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Oracin de la noche (I al XIX)
de Juan Domingo Argelles


    Editora del fonograma:
    Palabra Virtual

en la voz de Juan Domingo Argelles    


Oracin de la noche



Otra vez para ella, la que sabe por qu


I

Ella, la ms salaz,
sangra en la luna,
y sabe del honor de merecer
la gracia de los dioses
y el castigo
de ser mujer.


II

Ella, la ms salaz,
bebe esta gracia
y goza el paraso del infierno:
entre las llamas arde,
se consume,
y es esta condicin,
desesperada,
la que nos une.


III

La limpia seduccin
es una enfermedad,
y t lo sabes.

La ms limpia inclusive
es la ms visceral,
y t lo sabes...


IV

Ardemos hasta el punto
de la consumicin,
y cuando ya el dolor
destruy nuestros cuerpos,
ah donde creemos
que ya no hay nada,
como un virus fatal
brota el deseo.


V

En la luz
del dolor
arde
una llama.


VI

Que el fuego del amor
por siempre nos devore.

Que el fuego del amor
nos ilumine
y nos condene.

VII

En la noche, tu nombre,
una flor encarnada,
abre su resplandor,
enardecido:
el cuarto se ilumina
y su fulgor
ciega mi entendimiento
y su sentido.


VIII

No sirven las palabras,
no funcionan
para decir aquello que sentimos.

Qu psimo lenguaje, tartamudo!
(El de la poesa, incluso.)

La nica elocuencia:
La de tu lengua.


IX

El paso hacia el amor
es sobre brasas,
y andas en llamas
y nada duele ms:
El paso del amor
es sobre llamas.


X

Al igual que la carne,
yo era dbil:
no opuse voluntad
a la pasin.


XI

Ella, la ms salaz,
arde en las llamas
del deseo,
sin importar
su voluntad.


XII

Qu terrible destino el del instinto!
Qu terrible destino
en las frgiles ansias
del muy civilizado!
Qu delirante paradoja!
Y pensar que el hambriento
tan slo piensa en devorar!


XIII

Mentira:
El centro de la dicha
no era miel;

no era miel sobre hojuelas:
ni siquiera era miel...

El centro de la dicha
era fuego y ardor;
ardor sin fin y llagas,
y el corazn te duele...
si tienes corazn...

El centro de la dicha
lo palpas dulcemente
pero su nombre es Brasa;
su signo, Intensidad.


XIV

Tu corazn est donde tu boca
lame, gusta, deshiela.

Lo dems no ha existido:
es tan slo un pretexto
de la cancin.


XV

Lo sabes, lo sabemos,
y a veces lo podemos balbucir:
la herida que te duele
y por la cual respiras
es una condicin para vivir.


XVI

En tu corazn, gurdame,
en tu deseo ms salaz,
y no hagas caso a las promesas.
El que promete,
nada da.
Todo lo que se cumple,
se da sin ms.


XVII

No hay que confiarse
a la felicidad,
pues la felicidad
es un relmpago
en medio de la espesa oscuridad.


XVIII

Cuando la ms salaz
se recuesta en mi pecho,
queda una quemadura
como recuerdo.


XIX

Arde el amor,
escuece, quema,
como un chorro de alcohol
en la herida profunda
que no cierra.


XX

Ella, la ms salaz,
habita el ms ardiente firmamento,
el que con tinta negra aqu traz
la mano oscura del deseo.

El otro cielo,
ella lo llena con su luz,
ella lo baa con su fuego.



JUAN DOMINGO ARGELLES


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