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La injusticia
de Dmaso Alonso


    Editora del fonograma:
    Aguilar. La palabra.

en la voz de Dmaso Alonso    
Colaboracin: Eduardo Ortiz Moreno    
Pgina web de Voces que dejan huellas    


La injusticia



De qu sima te yergues, sombra negra?
Qu buscas?
Los oteros,
como lagartos verdes, se asoman a los valles
que se hunden entre nieblas en la infancia del mundo.
Y sestean, abiertos, los rebaos,
mientras la luz palpita, siempre recin creada,
mientras se comba el tiempo, rubio mastn que duerme a las puertas de Dios.

Pero t vienes, mancha lbrega,
reina de las cavernas, galopante en el cierzo, tras tus corvas pupilas, proyectadas
como dos meteoros crecientes de lo oscuro,
cabalgando en las rojas melenas del ocaso,
flagelando las cumbres
con cabellos de sierpes, ltigos de granizo.

Llegas,
oquedad devorante de siglos y de mundos,
como una inmensa tumba,
empujada por furias que ahincan sus testuces,
duros chivos erectos, sin odos, sin ojos,
que la terneza ignoran.

S, del abismo llegas,
hosco sol de negruras, llegas siempre,
onda turbia, sin fin, sin fin manante,
contraria del amor, cuando l nacida
en el da primero.

T empaas con tu mano
de hmeda noche los cristales tibios
donde al azul se asoma la niez transparente, cuando apenas
era tierna la dicha, se estrenaba la luz,
y pones en la ntida mirada
la primer llama verde
de los turbios pantanos.

T amontonas el odio en la charca inverniza
del corazn del vejo,
y azuzas el espanto
de su triste jaura abandonada
que ladra furibunda en el hondn del bosque.

Y van los hombres, desgajados pinos,
del oquedal en llamas, por la barranca abajo,
rebotando en las quiebras,
como teas de sombra, ya lvidas, ya ocres,
como blasfemias que al infierno caen.

...Hoy llegas hasta m.
He sentido la espina de tus podridos cardos,
el vaho de ponzoa de tu lengua
y el girn de tus alas que arremolina el aire.
El alma era un aullido
y mi carne mortal se helaba hasta los tutanos.

Hiere, hiere, sembradora del odio:
no ha de saltar el odio, como llama de azufre, de mi herida.
Heme aqu:
soy hombre, como un dios,
soy hombre, dulce niebla, centro clido,
pasajero bullir de un metal misterioso que irradia la ternura.

Podrs herir la carne
y aun retorcer el alma como un lienzo:
no apagars la brasa del gran amor que fulge
dentro del corazn,
bestia maldita.

Podrs herir la carne.
No morders mi corazn,
madre del odio.
Nunca en mi corazn,
reina del mundo.



De: Hijos de la ira



DMASO ALONSO


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