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Oda a una pelotari
de Jos Garca Nieto


    Editora del fonograma:
    Colaboracin: Miguel Dez Rodrguez y Ma. Paz Dez Taboada

en la voz de Jos Garca Nieto    
Pgina web de Jos Garca Nieto    


Oda a una pelotari



"Cuatro palomas
vuelan y tornan,
llevan heridas
sus cuatro sombras
"
F. Garca Lorca.



Donde no se poda llegar,
donde el cuarto no poda abrir sus puertas tentadoras,
ante el fondo mismo del mar donde los ojos eran ms tierra que nunca,
ms all de la levsima trama
que encarcelaba -Tntalo- la tierra prometida,
cuatro sombras, no sombras, cuatro cuerpos sin ella,
poseen ro, brillo, ciudad, puente,
cruzan con vigilada avidez
la delirante selva.
Son cuatro claridades dos a dos distinguidas,
porque all donde el cuerpo se quiebra,
donde el giro de la carne cobrar su ms improvisada armona,
en las cuatro cinturas donde la gracia nace,
una cinta de sangre o una cinta azulada
hay.
Ya suena el mar;
afuera suena el torvo huracn que aventura;
tentculos y gritos tiene el mar,
cruzados intereses, encontradas direcciones,
cifras que se repiten y en el aire se ahogan,
gargantas llameantes que se afanan y apagan de pronto,
ojos de turbadora avaricia,
lenguas que la sal de la impaciencia reseca, algas de nervios,
mejillas de calcrea palidez temerosa,
medusas de cabellos que se mueven,
tiene el mar.

Mientras, dentro, las manos van probando el puo de la espada,
las cuatro espadas iguales;
las cuatro guitarras que slo el verdor podr distinguir en su hachazo,
las cuatro guitarras iguales,
las cuatro lanzas por donde el corazn extender su sobresalto,
las cuatro banderas que van a ondear enloquecidas,
los cuatro espejos que se pasarn un rayo de luz fulgurante,
las cuatro redes prontas a atrapar la dursima y veloz mariposa.
Van prolongando el brazo delicado,
van hacindose brazo, mano,
all en el final donde el destino no puede hablar por lneas
porque las cuerdas se cruzan en un enigma equidistante.

Ya es la hora. Cuidado!
Fcil parece el viento y despejado el bosque.
Marioneta que cien ojos quisieran mover con su ahilada pupila,
balanza que un acuciante juego de contrarios sita en mgico equilibrio,
reina observada por un bullente avispero,
t, blanca y olvidada de la mujer que conduces,
preparando cada uno de tus tiempos, cada uno de tus msculos,
cada uno de tus rboles de sangre,
duea ya de otra gracia que no es esa que llevas por los das,
esa con la que andas, o besas, o acaso te tiendes en la noche,
parecida de pronto al pez, al bruto, al ngel exterminador,
lanzas -de dnde a dnde, davdica querrera?- tu piedra nica
ante el gigantesco claro de luna.
Y ya no descansan los ojos
porque quieren taladrar para ver ms la nada misma del espacio:
ya el pecho no descansa porque ha de ajustar su marea
a la rplica justa, aunque el ejercicio de vivir
-de respirar he dicho-
sea postergado al golpe inminente del pulso enfebrecido.
Y ya no descansa el brazo en el puo de la espada,
en el astil de la lanza, en el mango del espejo,
batiendo, alanceando, reflejando;
siervo de la implacable esfera diminuta
que se deja oir entre los gritos
como una gota de agua de sonido inmortal.
Y es ahora un corazn latiendo incesante,
y como, fuera, preguntan las voces,
el corazn contesta -estaba contestando- desde el tiempo.
Entre cuatro mandis su tac-tac de sonmbulo;
entre cuatro nevadas, un balazo en el bosque;
entre cuatro caballos, un slo latigazo;
entre cuatro naufragios, una sola burbuja;
entre cuatro silencios, una slaba slo
entre cuatro Dianas tirando enfurecidas,
el fnix que levanta su vuelo en cada muerte.
A veces un encuentro sordo, un grito metlico,
y el ave cae a plomo llorando el desacierto.
Pero no es el guila herida la que sangra:
son vuestros cazadores y nbiles discursos,
son vuestras cuatro sombras que, heridas, vuelan, tornan;
eres t a quien deseo como a un ascua de efmero reinado,
t, que no volvers a repetir jams, ni en elamor,
ni siquiera ante la muerte,
ese miedo anhelante de acorralada cebra
que, de pronto, en s misma se crece como un estandarte
apoyado en el viento de la batalla.
Eres t herida, s, mortalmente tocada;
t, volviendo abatadida ahora con los ojos en la arena de la lucha,
tal un guerrero desarmado,
acercando la rosa de tu mano a la barricada inmensa
como buscando la mano paralela que te alce del suelo de derrota.
O cuando la estrella, desenfrenada, traza
esa rbita mgica que le ha dado tu brazo en la noche de oro,
cuando nadie, sino t de nuevo
puede recoger la difcil fruta del cercado,
t eres quien me mueve,
t que apenas consigues mitigar la fuente del cabello,
t que, de puntillas en tus ojos brilladores,
escuchas sin mirar a la gente de tierra
y recuerdas -tan cerca- el borbotn de gracia que acabas de crear,
y adivinas tu estatura sin techos por el triunfo,
y sabes que eres bella, ms bella que t misma, en las miradas.

Canto por no alcanzarte,
canto por las cadenas que a mi cuello pusiste,
por ese libro -bscalo- donde estarn escritos tus caminos de lava,
por todo el tiempo antiguo que has sabido poblar de trayectorias
que ya nadie recuerda,
como el agua que estar andando ahora por una subterrnea soledad,
como el metal que desde siglos enriquece la sombra,
como el jaguar que apresurado sublev la quietud de la selva,
como la hoja rozada por su piel de relmpago,
movindose, mecindose sin que nadie la viera.



De: La red
Colaboracin poema con voz: Mara Teresa Garca-Nieto



JOS GARCA NIETO


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  Antologa. Seleccin potica (1940-1991)   
 



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