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A Arnesto (fragmentos)
de Gaspar Melchor de Jovellanos


    Editora del fonograma:
    Alhambra Longman

en la voz de Pedro Mara Snchez    


A Arnesto (fragmentos)



STIRA PRIMERA

Quis tam patiens ut teneat se?
[Quin ser tan paciente para contenerse?]
(JUVENAL)


Djame, Arnesto, djame que llore
los fieros males de mi patria, deja
que su runa y perdicin lamente;
y si no quieres que en el centro obscuro
de esta prisin la pena me consuma,
djame al menos que levante el grito
contra el desorden; deja que a la tinta
mezclando hiel y acbar, siga indcil
mi pluma el vuelo del bufn de Aquino.

Oh cunto rostro veo a mi censura
de palidez y de rubor cubierto!
nimo, amigos, nadie tema, nadie,
su punzante aguijn, que yo persigo
en mi stira al vicio, no al vicioso.
Y qu querr decir que en algn verso,
encrespada la bilis, tire un rasgo
que el vulgo crea que seala a Alcinda,
la que olvidando su orgullosa suerte,
baja vestida al Prado, cual pudiera
una maja, con trueno y rascamoo
alta la ropa, erguida la caramba,
cubierta de un cendal ms transparente
que su intencin, a ojeadas y meneos
la turba de los tontos concitando?
Podr sentir que un dedo malicioso,
apuntando este verso, la seale?
Ya la notoriedad es el ms noble
atributo del vicio, y nuestras Julias,
ms que ser malas, quieren parecerlo.

Hubo un tiempo en que andaba la modestia
dorando los delitos; hubo un tiempo
en que el recato tmido cubra
la fealdad del vicio; pero huyse
el pudor a vivir en las cabaas.
Con l huyeron los dichosos das,
que ya no volvern; huy aquel siglo
en que aun las necias burlas de un marido
las Bascuanas crdulas tragaban;
mas hoy Alcinda desayuna al suyo
con ruedas de molino; triunfa, gasta,
pasa saltando las eternas noches
del crudo enero, y cuando el sol tardo
rompe el oriente, admrala golpeando,
cual si fuese una extraa, al propio quicio.
Entra barriendo con la undosa falda
la alfombra; aqu y all cintas y plumas
del enorme tocado siembra, y sigue
con dbil paso soolienta y mustia,
yendo an Fabio de su mano asido,
hasta la alcoba, donde a pierna suelta
ronca el cornudo y suea que es dichoso.
Ni el sudor fro, ni el hedor, ni el rancio
eructo le perturban. A su hora
despierta el necio; silencioso deja
la profanada holanda, y guarda atento
a su asesina el sueo mal seguro.

Cuntas, oh Alcinda, a la coyunda uncidas
tu suerte envidian! Cuntas de Himeneo
buscan el yugo por lograr tu suerte,
y sin que invoquen la razn, ni pese
su corazn los mritos del novio,
el s pronuncian y la mano alargan
al primero que llega! Qu de males
esta maldita ceguedad no aborta!
Veo apagadas las nupciales teas
por la discordia con infame soplo
al pie del mismo altar, y en el tumulto,
brindis y vivas de la tornaboda,
una indiscreta lgrima predice
guerras y oprobrios a los mal unidos.
Veo por mano temeraria roto
el velo conyugal, y que corriendo
con la impudente frente levantada,
va el adulterio de una casa en otra.
Zumba, festeja, re, y descarado
canta sus triunfos, que tal vez celebra
un necio esposo, y tal del hombre honrado
hieren con dardo penetrante el pecho,
su vida abrevian, y en la negra tumba
su error, su afrenta y su despecho esconden.

Oh viles almas! Oh virtud! Oh leyes!
Oh pundonor mortfero! Qu causa
te hizo fiar a guardas tan infieles
tan preciado tesoro? Quin, oh Temis,
tu brazo soborn? Le mueves cruda
contra las tristes vctimas, que arrastra
la desnudez o el desamparo al vicio;
contra la dbil hurfana, del hambre
y del oro acosada, o al halago,
la seduccin y el tierno amor rendida;
la expilas, la deshonras, la condenas
a incierta y dura reclusin. Y en tanto
ves indolente en los dorados techos
cobijado el desorden, o le sufres
salir en triunfo por las anchas plazas,
la virtud y el honor escarneciendo!

Oh infamia! Oh siglo! Oh corrupcin! Matronas
castellanas, quin pudo vuestro claro
pundonor eclipsar? Quin de Lucrecias
en Lais os volvi? Ni el proceloso
ocano, ni lleno de peligros,
el Lilibeo, ni las arduas cumbres
de Pirene pudieron guareceros
de contagio fatal? Zarpa, preada
de oro, la nao gaditana, aporta
a las orillas glicas, y vuelve
llena de objetos ftiles y vanos;
y entre los signos de extranjera pompa
ponzoa esconde y corrupcin, compradas
con el sudor de las iberas frentes.
Y t, msera Espaa, t la esperas
sobre la playa, y con afn recoges
la pestilente carga y la repartes
alegre entre tus hijos. Viles plumas,
gasas y cintas, flores y penachos,
te trae en cambio de la sangre tuya,
de tu sangre oh baldn! y acaso, acaso
de tu virtud y honestidad. Repara
cul la liviana juventud los busca.

Mira cul va con ellos engreda
la imprudente doncella; su cabeza,
cual nave real en triunfo empavesada,
vana presenta del favonio al soplo
la mies de plumas y de agrones y anda
loca, buscando en la lisonja el premio
de su indiscreto afn. Ay triste, guarte,
guarte, que est cercano el precipicio!
El astuto amador ya en asechanza
te atisba y sigue con lascivos ojos;
la educacin y la caricia el lazo
te van a armar, do caers incauta,
en l tu oprobrio y perdicin hallando.
Ay, cunto, cunto de amargura y lloro
te costarn tus galas! Cun tardo
ser y estril tu arrepentimiento!

Ya ni el rico Brasil, ni las cavernas
del nunca exhausto Potos nos bastan
a saciar el hidrpico deseo,
la ansiosa sed de vanidad y pompa.
Todo lo agotan: cuesta un sombrerillo
lo que antes un estado; y se consume
en un festn la dote de una infanta.
Todo lo tragan; la riqueza unida
va a la indigencia; pide y pordiosea
el noble, engaa, empea, malbarata,
quiebra y perece, y el logrero goza
los pinges patrimonios, premio un da
del generoso afn de altos abuelos.
Oh ultraje! Oh mengua! Todo se trafica:
Parentesco, amistad, favor, influjo,
y hasta el honor, depsito sagrado,
o se vende o se compra. Y t, Belleza,
don el ms grato que dio al hombre el cielo,
no eres ya premio del valor, ni paga
del peregrino ingenio; la florida
juventud, la ternura, el rendimiento
del constante amador ya no te alcanzan.
Ya ni te das al corazn, ni sabes
de l recibir adoracin y ofrendas.
Rndeste al oro. La vejez hedionda,
la sucia palidez, la faz adusta,
fiera y terrible, con igual derecho
vienen sin susto a negociar contigo.
Daste al barato, y tu rosada frente,
tus suaves besos y sus dulces brazos,
corona un tiempo del amor ms puro,
son ya una vil y torpe mercanca.


STIRA SEGUNDA A ARNESTO

Perit omnis in illo
nobilitas, cujus laus est in origine sola.

[Muere toda nobleza en aquel
que no puede alabarse ms que de su estirpe.]
(LUCANO)


De qu sirve
la clase ilustre, una alta descendencia,
sin la virtud?
Ves, Arnesto, aquel majo en siete varas
de pardomonte envuelto, con patillas
de tres pulgadas afeado el rostro,
magro, plido y sucio, que al arrimo
de la esquina de enfrente nos acecha
con aire sesgo y balad? Pues se,
se es un nono nieto del Rey Chico.

Si el breve chupetn, las anchas bragas
y el albornoz, no sin primor terciado,
no te lo han dicho; si los mil botones,
de filigrana berberisca que andan
por los confines del jubn perdidos
no lo gritan, la faja, el guadijeo,
el arpa, la bandurria y la guitarra
lo cantarn. No hay duda: el tiempo mismo
lo testifica. Atiende a sus blasones:
sobre el portn de su palacio ostenta,
grabado en berroquea, un ancho escudo
de medias lunas y turbantes lleno.

Ncenle al pie las bombas y las balas
entre tambores, chuzos y banderas,
como en sombro matorral los hongos.
El guila imperial con dos cabezas
se ve picando del morrin las plumas
all en la cima, y de uno y otro lado,
a pesar de las puntas asomantes,
grifo y len rampantes le sostienen.
Ve aqu sus timbres, pero sigue, sube,
entra y vers colgado en la antesala
el rbol gentilicio, ahumado y roto
en partes mil; empero de sus ramas,
cual suele el fruto en la pomposa higuera,
sombreros penden, mitras y bastones.

En procesin aqu y all caminan
en sendos cuadros los ilustres deudos,
por hbil brocha al vivo retratados.
Qu gregescos! Qu caras! Qu bigotes!
El polvo y telaraas son los gajes
de su vejez. Qu ms? Hasta los duros
sillones moscovitas y el chinesco
escritorio, con mbar perfumado,
en otro tiempo de marfil y ncar
sobre bano embutido, y hoy deshecho,
la ancianidad de su solar pregonan.
Tal es, tan rancia y tan sin par su alcurnia,
que aunque embozado y en castaa el pelo,
nada les debe a Ponces ni Guzmanes.

No los aprecia, tinese en ms que ellos,
y vive as. Sus dedos y sus labios
del humo del cigarro encallecidos,
nde son de su crianza. Nunca
pas del B-A ba. Nunca sus viajes
ms all de Getafe se extendieron.
Fue antao all por ver unos novillos
junto con Pacotrigo y la Caramba.
Por seas, que volvi ya con estrellas,
beodo por dems, y durmi al raso.
Examnale. Oh idiota!, nada sabe.
Trpicos, era, geografa, historia
son para el pobre exticos vocablos.

Dile que dende el hondo Pirineo
corre espumoso el Betis a sumirse
de Ontgola en el mar, o que cargadas
de almendra y gomas las inglesas quillas
surgen en Puerto Lpichi, y se levan
llenas de estao y de abadejo. Oh!, todo,
todo lo creer, por ms que aadas
que fue en las Navas Witiza el santo
deshecho por los celtas, o que invicto
triunf en Aljubarrota Mauregato.

Qu mucho, Arnesto, si del padre Astete
ni aun ley el catecismo! Mas no creas
su memoria vaca. Oye, y dirte
de Cndido y Marchante la progenie;
quin de Romero o Costillares saca
la muleta mejor, y quin ms limpio
hiere en la cruz al bruto jarameo.
Harte de Guerrero y la Catuja
larga memoria, y de la malograda,
de la divina Lavenant, que ahora
anda en campos de luz paciendo estrellas,
la sal, el garabato, el aire, el chiste,
la fama y los ilustres contratiempos
recordar con lgrimas. Prosigue,
si esto no basta, y te dir qu ao,
qu ingenio, qu ocasin dio a los chorizos
eterno nombre, y cuntas cuchilladas,
dadas de da en da, tan pujantes
sobre el triste polaco los mantiene.

Ve aqu su ocupacin; sta es su ciencia.
No la debi ni al dmine, ni al tanto
de su ayo mosn Marc, slo ajustado
para irle en pos cuando era seorito.
Debisela a cocheros y lacayos,
dueas, fregonas, truhanes y otros bichos
de su niez perennes compaeros;
mas sobre todo a Pericuelo el paje,
mozo avieso, chorizo y pepillista
hasta morir, cuando le andaba en torno.
De l aprendi la jota, la guaracha,
el bolero, y en fin, msica y baile.
Fuele tambin maestro algunos meses
el sota Andrs, chispero de la Huerta
con quien, por orden de su padre, entonces
pasar sola tardes y maanas
jugando entre las mulas. Ni dejaste
de darle t santsimas lecciones,
oh Paquita, despus de aquel trabajo
de que el Refugio te sac, y su madre
te ajust por doncella. Tanto puede
la gratitud en generosos pechos!
De ti aprendi a rerse de sus padres,
y a hacer al pedagogo la mamola,
a pellizcar, a andar al escondite,
tratar con cirujanos y con viejas,
beber, mentir, trampear, y en dos palabras,
de ti aprendi a ser hombre... y de provecho.

Si algo ms sabe, dbelo a la buena
de doa Ana, patrn de zurcidoras,
piadosa como Enone, y ms chuchera
que la embaidora Celestina. Oh cunto
de ella alcanz! Del Rastro a Maravillas,
del alto de San Blas a las Bellocas,
no hay barrio, calle, casa ni zahrda
a su padrn negado. Cuntos nombres
y cules vido en su librete escritos!
All ley el de Cndida, la invicta,
que nunca se rindi, la que una noche
venci de once cadetes los ataques,
uno en pos de otro, en singular batalla.

All el de aquella siete veces virgen,
ms que por esto, insigne por sus robos,
pues que en un mes empobreci al indiano,
y chup a un escocs tres mil guineas,
veinte acciones de banco y un navo.
All aprendi a temer el de Belica
la venenosa, en cuyos dulces brazos
ms de un galn dio el ltimo suspiro;
y all tambin en torpe mescolanza
vio de mil bellas las ilustres cifras,
nobles, plebeyas, majas y seoras,
a las que vio nacer el Pirineo,
des Junquera hasta do muere el Mio,
y a las que el Ebro y Turia dieron fama
y el Darro y Betis todos sus encantos;
a las de rancio y perdurable nombre,
ilustradas con turca y sombrerillo,
simn y paje, en cuyo abono sudan
bandas, veneras, gorras y bastones
y aun (chito, Arnesto) cuellos y cerquillos;
y en fin, a aquellas que en nocturnas zambras,
al son del cuerno congregadas, dieron
fama a la Unin que de una imbcil Temis
toler el celo y castig la envidia.

Ah, cunto all la cifra de tu nombre
brillaba, escrita en caracteres de oro,
oh Cloe! solo deslumbrar pudiera
a nuestro jaque, apenas de las uas
de su doncella libre. No adornaban
tu casa entonces, como hogao, ricas
telas de Italia o de Cantn, ni lustros
venidos del Adritico, ni alfombras,
sof, otomana o muebles peregrinos.
Ni la alegraban, de Bolonia al uso,
la simia, il pappagallo e la spinetta.
La salserilla, el sahumador, la esponja,
cinco sillas de enea, un pobre anafe,
un bufete, un veln y dos cortinas
eran todo tu ajuar, y hasta la cama,
do alz despus tu trono la fortuna,
quin lo dira!, entonces era humilde.

Psote en zancos el hidalgo y diote
a dos por tres la escandalosa buena
que treinta aos de afanes y de ayuno
cost a su padre. Oh, cunto tus jubones,
de perlas y oro recamados, cunto
tus francachelas y tripudios dieron
en la cazuela, el Prado y los tendidos
de escndalo y envidia! Como el humo
todo pas: dur lo que la hijuela.
Pobre galn! Qu paga tan mezquina
se dio a tu amor! Cun presto le feriaron
al ltimo dobln el postrer beso!
Virasle, Arnesto, desolado, vieras
cul iba humilde a mendigar la gracia
de su perjura, y cul corresponda
la infiel con carcajadas a su lloro.

No hay medio; le plant; qued por puertas...
Qu har? Su alivio buscar en el juego?
Bravo! All olvida su pesar. Prestle
un amigo... Qu amigo! Ya otra nueva
esperanza le anima. Ah! sali vana...
Marr la cuarta sota. Adis, bolsillo...
Toma un censo... Adelante; mas perdile
al primer trascartn, y qued asperges.
No hay ya amor ni amistad. En tan gran cuita
se halla oh Zulem Zegr! tu nono nieto.
Ser ms digno, Arnesto, de tu gracia
un alfeique perfumado y lindo,
de noble traje y ruines pensamientos?
Admiran su solar el alto Auseva,
Limia, Pamplona o la feroz Cantabria,
mas se educ en Sorez. Pars y Roma
nueva fe le infundieron, vicios nuevos
le inocularon; ctale perdido,
no es ya el mismo. Oh, cul otro el Bidasoa
torn a pasar! Cul habla por los codos!
Quin calar su atroz galimatas?
Ni Du Marsais ni Aldrete le entendieran.

Mira cul corre, en polisn vestido,
por las maanas de un burdel en otro,
y entre alcahuetas y rufianes bulle.
No importa: viaja incgnito, con palo,
sin insignias y en frac. Nadie le mira.
Vuelve, se adoba, sale y huele a almizcle
desde una milla... Oh, cmo el sol chispea
en el charol del coche ultramarino!
Cul brillan los tirantes carmeses
sobre la negra crin de los frisones!...
Visita, come en noble compaa;
al Prado, a la luneta, a la tertulia
y al garito despus. Qu linda vida,
digna de un noble! Quieres su compendio?

Pute, jug, perdi salud y bienes,
y sin tocar a los cuarenta abriles
la mano del placer le hundi en la huesa.
Cuntos, Arnesto, as! Si alguno escapa,
la vejez se anticipa, le sorprende,
y en cnica e infame soltera,
solo, aburrido y lleno de amarguras,
la muerte invoca, sorda a su plegaria.
Si antes al ara de Himeneo acoge
su delincuente corazn, y el resto
de sus amargos das le consagra,
triste de aquella que a su yugo uncida
vctima cae! Los primeros meses
la lleva en triunfo ac y all, la mima,
la galantea... Palco, galas, dijes,
coche a la inglesa... Mseros recursos!
El buen tiempo pas. Del vicio infame
corre en sus venas la cruel ponzoa.

Tmido, exhausto, sin vigor... Oh rabia!
El tlamo es su potro...
Mira, Arnesto,
cul desde Gades a Brigancia el vicio
ha inficionado el germen de la vida,
y cul su virulencia va enervando
la actual generacin. Apenas de hombres
la forma existe...! Adnde est el forzudo
brazo de Villandrando? D de Argello
o de Paredes los robustos hombros?
El pesado morrin, la penachuda
y alta cimera, acaso se forjaron
para crneos raquticos? Quin puede
sobre la cuera y la enmallada cota
vestir ya el duro y centellante peto?
Quin enristrar la ponderosa lanza?
Quin?... Vuelve oh fiero berberisco, vuelve,
y otra vez corre desde Calpe al Deva,
que ya Pelayos no hallars, ni Alfonsos
que te resistan; dbiles pigmeos
te esperan. De tu corva cimitarra
al solo amago caern rendidos...
Y es ste un noble, Arnesto? Aqu se cifran
los timbres y blasones? De qu sirve
la clase ilustre, una alta descendencia,
sin la virtud? Los nombres venerandos
de Laras Tellos, Haros y Girones,
qu se hicieron? Qu genio ha deslucido
la fama de sus triunfos? Son sus nietos
a quienes fa su defensa el trono?
Es sta la nobleza de Castilla?
Es ste el brazo, un da tan temido,
en quien libraba el castellano pueblo
su libertad? Oh vilipendio! Oh siglo!
Falt el apoyo de las leyes. Todo
se precipita; el ms humilde cieno
fermenta, y brota espritus altivos,
que hasta los tronos del Olimpo se alzan.
Qu importa? Venga denodada, venga
la humilde plebe en irrupcin y usurpe
lustre, nobleza, ttulos y honores.
Sea todo infame behetra: no haya
clases ni estados. Si la virtud sola
les puede ser antemural y escudo,
todo sin ella acabe y se confunda.



GASPAR MELCHOR DE JOVELLANOS


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