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Segunda aproximacin a la muerte de mi padre
de Jaime Labastida


    Editora del fonograma:
    Voz Viva de Mxico. UNAM

en la voz de Jaime Labastida    


Segunda aproximacin a la muerte de mi padre



A mi hijo Pablo


(palabras para un poema)

Qu resta ahora de ti, padre dulcsimo?
A veces pienso que la carne, que la llagada,
la decisiva carne de tus hijos,
cayndose a pedazos en la carne severa
de sus hijos, deshacindose en hilachos
en la carne de los hijos de sus hijos.

Pero hay tambin imgenes.
Por encima de todo, padre de amor,
hubo palabras: t me descubriste
las palabras maduras y me obligaste
a conversar con los difuntos,
a escuchar con mis ojos a los muertos
.

Al ver el estertor de un moribundo,
cre que la palabra belleza jams
poda nacer de aquellas heridas purulentas.
Cmo poda el dolor ser un hermano
de la palabra verdad? Por qu,
de aquella masa de sesos palpitantes
podan nacer la palabra de dicha,
la palabra bondad? Haba que comer
para poder pensar, me lo dijiste
acaso en una noche oscura.
El pensamiento era un hermano,
muy cierto, de la sangre. La palabra
historia careca de sentido si no estaba
junto a la palabra dolor. Y la palabra
guerra tena un sonido llano, de granada
madura, ms cierta todava en los aleros
largos de la casa. Otras palabras ms,
como muerte y camino, aparecan
como una mancha sbita, como el pus
que extraas de la herida de un nio.

Entonces no entenda, pero tampoco
ahora, es cierto, cmo, por qu,
de qu manera extraa, en una carne
delicada, en una piel delgada y suave
y corruptible, en esta carne hecha
toda para el amor, y dulce y tersa,
en esa carne que degluta y era tambin
bazo y comida, intestinos y esfago,
por qu ah, por qu tambin ah,
oh dioses, oh miseria, poda nacer la palabra
de gracia, por qu la palabra destino?
Por qu se hincaba, amarga, la belleza,
reclamando sus fueros? En esa carne
putrefacta y magra, en ese estmago
voraz, sangrante, por qu tambin ah
caminaba, impune y sucia, la belleza?

Qu resta, pues, de ti? Qu fue
de tus primeras ilusiones? En dnde
qued, olvidada, la palabra poesa?
En las tardes violentas, en el ro
de aguas broncas, en la tierra salvaje,
en las mquinas acidas? En ese valle
decisivo y lento haba finalizado
un largo viaje. Encontraste mujer,
hijos, destino, acaso conociste
quin eras, pues, por fin.

Fuiste mi causa, mi raz, la libertad,
la gracia. Y me arrojaste afuera
de una cueva. La luz encegueca.
Nocturnas aves mas, quizs
mis pensamientos, padre dulcsimo,
padre de amor y de congojas,
volaban tristes, geman con un sonido
lgubre y oscuro. Me empujaste
hacia afuera, destrozaste la roca.
Entonces sal al mundo.

Un pan costaba mucho, el agua
era imposible. Quise volver,
entrar de nuevo en la caverna oscura.
Pero tu mano me cerr el regreso,
con una espada en llamas.
Descubr la miseria, entr
en la muerte, conoc el hambre
y la tortura, conviv con el miedo,
y otros hombres, mejores que yo,
me ayudaron, y mucho, a comprenderte,
padre de amor, padre dulcsimo.

Viv adentro del estruendo y siempre
haba, en mitad de la calle,
una centella sbita, una luz
encendida: saba que ah estabas,
como el fiel de una balanza, quieto,
vigilando mis sombras. Y buscaba
belleza en tantos gritos, golpeaba
los muros de un aire hostil,
para construir la dicha.

Una vez, y otra vez, contra el muro.
Como contra un muro de fusilamientos.
En el lmite ltimo. Frente a una raya
que nadie puede pasar. En el abismo.
Arriesgando la vida. Buscando libertad.
Atravesando aquellas lneas de sombra.
En el peligro. En el borde sangriento
de la vida. Comiendo frutas acidas,
de bruces en un ro,
sediento de sus aguas.

Gracias a ti, padre amantsimo,
nufrago para siempre de m mismo,
hambriento todava,
vivo de pura sed, muerto de amor,
dolido, s, descuartizado
entre destino e historia.
entre fatiga y trabajos,
entre belleza y dolor.

La lluvia nos unir sin duda un da.
Hojas que arrastra el aire,
seremos polvo y nada ms que polvo,
un sol desnudo, material, de plomo,
cenizas, huesos,
piedras, todo.



JAIME LABASTIDA


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