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El coche musical
de Jos Lezama Lima


    Editora del fonograma:
    Visor Libros

en la voz de Jos Lezama Lima    
Colaboracin: Eduardo Ortiz Moreno    
Pgina web de Voces que dejan huellas    


El coche musical



En recuerdo de Raimundo
Valenzuela y sus orquestas de carnaval.


No es el coche con el fuego cubierto, aqu el sonido.
Valenzuela ha regado doce orquestas en el Parque
Central. Empacho de faroles frigios, quioscos cariciosos
de azul franela, mudables lgrimas compostelanas.

Saltan de la siesta y alistan la cintura,
para volar con las impulsiones habaneras de la flauta.
La flauta es el cordel que sigue la cintura en el sueo.
La cintura es la flauta destapada por las avispas.

Como un general entierna el vozarrn y regala cigarros
en las garitas, Valenzuela recorra las marcas zodiacales.
Cada astro enseaba su orquesta en una mesa
de casino, Valenzuela las poblaba de azcar.

Azcar con sangre minuciosa, toronja con canela combada,
azcar lapislzuli, su levita no necesitaba de tafetn,
no avisaba saltando desde su coche, haraganeaba en comandos de msica.

Se detena con los gaiteros, con los planchadores de ceniza.
Al desgaire renda la clave secreta, las ofertas.
Le enseaban la muestra de un pantaln centifolio,
con la tela en el odo, reconoca la mano inconclusa.

Carita de rana, el Gobernador, Segismundo el vaquero,
entraban al bailete con las nalgas de cabra,
con retorcidos llaveros mascados por los perros.
Una candela, un balazo y el tapabocas, daban luna en las redes.

Por los alrededores del Parque Central, las doce orquestas
de Valenzuela. Cuatro debajo de cuatro rboles.
Otras cuatro en el saln de lgrimas compostelanas.
Tres en esquinas resopladas. Una, en el uno de San Rafael.

Ya deca el sofoco, la brasa que alumbra los juncales,
el mamoncillo en la piel de un ro mal entrado,
el costillar juvenil con las bandas fnebres del tafetn.
Despertaba, saltaba a otra orquesta, como en un trapecio.

Entre su amanecer y el sueo, la orquesta como un maj.
Lo que l dice est escrito en una columna que suena.
La columna que cada hombre lleva para pescar al ro.
Ay, la mdula con un relmpago aljofarado, tambin aljamiado.

Cuando se apaga una orquesta, ya llega el costillar de refuerzo.
l da la clave para la otra pirmide de sonidos.
En lo alto de un guineo, un faisn. Una estrella
en la esquina de un pauelo regalado por la querida de White.

El dragn, el bombn gritan las baldosas ahogadas,
que como un mortero restriega la crea pinarea.
El cornetn pone a galopar las abejitas piruleras,
se derriten cuando el oboe las toca con su punta de pella.

El fiestero, quinceabrileo de terror, descorri las sbanas,
lo suda la trinchante corchea, loba de espuma.
Como cuando en el terrapln de la playa segua una gaviota.
Sala del sueo y el pitazode hulla lo balanceaba sobre el mar.

El trompo que lo azucara, es el que lo remoja,
todava est incongruente para llevar su columna al ro.
Mira el anca y se confunde con el anca del caballo.
El anca de las ranas lo interroga como al rey vegetal.

Lo cogen de la mano para llevarlo a la tromba orquestal,
pero llora. La tromba es un tmpano donde el nio tira del rabo
de la salamandra plutnica, despus le tapa
los ojos con piedras de ro, con piedra agujereada.

Mira, mira, y lo barrena un traspis;
toca, toca y un antruejo lo embucha de agua.
Grue como un pescozn recibido en la sangra del espejo,
cuando va a pegar, una carcajada lo maniata con su tirabuzn.

Como una candela que se lleva en un coche,
Valenzuela restablece los nmeros mojados.
Un antifaz alado ahora lo transporta a las lgrimas compostelanas,
y con el ritmo, que le imponen oscuro, le quita piedras a la sangre.

Va descubriendo los ojos que se adormecen para l
la piel que suda para romper lo spero del lagarto
que mira desde las piedras un siglo cado del planeta.
El lagarto que separa las piedras pisadas por un caballo con ttano.

El coche con la candela aviv el almohadn marmreo,
despus la mano que lo llev del remolino a la nube.
Sali del sueo al remolino, del remolino al ro,
donde la nutria del rey lav los paales egipcios.

Los nmeros mojados no es alusin al impar pitagrico,
sino que corrieron a un portal al llegar la mojadita.
Cuando pisote el antifaz, era el final del ro.
Sangraba desnuda en un caballo de circo.

Le prest el caballo un cayado de maz y erizo,
el caballo lo empujaba con sus patas, como una bandurria
rota es el comienzo del domingo del payaso,
verde y negro, cermica china, historiada por el equilibrista.

Aqu el hombre antes de morir no tena que ejercitarse en la msica,
ni las sombras aconsejar el ritmo al bajar al infierno.
El germen traa ya las medidas de la brisa,
y las sombras huan, el nmero era relatado por la luz.

La madrugada abrillantaba el tafetn de la levita de Valenzuela.
La pareja estaba ahora dentro del coche que regalaba los avisos pitagricos,
la candela tambin dentro del coche nadabalas ondulaciones del sueo,
regidas por el tricornio corts de la flauta habanera.

La pareja reinaba en lo sobrenatural naturalizante,
haban surgido del sueo y permanecan en la Orplid del reconocimiento.
Colillas, hojas muertas, salivazos, plumones, son el caudal.
Si en el caudal ponan un dedo inflado el vientre de la mojadita.

Despus de cuatro estaciones, ya no iban a la prueba del remolino.
El saln de baile formaba parte de lo sobrenaturalque se deriva.
Bailar es encontrar la unidad que forman los vivientes y los muertos.
El que ms danza, juega al ajedrez con el rubio Radamanto.

En la espalda del oso estelar la constelacin de gaiteros,
pero la flauta habanera abreviaba los lazos de tafetn.
Es el mismo coche, dentro un mulato noble.
Saluda largamente, en el incendio, a la cornisa que se deshiela.



De: Dador



JOS LEZAMA LIMA


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