es otra voz inmensa la que canta!

Es el supremo instante. Los ruidos
y las quejas, los cantos y rumores
escapados del fondo de los nidos,
de las fuentes, los rboles, las flores;
el sonrosado idilio de la aurora,
de estrofas cremesinas que el sol dora,
la gloga de la verde pastora,
la oda de oro que al mediar el da
de prpura esplendente se colora,
de la tarde la plida elega
y la balada azul, la precursora
de la noche tristisima y sombra:
todo ese inmenso y continuado arpegio,
y versos de un divino florilegio,
cual bandada de pjaros canora,
acude a guarecerse en la campana
de la rstica iglesia que; lejana,
se ve sobre las lomas descollando.
Y en el instante mstico en que al cielo
el Angelus se eleva, condensando
todas las armonas de la tierra,
el himno de los bosques alza el vuelo
sobre lago, colinas, valle y sierra;
y al par de la expresin que en su agona
la tarde eleva a la divina altura,
del universo el corazn murmura
esta inmensa oracin: Salve, Mara!



De: Poemas rsticos, 1902
Seleccin: Jos Emilio Pacheco



MANUEL JOS OTHN


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