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Epstola satrica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita a Don Gaspar de Guzmn, Conde de Olivares, en su valimiento
de Francisco de Quevedo


    Editora del fonograma:
    Alhambra Longman

en la voz de Rafael de Panegos    


Epstola satrica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita a Don Gaspar de Guzmn, Conde de Olivares, en su valimiento



No he de callar por ms que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.

No ha de haber un espritu valiente?
Siempre se ha de sentir lo que se dice?
Nunca se ha de decir lo que se siente?

Hoy, sin miedo que, libre, escandalice,
puede hablar el ingenio, asegurado
de que mayor poder le atemorice.

En otros siglos pudo ser pecado
severo estudio y la verdad desnuda,
y romper el silencio el bien hablado.

Pues sepa quien lo niega, y quien lo duda,
que es lengua la verdad de Dios severo,
y la lengua de Dios nunca fue muda.

Son la verdad y Dios, Dios verdadero,
ni eternidad divina los separa,
ni de los dos alguno fue primero.

Si Dios a la verdad se adelantara,
siendo verdad, implicacin hubiera
en ser, y en que verdad de ser dejara.

La justicia de Dios es verdadera,
y la misericordia, y todo cuanto
es Dios, todo ha de ser verdad entera.

Seor Excelentsimo, mi llanto
ya no consiente mrgenes ni orillas:
inundacin ser la de mi canto.

Ya sumergirse miro mis mejillas,
la vista por dos urnas derramada
sobre las aras de las dos Castillas.

Yace aquella virtud desaliada,
que fue, si rica menos, ms temida,
en vanidad y en sueo sepultada.

Y aquella libertad esclarecida,
que en donde supo hallar honrada muerte,
nunca quiso tener ms larga vida.

Y prdiga de l′alma, nacin fuerte,
contaba, por afrentas de los aos,
envejecer en brazos de la suerte.

Del tiempo el ocio torpe, y los engaos
del paso de las horas y del da,
reputaban los nuestros por extraos.

Nadie contaba cunta edad viva,
sino de qu manera: ni aun un′hora
lograba sin afn su valenta.

La robusta virtud era seora,
y sola dominaba al pueblo rudo;
edad, si mal hablada, vencedora.

El temor de la mano daba escudo
al corazn, que, en ella confiado,
todas las armas despreci desnudo.

Multiplic en escuadras un soldado
su honor precioso, su nimo valiente,
de sola honesta obligacin armado.

Y debajo del cielo, aquella gente,
si no a ms descansado, a ms honroso
sueo entreg los ojos, no la mente.

Hilaba la mujer para su esposo
la mortaja, primero que el vestido;
menos le vio galn que peligroso.

Acompaaba el lado del marido
ms veces en la hueste que en la cama;
sano le aventur, vengle herido.

Todas matronas, y ninguna dama:
que nombres del halago cortesano
no admiti lo severo de su fama.

Derramado y sonoro el Ocano
era divorcio de las rubias minas
que usurparon la paz del pecho humano.

Ni los trujo costumbres peregrinas
el spero dinero, ni el Oriente
compr la honestidad con piedras finas.

Joya fue la virtud pura y ardiente;
gala el merecimiento y alabanza;
slo se cudiciaba lo decente.

No de la pluma dependi la lanza,
ni el cntabro con cajas y tinteros
hizo el campo heredad, sino matanza.

Y Espaa, con legtimos dineros,
no mendigando el crdito a Liguria,
ms quiso los turbantes que los ceros.

Menos fuera la prdida y la injuria,
si se volvieran Muzas los asientos;
que esta usura es peor que aquella furia.

Caducaban las aves en los vientos,
y expiraba decrpito el venado:
grande vejez dur en los elementos.

Que el vientre entonces bien disciplinado
busc satisfaccin, y no hartura,
y estaba la garganta sin pecado.

Del mayor infanzn de aquella pura
repblica de grandes hombres, era
una vaca sustento y armadura.

No haba venido al gusto lisonjera
la pimienta arrugada, ni del clavo
la adulacin fragrante forastera.

Carnero y vaca fue principio y cabo,
y con rojos pimientos, y ajos duros,
tan bien como el seor, comi el esclavo.

Bebi la sed los arroyuelos puros;
despus mostraron del carchesio a Baco
el camino los brindis mal seguros.

El rostro macilento, el cuerpo flaco
eran recuerdo del trabajo honroso,
y honra y provecho andaban en un saco.

Pudo sin miedo un espaol velloso
llamar a los tudescos bacchanales,
y al holands, hereje y alevoso.

Pudo acusar los celos desiguales
a la Italia; pero hoy, de muchos modos,
somos copias, si son originales.

Las descendencias gastan muchos godos,
todos blasonan, nadie los imita:
y no son sucesores, sino apodos.

Vino el betn precioso que vomita
la ballena, o la espuma de las olas,
que el vicio, no el olor, nos acredita.

Y quedaron las huestes espaolas
bien perfumadas, pero mal regidas,
y alhajas las que fueron pieles solas.

Estaban las hazaas mal vestidas,
y an no se hartaba de buriel y lana
la vanidad de fembras presumidas.

A la seda pomposa siciliana,
que manch ardiente mrice, el romano
y el oro hicieron spera y tirana.

Nunca al duro espaol supo el gusano
persuadir que vistiese su mortaja,
intercediendo el Can por el verano.

Hoy desprecia el honor al que trabaja,
y entonces fue el trabajo ejecutoria,
y el vicio grad la gente baja.

Pretende el alentado joven gloria
por dejar la vacada sin marido,
y de Ceres ofende la memoria.

Un animal a la labor nacido,
y smbolo celoso a los mortales,
que a Jove fue disfraz, y fue vestido;

que un tiempo endureci manos reales,
y detrs de l los cnsules gimieron,
y rumia luz en campos celestiales,

por cul enemistad se persuadieron
a que su apocamiento fuese hazaa,
y a las mieses tan grande ofensa hicieron?

Qu cosa es ver un infanzn de Espaa
abreviado en la silla a la jineta,
y gastar un caballo en una caa!

Que la niez al gallo le acometa
con semejante municin apruebo;
mas no la edad madura y la perfeta.

Ejercite sus fuerzas el mancebo
en frentes de escuadrones; no en la frente
del til bruto l′asta del acebo.

El trompeta le llame diligente,
dando fuerza de ley el viento vano,
y al son est el ejrcito obediente.

Con cunta majestad llena la mano
la pica, y el mosquete carga el hombro,
del que se atreve a ser buen castellano!

Con asco, entre las otras gentes, nombro
al que de su persona, sin decoro,
ms quiere nota dar, que dar asombro.

Jineta y caas son contagio moro;
restityanse justas y torneos,
y hagan paces las capas con el toro.

Pasadnos vos de juegos a trofeos,
que slo grande rey y buen privado
pueden ejecutar estos deseos.

Vos, que hacis repetir siglo pasado,
con desembarazarnos las personas
y sacar a los miembros de cuidado;

vos distes libertad con las valonas,
para que sean corteses las cabezas,
desnudando el enfado a las coronas.

Y pues vos enmendastes las cortezas,
dad a la mejor parte medicina:
vulvanse los tablados fortalezas.

Que la corts estrella, que os inclina
a privar sin intento y sin venganza,
milagro que a la invidia desatina,

tiene por sola bienaventuranza
el reconocimiento temeroso,
no presumida y ciega confianza.

Y si os dio el ascendiente generoso
escudos, de armas y blasones llenos,
y por timbre el martirio gloroso,

mejores sean por vos los que eran buenos
Guzmanes, y la cumbre desdeosa
os muestre, a su pesar, campos serenos.

Lograd, seor, edad tan venturosa;
y cuando nuestras fuerzas examina
persecucin unida y belicosa,

la militar valiente disciplina
tenga ms platicantes que la plaza:
descansen tela falsa y tela fina.

Suceda a la marlota la coraza,
y si el Corpus con danzas no los pide,
velillos y oropel no hagan baza.

El que en treinta lacayos los divide,
hace suerte en el toro, y con un dedo
la hace en l la vara que los mide.

Mandadlo as, que aseguraros puedo
que habis de restaurar ms que Pelayo;
pues valdr por ejrcitos el miedo,
y os ver el cielo administrar su rayo.



FRANCISCO DE QUEVEDO


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