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Trptico del Alhambra
de Alvaro Mutis


    Editora del fonograma:
    Sonosur S.A. de C.V.

en la voz de Alvaro Mutis    


Trptico del Alhambra



Para Santiago Mutis Durn


I

EN EL PARTAL

Hace tanto la msica ha callado.
Slo el tiempo
en las paredes, en las leves columnas,
en las inscripciones de los versos
de Ibn Zamrak
que celebran la hermosura del lugar,
slo el tiempo
cumple su tarea
con leve,
sordo roce
sin pausa ni destino.

Al fondo,
ajenos a toda mudanza,
el Albaicn
y las pardas colinas de olivares.
Carmen lanza migas de pan
en el estanque

y los peces acuden en un tropel
de escamas desteidas por los aos.
Inclinada sobre el agua,
sonre al desorden que ha creado
y su sonrisa,
con la tenue tristeza que la empaa,
suscita la improbable maravilla:
en un presente de exacta plenitud
vuelven los das de Yusuf,
el Nasr,
en el mbito intacto de la Alambra.


II

UN GORRIN EN EL MENSHUAR

Entre un tropel y otro de turistas
la calma ceremoniosa vuelve al Meshuar.
El sol se demora en el piso y un tibio silencio
se expande por el mbito donde embajadores, visires,
funcionarios, solicitantes, soplones y guerreros
fueron odos antao por el Comendador de los Creyentes.
Por una de las ventanas que dan al jardn
entra un gorrin que a saltos se desplaza
con la tranquila seguridad de quien se sabe
dueo sin mulo de los lugares.
Vuelve hacia nosotros la cabeza
y sus ojos dos rayos de azabache
nos miran con altanero descuido.
En su agitado paseo por la sala
hay una energa apenas contenida,
un dominio de quien est ms all
de los torpes intrusos que nada saben
de la teora de reverencias, rdenes, oraciones,
tortuosos amores y ejecuciones sumarias,
que rige en estos parajes en donde la ajena incuria,
propia de la triste familia de los hombres,
ha impuesto hoy su oscuro designio, su voluntad de olvido.
Vuela el gorrin entre el laborioso artesonado
y afirma, en la minuciosa certeza de sus desplazamientos,
su condicin de soberano detentador
de los ms ocultos y vastos poderes.
Celador sin sosiego de un pasado abolido
nos deja de sbito relegados al msero presente
de invasores sin rostro, sin norte, sin consigna.
Irrumpe el rebao de turistas. Se ha roto el encanto.
El gorrin escapa hacia el jardn.
Y he aqu que, por obra de un velado sortilegio
los severos, autoritarios gestos del inquieto centinela
me han trado de pronto la plida suma
de encuentros, muertes, olvidos y derogaciones,
el suplicio de mscaras y mezquinas alegras
que son la vida y su agria ceniza segadora.
Pero tambin han llegado,
en la dorada plenitud de ese instante,
las fieles seales que, a mi favor,
rescatan cada da el vido tributo de la tumba:
mi padre que juega billar en el caf "Lion DOr" de Bruselas,
las calles recin lavadas camino del colegio en la maana,
el olor del mar en el verano de Ostende,
el amigo que muri en mis brazos cuando asistamos al circo,
la adolescente que me mir distrada mientras
colgaba a secar la ropa al fondo de un patio de naranjos,
las ltimas pginas de "Victory" de Joseph Conrad,
las tardes en la hacienda de Coello con su clida tiniebla
repentina,
el aura de placer y jbilo que despide la palabra marianao,
la voz de Ernesto enumerando la sucesin de soberanos
slicos,
la contenida, firme, inmensa voz de Gabriel en una sala
de Estocolmo,
Nicols sealando las virtudes de la prosa de Taine,
la sonrisa de Carmen ayer en el estanque del Partal;
stas y algunas otras ddivas que los aos
nos van reservando con terca parsimonia
desfilaron convocadas por la sola maravilla
del gorrin de mirada insolente y gestos de monarca,
dueo y seor en el Meshuar de la Alhambra.


III

EN LA ALCAZABA

El desnudo rigor castrense de estos muros,
tintos de herrumbre y llaga, sin inscripciones
que celebren su historia, mudos
en el adusto olvido de annimos guerreros,
slo consigue evocar la rancia rutina
de la guerra, esa muerte sin rostro,
ese cansado trajn de las armas,
las maanas a la espera de las huestes
africanas, cuya algaraba ensordece
y abre paso a un pnico que pronto
ha de tornarse vrtigo de ira sin esclusas
y as hasta cuando llega la noche
sembrada de hogueras, relinchos y susurros
que prometen para el alba un nuevo
y fastidioso trasiego con la sangre
que escurre en el piso como una savia
lenta, como un torpe y viscoso camino
de infortunio. Y un da un aroma de naranjos,
las voces de mujeres que bajan al ro
para lavar sus ropas y baarse,
el vaho que sube de las cocinas y huele
a cordero, a laurel y a especies capitosas,
el sol en las almenas y el jubiloso restallar
de las insignias, anuncian el fin de la brega
y el retiro de los imprevisibles sitiadores.
Y as un ao y otro ao
y un siglo y otro siglo,
hasta dejar en estos aposentos,
donde resuena la voz del visitante
en la hmeda penumbra sin memoria,
en estos altos muros oxidados de sangre
y liquen y ajenos tambin e indescifrables,
esa vaga huella de muchas voces,
de silencios agnicos, de nostalgias
de otras tierras y otros cielos,
que son el pan cotidiano de la guerra,
el nico y ciego signo del soldado
que se pierde en el vano servicio de las armas,
pasto del olvido, vocacin de la nada.



De: Los emisarios



ALVARO MUTIS


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