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Muerte de Don Alvaro de Luna
de Romancero Espaol


    Editora del fonograma:
    Fidias, S.A.

en la voz de Luis Prendes    


Muerte de Don Alvaro de Luna



Con triste y grave semblante
oyendo est la sentencia
el Condestable de Luna,
sin gnero de flaqueza.
No le ha turbado el temor
de la muerte, ni el afrenta
del acusado delito;
antes dice con paciencia:

"Justo pago ha dado el cielo
a mi privanza soberbia,
que de servicios humildes
favores de un rey la engendra,
pues como hiedra en sus brazos
creci, y en fin, como hiedra,
en faltndole su sombra
no hay cosa que no la ofenda.
Nadie procure privar
con los reyes, porque sepan
que quien ms con reyes priva
tiene la muerte ms cerca;
que la privanza en el suelo
es una insaciable fiera,
tsigo que sin sentirse
se derrama por las venas:
es blanco donde la envidia
todos sus tiros asesta;
terreno de las malicias,
fortaleza sin defensa.
Psome a m la fortuna
en la cumbre de su rueda;
mas como es rueda,
rod hasta bajarme a la tierra.
Ah, segundo rey Don Juan
y qu contento muriera,
si por servirte este da
me quitaras la cabeza!
Ms siento perder la fama
que me quita tu grandeza,
que el castigo que me das,
puesto que lo mereciera.
No me espantar la muerte,
pues no es morir cosa nueva.
Mas morir en tu desgracia,
ms que el morir me atormenta.
Si jams en dicho o hecho
ofend tu real grandeza,
no me perdone mis culpas
Dios, a quien voy a dar cuenta;
si no es que el hado infelice,
mi clima y fatal estrella
quiso, porque el cielo quiso
que con voz de traidor muera.
Luna fui que all en tu cielo
tanto crec, que pudiera
cual otro Faetn al mundo
abrasar, si traidor fuera;
pero mientras no vencieron
las envidiosas tinieblas
de tu sol las confianzas
en la fe de mi nobleza,
mi luna dio tanta luz
con la tuya ac en la tierra,
que de envidia se turbaron
en tu cielo mis estrellas,
do hicieron tales efectos
en el sol de tu grandeza,
que hacen menguar a mi luna
antes que se viese llena.
Err la ventura el tiro,
desenfrenaron las lenguas
los mulos, y acertaron
dalles tu grata audiencia;
y como todo es finito,
el bien que nos da la tierra,
en tierra me vuelvo yo
con esta inmortal afrenta.
Crezcan contentos agora
los que mi menguante esperan;
mas miren que acaba el mo
cuando a llenarse comienzan."

Quiso pasar adelante,
mas no pudo, porque entran
el de Ziga y seis frailes,
que ya ha rato que le esperan.
Acompale gran gente,
como amiga de novelas,
hasta que en el cadahalso
vio el verdugo que le espera.
Abrazse a un crucifijo
vertiendo lgrimas tiernas;
que un pecho que est sin culpa
con facilidad las echa.
Vueltos los ojos al cielo
y las rodillas en tierra,
dijo:

"Dulce Seor mo,
mi alma se os encomienda."

Cort el astuto verdugo
de los hombros la cabeza,
que por el aire deca:

"Credo, credo, es fuerza, es fuerza..."



ROMANCERO ESPAOL


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